Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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La mirada de Sharon descendió sobre la página y leyó la detallada descripción acerca de cómo aquella pieza maestra había sido sacada de contrabando de Rusia en 1917. Al final de todo se indicaba el precio estimado.

Armstrong descendió la mano por debajo de la mesa y la colocó sobre el muslo de Sharon.

– ¿Hasta dónde estarías dispuesto a pujar? -preguntó ella en el momento en que aparecía un camarero a su lado y colocaba un gran cuenco de caviar delante de ellos.

Armstrong apartó rápidamente la mano y concentró toda su atención en el primer plato.

Desde el fin de semana pasado en París dormían juntos cada noche, y Dick no recordaba ya cuánto tiempo había transcurrido desde la última vez que se sintió tan obsesionado por alguien, si es que lo estuvo alguna vez. Ante la sorpresa de Sally, había empezado a abandonar pronto el despacho por la noche, y no reaparecía hasta las diez de la mañana siguiente.

Cada mañana, durante el desayuno, él le ofrecía regalos, pero ella siempre los rechazaba, y eso hacía que temiera perderla. Sabía perfectamente que no era amor pero, fuera lo que fuese, confiaba en que durase mucho tiempo. Siempre había temido la idea de un divorcio, a pesar de que ahora raras veces veía a Charlotte, excepto en las funciones oficiales, y ni siquiera recordaba cuándo habían dormido juntos por última vez. Pero, para su tranquilidad, Sharon no hizo nunca ningún comentario sobre matrimonio. La única sugerencia que le hizo y le recordó les permitiría disfrutar de lo mejor de ambos mundos. Y él ya empezaba a cumplir sus deseos.

Una vez retirado el cuenco de caviar vacío, Armstrong atacó un solomillo que ocupaba una parte tan importante del plato que las verduras extras que pidió tuvieron que servirse en varios platos aparte. Al utilizar dos tenedores, descubrió que podía comer de dos platos al mismo tiempo, mientras Sharon se contentaba con picar una hoja de lechuga y juguetear con su plato de salmón ahumado. Armstrong habría pedido una segunda ración de tarta Selva Negra si ella no hubiera empezado a pasar la punta del pie derecho sobre la parte interior de su muslo.

Arrojó la servilleta sobre la mesa y salió del restaurante para dirigirse al ascensor, dejando que Sharon le siguiera a corta distancia. Entró y apretó el botón del séptimo piso. Las puertas se cerraron justo a tiempo de impedir que una pareja de ancianos subieran con ellos.

Al llegar al piso, se tranquilizó al ver que no había nadie en el pasillo porque, en caso contrario, cualquiera se habría dado cuenta del estado en que se encontraba.

Una vez que abrió la puerta del dormitorio con el pie, para cerrarla con el tacón, ella lo hizo tumbarse sobre el suelo y empezó a desabrocharle la camisa.

– Ya no puedo esperar más -susurró Sharon.

A la mañana siguiente, Armstrong se sentó ante una mesa instalada en su suite y preparada para dos. Ambos desayunaron mientras comprobaban el cambio del franco suizo con la libra esterlina en el Financial Times .

Sharon se contemplaba en el espejo de cuerpo entero del otro extremo de la habitación, y se tomaba su tiempo para arreglarse. Le gustó lo que vio y sonrió antes de volverse y dirigirse hacia la mesa del desayuno. Colocó una pierna larga y esbelta sobre el brazo del sillón de Armstrong, que dejó caer el cuchillo de la mantequilla sobre la alfombra mientras ella se ponía una media negra. Al cambiar de pierna, él la miró y suspiró al notar los brazos que se introducían por el interior de su batín.

– ¿Tenemos tiempo? -preguntó él.

– No te preocupes por el tiempo, querido. La subasta no empieza hasta las diez -le susurró antes de desabrocharse el sostén y hacer que él se tumbara de nuevo en el suelo.

Salieron del hotel pocos minutos antes de las diez, pero como el único objeto por el que Armstrong estaba interesado no sería subastado probablemente hasta por lo menos las once, caminaron cogidos del brazo por la orilla del lago, se dirigieron lentamente hacia el centro de la ciudad y disfrutaron del cálido sol de la mañana.

