Comprobó su reloj y salió del despacho. Al pasar por el pasillo observó a la nueva mecanógrafa a la que ya había visto esa mañana. Esta vez, ella levantó la mirada y le sonrió. Ya en el coche, camino del Savoy, le pidió a Reg que descubriera todo lo que pudiera sobre ella.
A Armstrong le resultó difícil concentrarse durante el almuerzo, a pesar de que su invitado era un ministro del gobierno. Ya se imaginaba lo que significaría ser el propietario del Globe . En cualquier caso, se enteró de que este ministro en particular volvería a ocupar su escaño parlamentario en cuanto el primer ministro llevara a cabo su siguiente remodelación. No lamentó que el ministro le dijera que tendría que marcharse pronto, porque su departamento tenía que contestar a las preguntas que se le plantearan en la Cámara aquella misma tarde. Armstrong pidió la cuenta.
Poco después vio cómo se alejaba el ministro en un coche oficial, conducido por un chófer, y confió en que el pobre hombre no se hubiera acostumbrado demasiado a aquellas prerrogativas. Al subir al asiento trasero de su propio coche, volvió a pensar en el Globe .
– Discúlpeme, señor -le dijo Benson, que lo miró por el espejo retrovisor.
– ¿Qué ocurre? -preguntó Armstrong con voz seca.
– Me pidió que averiguara cosas sobre esa joven.
– Ah, sí -asintió Armstrong, más suavemente.
– Es una administrativa llamada Sharon Levitt, que ocupa el puesto de la secretaria del señor Wakeham, que está de vacaciones. Sólo va a estar con nosotros durante un par de semanas.
Armstrong asintió con un gesto. Más tarde, al salir del ascensor y dirigirse a su despacho, se sintió decepcionado al descubrir que la joven ya no estaba sentada en la mesa del rincón.
Sally le siguió, sosteniendo el dietario y unos papeles.
– Si cancela su discurso del sábado por la noche en el SOGAT -le informó avanzando a su lado-, y el almuerzo del domingo con su esposa… -Armstrong movió una mano con un gesto despreciativo-. Es su cumpleaños -le recordó Sally.
– Envíele un ramo de flores. Vaya a Harrods y elíjale un regalo, y recuérdeme que la llame durante el día.
– En ese caso quedará libre de compromisos durante todo el fin de semana.
– ¿Qué me dice de Alexander Sherwood?
– Llamé a su secretaria en París, justo antes del almuerzo. Ante mi sorpresa, el propio Sherwood ha llamado hace unos minutos.
– ¿Y? -preguntó Armstrong.
– Ni siquiera preguntó por qué quería usted verlo, y dijo si podría usted reunirse con él para almorzar el sábado a la una, en su apartamento de Montmartre.
– Bien hecho, Sally. También necesito ver a su cocinera antes de reunirme con él.
– Se llama Lisa Milton -informó Sally-. Esa mañana se verá con usted en el George V para desayunar.
– En tal caso, lo único que le falta por hacer esta tarde es terminar la correspondencia.
– Ha olvidado que tengo una cita con el dentista a las cuatro. Ya lo he aplazado dos veces, y el dolor de muelas empieza a…
Armstrong estaba a punto de decirle que lo aplazara por tercera vez, pero se controló a tiempo.
– Desde luego, no debe cancelar su cita, Sally. Pídale a la secretaria del señor Wakeham que ocupe su puesto mientras tanto.
Sally no pudo ocultar su sorpresa, pues Dick no había permitido que eso sucediera nunca desde que trabajaba para él.
– Creo que tiene una secretaria temporal durante las dos próximas semanas -comentó, inquieta.
– Me parece bien. De todos modos, sólo es trabajo rutinario.
– Iré a llamarla -dijo Sally.
Empezó a sonar el teléfono privado de Armstrong. Era Stephen Hallet, para confirmarle que había planteado una denuncia por difamación contra el director del Daily Mail , y le sugería que procurara no llamar mucho la atención durante los días siguientes.
