– Mensaje para usted, señor -dijo el botones, que le entregó un sobre.
Keith abrió el sobre y encontró una nota escrita de puño y letra en una hoja de papel con el emblema del Alto Comisionado Australiano. «Le ruego que me llame urgentemente. Alexander Downer», decía el mensaje.
Se lo mostró a Kate, que frunció el ceño.
– ¿Conoce usted a Downer? -preguntó.
– Me encontré una vez con él en la Copa Melbourne -contestó Keith-, pero eso fue mucho antes de que fuera nombrado alto comisionado. Supongo que no me recordará.
– ¿Qué querrá a estas horas de la mañana? -preguntó Kate.
– No tengo ni la menor idea. Probablemente, querrá saber por qué rechacé su invitación a cenar para esta noche -dijo Keith con una sonrisa-. Siempre podemos hacerle una visita cuando regresemos del norte. Sin embargo, será mejor que trate de localizarlo antes de partir hacia Leeds, no sea caso que se trate de algo importante. -Se levantó de la silla-. Espero con impaciencia a que llegue el día en que podamos tener teléfonos en los coches.
– Subiré a mi habitación y me reuniré con usted en el vestíbulo poco antes de las siete y media -dijo Kate.
– De acuerdo -asintió Keith.
Salió del Palm Court para ir en busca de un teléfono. Al llegar al vestíbulo, el recepcionista le indicó una pequeña mesa frente a su mostrador. Keith marcó el número indicado en la parte superior de la hoja de papel y le contestó casi inmediatamente una voz de mujer.
– Buenos días, aquí la Alta Comisión Australiana.
– ¿Puedo hablar con el alto comisionado? -preguntó Keith.
– El señor Downer no ha venido aún, señor -contestó ella-. Le ruego que llame después de las nueve y media.
– Soy Keith Townsend. Se me ha pedido que lo llame urgentemente.
– Ah, sí, señor. Me indicó que si llamaba usted le pasara la comunicación a su residencia. Un momento, por favor.
Mientras Keith esperaba la conexión miró el reloj. Eran las 7,20.
– Alexander Downer al habla.
– Soy Keith Townsend, alto comisionado. Me pidió usted que le llamara con urgencia.
– Sí, gracias, Keith. Nos conocimos en la Copa Melbourne, aunque supongo que no lo recordará. -Su acento australiano sonaba mucho más profundo de lo que Townsend recordaba-. Siento decirle que no tengo buenas noticias para usted, Keith. Parece ser que su madre ha sufrido un ataque al corazón. Está ingresada en el hospital Royal Melbourne. Su estado es estable, pero se encuentra en la unidad de cuidados intensivos.
Townsend se quedó sin habla. También estaba fuera del país cuando murió su padre, y esta vez no iba a…
– ¿Está todavía ahí, Keith?
– Sí, sí. Pero es que cené con ella la noche antes de salir, y su aspecto nunca me pareció mejor.
– Lo siento, Keith. Es una condenada mala suerte que sucediera mientras estaba usted en el extranjero. He dispuesto la reserva de dos asientos de primera clase en el vuelo de Qantas a Melbourne, que despega esta misma mañana. Puede usted llegar a tiempo si sale en seguida. O podría tomar el mismo vuelo mañana por la mañana.
– No, partiré inmediatamente -afirmó Townsend.
– ¿Quiere que le envíe mi coche al hotel para llevarlo al aeropuerto?
– No, no será necesario. Ya tenía reservado un coche para que me llevara a la estación. Lo utilizaré para ir al aeropuerto.
– He alertado al personal de Qantas en Heathrow, para que no tenga usted ningún retraso, pero si puedo hacer alguna otra cosa por ayudar, no vacile en llamarme. Espero que podamos vernos de nuevo en mejores circunstancias.
– Gracias -dijo Townsend.
Colgó el teléfono y se acercó al mostrador de recepción.
– Nos marchamos inmediatamente -le dijo al hombre situado tras el mostrador-. Le ruego que tenga preparada la factura en cuanto baje.
– Desde luego, señor. ¿Sigue necesitando el coche que espera fuera?