Al entrar en el vestíbulo del Hotel de Bergues, Armstrong se sintió extrañamente receloso. A pesar de haber regateado por todo aquello que deseaba conseguir en la vida, ésta era la primera vez que asistía a una subasta. Se le había informado brevemente de lo que se esperaba de él y empezó a poner inmediatamente en práctica sus instrucciones. A la entrada del salón dio su nombre a una de las mujeres elegantemente vestidas sentadas tras una larga mesa. Ella le habló en francés y él hizo lo mismo, explicándole que sólo estaba interesado por el lote cuarenta y tres. Armstrong se sorprendió al ver que casi todos los puestos de la sala ya estaban ocupados, incluido el que había identificado la noche anterior como el mejor. Sharon indicó las dos sillas vacías situadas en el lado izquierdo de la sala, al fondo. Armstrong asintió con un gesto y la condujo por el pasillo lateral. Al sentarse, un hombre joven con una camisa de cuello abierto se acomodó en un asiento situado tras ellos.

Armstrong comprobó que desde allí podía ver con claridad al subastador, así como la hilera de teléfonos, cada uno de ellos atendido por una telefonista bien cualificada. Su posición no era tan conveniente como la elegida en un principio, pero no veía razón alguna para que eso le impidiera representar su papel en el regateo.

– Lote diecisiete -declaró el subastador desde el estrado, en la parte delantera del salón.

Armstrong pasó a consultar la página correspondiente del catálogo y contempló un huevo de Pascua de empuñadura plateada, sostenido por cuatro cruces, con las iniciales en esmalte azul del zar Nicolás II, encargado en 1907 a Peter Carl Fabergé para la zarina. Empezó a concentrarse en el procedimiento.

– ¿He oído diez mil? -preguntó el subastador, que observó la sala.

Hizo un gesto de asentimiento hacia al fondo.

– Quince mil.

Armstrong trató de seguir las diferentes pujas, aunque no estaba muy seguro de saber de dónde procedían, y cuando el lote diecisiete se vendió finalmente por 45.000 francos, no tenía ni idea de quién lo había comprado. Le sorprendió que el subastador dejara caer el martillo sin decir: «A la una, a las dos, a las tres».

Al llegar el subastador al lote veinticinco, Armstrong ya empezaba a sentirse un poco más seguro de sí mismo, y en el lote treinta creyó poder distinguir incluso a uno u otro de los que pujaban. En el lote treinta y cinco ya se consideraba como un experto, pero al llegar al lote cuarenta, el huevo de invierno de 1913, empezó a sentirse nuevamente nervioso.

– Iniciaré este lote en 20.000 francos -declaró el subastador.

Armstrong observó cómo la puja superaba rápidamente los 50.000 francos y el martillo descendió finalmente al llegar a los 120.000 francos, ofrecidos por un cliente cuyo anonimato quedó garantizado por el hecho de hallarse al otro extremo de una línea telefónica.

Armstrong sintió que le empezaban a sudar las manos al iniciarse la subasta del lote cuarenta y uno, el Huevo Chanticleer de 1896, incrustado de perlas y rubíes, que se vendió por 280.000 francos. Durante la venta del lote cuarenta y dos, el Huevo Yuberov Amarillo, empezó a moverse inquieto, sin dejar de mirar al subastador y, de vez en cuando, la página abierta de su catálogo.

Al anunciar el subastador el lote cuarenta y tres, Sharon le apretó la mano y él consiguió dirigirle una sonrisa nerviosa. Un murmullo de voces se extendió sobre la sala.

– Lote cuarenta y tres -repitió el subastador-. El Huevo del Decimocuarto Aniversario Imperial. Esta pieza única fue encargada por el zar en 1910. Las pinturas fueron ejecutadas por Vasily Zulev, y el acabado está considerado como uno de los ejemplos más exquisitos de la obra de Fabergé. Ya se ha mostrado un interés considerable por este lote, de modo que iniciaré la puja por cien mil francos.

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