Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– Le escucho.

– Dispongo de una información confidencial que le permitiría apoderarse de un periódico de distribución nacional.

– No puede ser el Express -dijo Armstrong, que se volvió a mirar por la ventana-, porque mientras Beaverbrook siga con vida…

– No, es algo más grande que eso.

Armstrong permaneció en silencio, antes de preguntar:

– ¿Quiere tomar café, señor Kirby?

– Prefiero té -contestó el ex director. Armstrong tomó uno de los teléfonos de su mesa.

– Sally, ¿podemos tomar té?

Aquello le indicó a Sally que la entrevista podía durar más de lo esperado, y que no debían producirse interrupciones.

– Si la memoria no me falla, fue usted director del Express -dijo Armstrong.

– Sí, uno de los siete que ha tenido en los últimos ocho años.

– Nunca llegué a comprender por qué lo despidieron.

Sally entró en la habitación, llevando una bandeja. Dejó una taza de té delante de Kirby y otra delante de Armstrong.

– El hombre que le sustituyó en el cargo fue un imbécil, y a usted nunca se le concedió el tiempo suficiente para demostrar de lo que era capaz.

Una sonrisa apareció en el rostro de Kirby, que se sirvió leche en el té, echó dos terrones de azúcar en la taza y luego se arrellanó en la silla. No le pareció el momento más oportuno para recordarle a Armstrong que recientemente había empleado al que fuera su sustituto para dirigir uno de sus propios periódicos.

– Bueno, si no se trata del Express , ¿de qué periódico estamos hablando?

– Antes de decir nada más, necesito tener clara cuál es mi posición -dijo Kirby.

– No estoy seguro de comprenderle.

Armstrong apoyó los codos sobre la mesa y lo miró fijamente.

– El caso es que después de mi experiencia en el Express , quiero estar seguro de tener la espalda bien cubierta.

Armstrong no dijo nada. Kirby abrió su maletín y extrajo un documento.

– Mis abogados han redactado esto para proteger…

– Sólo tiene que decirme lo que desea, Derek. Soy bien conocido por cumplir con mis compromisos.

– En este documento se afirma que si usted se hace con el control del periódico en cuestión, seré nombrado su director, o se me pagará una compensación de cien mil libras.

Le entregó a Armstrong el acuerdo, en una sola hoja de papel.

Armstrong lo leyó rápidamente. En cuanto se dio cuenta de que allí no se mencionaba salario alguno, sino sólo el nombramiento como director, firmó encima de su nombre, que aparecía al pie de la página. En Bradford se había librado de un hombre al mostrarse de acuerdo en nombrarlo director, para luego pagarle una sola libra al año. Podría haberle dicho a Kirby que los abogados baratos siempre obtienen resultados baratos, pero se limitó a entregarle el documento firmado, que Kirby tomó con avidez.

– Gracias -dijo tras tomar la hoja, pareciendo un poco más seguro de sí mismo.

– Bien, ¿qué periódico espera usted dirigir?

– El Globe .

Armstrong se vio pillado por sorpresa, por segunda vez durante aquella mañana. El Globe era una de las joyas de Fleet Street. Nadie había sugerido nunca que pudiera estar a la venta.

– Pero todas las acciones están en poder de una sola familia -observó.

– Eso es cierto -asintió Kirby-. Dos hermanos y una cuñada. Sir Walter, Alexander y Margaret Sherwood, para ser exactos. Y como sir Walter es el presidente, todo el mundo se imagina que es él quien controla la empresa. Pero la verdad es que no es así: las acciones se hallan repartidas a partes iguales entre ellos.

– Eso ya lo sabía -dijo Armstrong-. Lo he encontrado en todos los informes que he leído sobre sir Walter.

