– ¿Llegamos todavía a tiempo para el vuelo a Melbourne? -preguntó Townsend, que mostró su pasaporte en el mostrador de embarque de Qantas.
– Sí, señor Townsend -contestó la empleada, que pasó las hojas del pasaporte-. El Alto Comisionado ha llamado antes. -Levantó la mirada e informó-: Le hemos reservado dos asientos, uno a su nombre y otro a nombre de la señorita Tulloh.
– Soy yo -dijo Kate, que le entregó su pasaporte.
– Tienen ambos reserva en primera clase, asientos 3D y E. Por favor, diríjanse inmediatamente a la puerta número diecisiete, donde está a punto de comenzar el embarque.
Al llegar a la sala de salidas, los de clase turista ya empezaban a embarcar, y Townsend dejó a Kate que se presentara en nombre de los dos, mientras él buscaba un teléfono. Tuvo que esperar por detrás de otras tres personas en el único teléfono disponible, y al llegar finalmente ante el aparato marcó el número de la casa de Henry. Estaba ocupado. Lo intentó tres veces más, pero continuaba produciendo los mismos bips prolongados. Cuando ya marcaba el número de la hoja del Alto Comisionado, un empleado anunció que todos los demás pasajeros debían ocupar sus asientos, ya que se disponían a cerrar las puertas. El teléfono del Alto Comisionado empezó a sonar. En ese momento, Townsend miró a su alrededor y observó que la sala había quedado vacía, aparte de él mismo y Kate. Le hizo señas para que se dirigiera al avión.
Townsend dejó sonar el teléfono unas pocas llamadas más, pero nadie contestó. Abandonó su intento, colgó el teléfono y echó a correr por el pasillo, para encontrar a Kate que le esperaba ante la puerta del avión. Una vez que hubieron entrado, las puertas se cerraron herméticamente tras ellos.
– ¿Ha tenido suerte? -preguntó Kate, poniéndose el cinturón de seguridad.
– No -contestó Townsend-. Henry estaba constantemente ocupado y en las oficinas de la Alta Comisión no contestaron al teléfono.
Kate guardó silencio mientras el avión se dirigía hacia el inicio de la pista. Al detenerse, le dijo:
– Mientras estaba usted en el teléfono, empecé a pensar y hay algo que no concuerda.
El avión inició la aceleración por la pista y Townsend se abrochó el cinturón de seguridad.
– ¿Qué quiere decir con eso de que algo no concuerda?
– Con todo lo ocurrido en la última hora -dijo Kate.
– No sé a qué se refiere.
– Bueno, para empezar, con lo de mi billete.
– ¿Su billete? -preguntó Keith, extrañado.
– Sí. ¿Cómo sabía Qantas a qué nombre debía reservar el billete?
– Supongo que se lo comunicó el Alto Comisionado.
– ¿Y cómo lo sabía él? -preguntó Kate-. Al enviarle la invitación a cenar no me incluyó a mí, porque no sabía que yo estuviera con usted.
– Se lo habrá preguntado al director del hotel.
– Posiblemente. Pero hay algo más que me ha importunado en el fondo de mi mente.
– ¿Y qué es?
– El botones sabía exactamente hacia qué mesa dirigirse.
– ¿Y qué?
– Usted estaba situado delante de mí, en el rincón del salón, de cara a la ventana, pero yo levanté la mirada en el momento en que entró el botones en el Palm Court. Recuerdo que me pareció extraño que él supiera exactamente a qué mesa tenía que dirigirse, a pesar de que usted estaba de espaldas.
– Podría habérselo preguntado al maître .
– No -insistió Kate-, porque pasó justo por delante del maître , al que ni siquiera miró.
– ¿A dónde quiere ir a parar?
– Y luego lo del teléfono de Henry, continuamente ocupado a pesar de que sólo eran las ocho y media de la mañana. -El tren de aterrizaje del avión se separó de la pista-. ¿Y por qué no pudo ponerse en contacto con el Alto Comisionado a las ocho y media a pesar de haber hablado con él a las siete y veinte?
Keith la miró directamente a los ojos.