– Sí, lo necesito -afirmó Townsend.
Se volvió rápidamente y subió a pie al primer piso. Corrió por el pasillo, comprobando los números de las habitaciones. Al llegar a la 124 golpeó la puerta con el puño. Kate la abrió un momento más tarde y observó inmediatamente la angustia reflejada en su rostro.
– ¿Qué ha ocurrido? -le preguntó.
– Mi madre ha sufrido un ataque al corazón. Baje directamente las maletas al vestíbulo. Salimos dentro de cinco minutos.
– Lo siento mucho -dijo ella-. ¿Quiere que llame a Henry Wolstenholme y le diga lo ocurrido?
– No. Eso podemos hacerlo desde el aeropuerto -dijo Townsend, que se volvió y echó a correr por el pasillo.
Pocos minutos más tarde salía del ascensor en la planta baja, y mientras guardaban su equipaje en el coche pagó la cuenta, se dirigió rápidamente al coche, le dio una propina al botones y se unió a Kate, que ya esperaba en el asiento trasero. Se inclinó hacia adelante y la ordenó al conductor:
– A Heathrow.
– ¿A Heathrow? -repitió el conductor-. Mi hoja de ruta dice que debo llevarle a la estación de King's Cross. Aquí no dice nada de Heathrow.
– Me importa un bledo lo que diga su hoja de ruta -espetó Townsend-. Lléveme a Heathrow.
– Lo siento, señor, pero yo tengo mis instrucciones. Mire, King's Cross es un destino en el interior de la ciudad, mientras que Heathrow está fuera de la ciudad y no puedo…
– Si no empieza a moverse, y lo hace con rapidez, le partiré su condenado cuello -le amenazó Townsend.
– No tengo por qué tolerar esas cosas de nadie -dijo el chófer.
Se bajó del coche, abrió el portamaletas y empezó a sacar su equipaje y a dejarlo sobre la acera.
Townsend se disponía a bajar de un salto cuando Kate le puso una mano en el brazo.
– Quédese quieto y déjeme a mí ocuparme de esto -le dijo con firmeza.
Townsend no pudo escuchar la conversación que mantuvo por detrás del coche, pero unos minutos más tarde observó que las maletas volvían a ser colocadas en el maletero.
– Gracias -le dijo a Kate cuando ésta se sentó de nuevo a su lado.
– No me lo agradezca a mí, sino a él -le susurró ella.
El chófer apartó el coche del bordillo de la acera, giró a la izquierda con el semáforo en verde y se introdujo en el tráfico de la mañana. A Keith le alivió comprobar que el tráfico que salía de Londres a estas horas de la mañana no formara colas tan largas como las de los vehículos que intentaban entrar en la ciudad.
– Tendré que llamar a Downer en cuanto lleguemos al aeropuerto -dijo Townsend en voz baja.
– ¿Por qué desea hablar de nuevo con él? -preguntó Kate.
– Creo que sería mejor tratar de hablar con el médico de mi madre en Melbourne, antes de despegar, pero no tengo el número.
Kate asintió con un gesto. Townsend empezó a tabalear con los dedos sobre la ventanilla. Intentó recordar la última vez que había estado con su madre. Le informó de la posible compra del West Riding Group, y ella replicó con su habitual retahíla de preguntas astutas. Se marchó después de cenar, prometiéndole que la llamaría desde Leeds si llegaba a cerrar el acuerdo.
– ¿Y quién es la joven que te acompaña? -le preguntó su madre.
Se mostró cauteloso ante ella, pero sabía que no la había engañado. Se volvió a mirar a Kate y hubiera querido tomarla de la mano, pero ella parecía preocupada. Ninguno de los dos dijo nada hasta que llegaron al aeropuerto. En cuanto el coche se detuvo ante el bordillo, Townsend bajó y se fue a buscar un carrito de equipaje, mientras el chófer sacaba las maletas. En cuanto estuvieron colocadas en el carrito, le entregó una generosa propina, le dio las gracias varias veces y empujó el carrito lo más rápidamente que pudo hacia el mostrador de embarque, seguido de cerca por Kate.
Читать дальше