– ¿Ha descubierto quién filtró la noticia? -preguntó Armstrong.
– No, pero sospecho que procedió de Alemania -contestó Hallet.
– Pero todo eso sucedió hace años -dijo Armstrong-. En cualquier caso, yo mismo asistí al funeral de Julius Hahn, de modo que no pudo haber sido él. Apuesto a que se trata de Townsend.
– No sé quién es, pero hay alguien deseoso de desacreditarlo, y creo que probablemente tengamos que plantear una serie de pleitos durante las próximas semanas. De ese modo, al menos, se lo pensarán dos veces antes de imprimir algo en el futuro.
– Envíeme copia de cualquier cosa donde se mencione mi nombre -dijo-. Si me necesita con urgencia, estaré en París durante este fin de semana.
– Afortunado de usted. Ofrézcale mis respetos a Charlotte.
Sally entró en el despacho, seguido por una rubia alta y delgada, con una minifalda que sólo habría podido llevar alguien con las piernas muy esbeltas.
– Estoy a punto de embarcarme en un negocio muy importante -dijo Armstrong con un tono de voz ligeramente más alto.
– Entiendo -dijo Stephen-. Tenga la seguridad de que siempre estaré dispuesto.
Armstrong colgó el teléfono y le sonrió dulcemente a la secretaria temporal.
– Le presento a Sharon. Le he dicho que sólo será trabajo rutinario, y que terminará a las cinco -dijo Sally-. Yo regresaré a primera hora de mañana.
La mirada de Armstrong se detuvo en los tobillos de Sharon y luego ascendió lentamente. Ni siquiera miró a Sally cuando ésta se despidió.
– Hasta mañana.
Townsend terminó de leer el artículo publicado en el Daily Mail , giró sobre el sillón de su despacho y contempló el puerto de Sydney. Había sido un retrato poco halagador del ascenso continuado de Lubji Hoch, y de su deseo de ser aceptado en Gran Bretaña como un barón de la prensa. Habían utilizado varias citas cuyas fuentes no se indicaban, pero que procedían de oficiales compañeros de Armstrong en el Regimiento del Rey, de alemanes que lo habían conocido en Berlín, y de empleados que tuvo en el pasado.
El artículo contenía poca cosa que no procediera del perfil escrito por Kate varias semanas antes para el Sunday Continent . Townsend sabía que pocos en Australia tendrían interés por la vida de Richard Armstrong. Pero el artículo terminaría en cuestión de días sobre el despacho de todos los directores de Fleet Street y luego sólo sería cuestión de tiempo que fuera reproducido en parte o totalmente, para difundirse por entre el público británico. Sólo se había preguntado qué periódico lo publicaría primero.
También sabía que Armstrong no tardaría en descubrir la fuente del artículo original, lo que aún le producía más placer. Recientemente, Ned Brewer, su jefe de la oficina de Londres, le dijo que las historias sobre la vida privada de Armstrong habían dejado de aparecer publicadas desde que los pleitos empezaron a caer como confetti sobre las mesas de los directores.
Townsend había observado con creciente cólera cómo Armstrong convertía el WRG en una fuerte base de poder en el norte de Inglaterra. Pero no abrigaba ninguna duda acerca de dónde estaban puestas las verdaderas ambiciones de aquel hombre. Townsend ya tenía infiltradas a dos personas en la sede central de Armstrong, en Fleet Street, que le mantenían informado de todas las personas que acudían a verle. Su última visita, Derek Kirby, antiguo director del Express , se despidió de Armstrong, que le rodeó los hombros con un brazo al salir de su despacho. Los asesores de Townsend pensaban que Kirby sería contratado probablemente como director de uno de los periódicos regionales del WRG. Townsend, sin embargo, no estaba tan seguro de ello, y dejó instrucciones para que se le comunicara inmediatamente en el caso de que se descubriera que pretendía comprar algo, cualquier cosa que fuera. Y repitió: «Cualquier cosa».
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