– Nos han tomado el pelo, Keith. Y lo ha hecho alguien que deseaba estar seguro de que no estuviera usted en Leeds a las doce de hoy para firmar ese contrato.
Keith se desabrochó el cinturón de seguridad, corrió por el pasillo y entró en la cabina de mando antes de que la azafata pudiera impedírselo. El capitán escuchó comprensivamente su historia, pero le indicó que ya no podía hacer nada ahora que el avión se hallaba en pleno vuelo hacia Bombay.
– El vuelo 009 acaba de despegar hacia Melbourne con los dos paquetes de cargamento a bordo -dijo Benson desde un teléfono situado en la torre de observación. Vio el Comet que desapareció por entre un banco de nubes-. Estarán en el aire durante por lo menos otras catorce horas.
– Bien hecho, Reg -dijo Armstrong-. Ahora ya puede regresar al Ritz. Sally ya ha reservado la habitación donde estaba Townsend, de modo que espere allí a que llame Wolstenholme. Supongo que lo hará poco después de las doce. Para entonces, yo ya estaré en el Queen's Hotel y le llamaré para decirle mi número de habitación.
Keith, mientras tanto, se sentó de nuevo en su asiento, en el avión, y golpeó los reposabrazos con las palmas de las manos.
– ¿Quiénes son y cómo lo han conseguido?
Kate estaba bastante segura de saber quién, y creía saber mucho acerca del cómo.
Tres horas más tarde se recibió en el Ritz una llamada para el señor Keith Townsend. La telefonista siguió las instrucciones que le había dado un caballero extremadamente generoso que habló con ella aquella misma mañana, y pasó la llamada a la habitación 319, donde Benson esperaba sentado sobre el borde de la cama.
– ¿Está Keith ahí? -preguntó una voz angustiada.
– ¿Quién llama, por favor?
– Henry Wolstenholme -tronó la voz.
– Buenos días, señor Wolstenholme. El señor Townsend trató de llamarlo esta mañana, pero su línea estaba continuamente ocupada.
– Lo sé. Alguien llamó a mi casa hacia las siete, pero resultó ser un número equivocado. Una hora más tarde, cuando traté de hacer una llamada, la línea estaba cortada. Pero ¿dónde está Keith?
– Se encuentra en estos momentos en un avión con destino a Melbourne. Su madre ha sufrido un ataque al corazón y el Alto Comisionado dispuso el vuelo para él.
– Siento enterarme de lo ocurrido a la madre de Keith, pero me temo que el señor Shuttleworth quizá no esté dispuesto a esperar a la firma del contrato. Ya ha sido bastante difícil convencerle para que se entrevistara con nosotros.
Benson leyó las palabras exactas que Armstrong le había escrito:
– El señor Townsend me dio instrucciones para decirle que ha enviado a un representante a Leeds, con su autoridad personal para firmar cualquier contrato, siempre y cuando usted no tenga nada que objetar.
– No tengo nada que objetar -dijo Wolstenholme-. ¿Cuándo se espera su llegada?
– Debe de haber llegado ya al Queen's Hotel. Partió hacia Leeds poco después de que el señor Townsend saliera para Heathrow. No me extrañaría nada que estuviera ya en el hotel, buscándole.
– En ese caso, será mejor que baje al vestíbulo a ver si lo encuentro -dijo Wolstenholme.
– Y a propósito -dijo Benson-, nuestro contable deseaba cerciorarse de la cifra final…, son ciento veinte mil libras.
– Más todos los gastos legales -dijo Wolstenholme.
– Más todos los gastos legales -repitió Benson-. No le entretengo más, señor Wolstenholme -añadió, antes de colgar el teléfono.
Wolstenholme abandonó la sala Rosa Blanca y bajó en el ascensor, seguro de que si el abogado de Keith disponía de una orden de pago por la cantidad total, aún podría arreglarlo todo antes de que llegara el señor Shuttleworth. Sólo había un problema: no tenía ni idea de a quién debía buscar.
Benson le pidió a la telefonista que le comunicara con un número en Leeds. Una vez contestada la llamada, pidió que le pasaran con la habitación 217.
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