– Sí, pero lo que no se ha dicho es que recientemente se ha producido una pelea entre ellos. -Armstrong enarcó una ceja-. El pasado viernes se reunieron todos a cenar en el apartamento de Alexander en París. Sir Walter llegó desde Londres, y Margaret desde Nueva York, para celebrar supuestamente el sexagésimo segundo cumpleaños de Alexander. Pero resultó que aquello no fue una fiesta, porque Alexander y Margaret le hicieron saber a Walter que estaban hartos de que no prestara suficiente atención a lo que sucedía en el Globe , y le acusaron personalmente de ser el responsable del descenso en las ventas. Han pasado de cuatro millones a menos de dos millones desde que él asumió el cargo de presidente. Están incluso por detrás del Daily Citizen , que se pavonea ahora como el periódico con la circulación diaria más grande del país. Le acusaron de dedicar demasiado tiempo a flirtear entre el Turf Club y el hipódromo más cercano. Se produjo entonces una fuerte discusión a gritos, y tanto Alexander como Margaret dejaron bien claro que, a pesar de haber rechazado en el pasado varias ofertas por sus acciones, eso no quería decir que hicieran lo mismo en el futuro, pues no tenían intención de sacrificar su estilo de vida debido simplemente a la incompetencia de Walter.

– ¿Cómo sabe usted todo esto? -preguntó Armstrong.

– Por su cocinera -contestó Kirby.

– ¿Su cocinera? -repitió Armstrong.

– Se llama Lisa Milton. Trabajó para restauradores de Fleet Street antes de que Alexander le ofreciera trabajar para él en París. -Hizo una pausa, antes de añadir-: Alexander no ha sido precisamente el mejor de sus patronos, y a Lisa le gustaría dimitir y regresar a Inglaterra si…

– ¿Si se lo pudiera permitir? -sugirió Armstrong.

Kirby asintió.

– Lisa pudo escuchar todo lo que se dijeron mientras ella preparaba la cena en la cocina. Según me dijo, no le habría sorprendido nada que toda la discusión se hubiera podido escuchar también en el piso de arriba y en el de abajo.

– Ha hecho usted muy bien, Derek -dijo Armstrong con una sonrisa-. ¿Dispone de alguna otra información que pueda serme de utilidad?

Kirby se inclinó hacia él y extrajo una abultada carpeta de su maletín.

– Aquí encontrará todos los detalles sobre ellos tres. Perfiles, direcciones, números de teléfono e incluso el nombre de la amante de Alexander. Si necesita alguna otra cosa, puede llamarme directamente.

Y tras decir esto dejó una tarjeta de visita sobre la mesa.

Armstrong tomó la carpeta y la dejó sobre el papel secante que tenía delante. Luego, se guardó la tarjeta en la cartera.

– Gracias -le dijo-. Si la cocinera obtiene alguna nueva información o si desea usted ponerse en contacto conmigo, siempre me encontrará disponible. Utilice mi línea directa.

Y le entregó su propia tarjeta a Kirby.

– Le llamaré en cuanto me entere de algo -asintió Kirby, que se puso en pie.

Armstrong lo acompañó hasta la puerta y al salir al despacho de Sally le pasó un brazo sobre el hombro. Después de estrecharse la mano, se volvió hacia su secretaria y dijo:

– Derek siempre tiene que poder ponerse en contacto conmigo, de día o de noche, esté yo con quien esté.

En cuanto Kirby se hubo marchado, Sally se reunió con Armstrong en su despacho. Él ya estaba estudiando la primera página de la carpeta Sherwood.

– ¿Dijo en serio lo que de Kirby pudiera ponerse siempre en contacto con usted, de día y de noche?

– En efecto, al menos durante un futuro previsible. Pero ahora necesito que me deje libre de compromisos para efectuar un viaje a París, para ver a un tal señor Alexander Sherwood. Si lograra lo que me propongo, necesitaré ir a Nueva York para conocer a su cuñada.

Sally empezó a pasar las páginas del dietario.

– Lo tiene todo lleno de compromisos -le dijo.

– Como un condenado dentista -espetó Armstrong-. Procure tenerlos todos cancelados para cuando haya regresado de almorzar. Y mientras se ocupa de eso, revise toda la información contenida en esta carpeta. Quizá comprenda entonces por qué es tan importante que me entreviste con el señor Sherwood, pero no permita que nadie más vea esto.

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