– ¿Cuántos ejemplares espera el general Tulpanov que se impriman de esta obra?
– Un millón en tapa dura, para que se distribuyan por los canales habituales.
Armstrong dudaba mucho de que un libro así llegara a una fracción de aquella cifra de lectores en todo el mundo.
– Pero sólo mis costes de impresión… -empezó a decir.
– Comprendemos plenamente los riesgos que asumiría usted con su publicación, de modo que le adelantaremos una suma de cinco millones de dólares, que tendrán que ser distribuidos entre aquellos países donde el libro se traduzca, se publique y se venda. Naturalmente, habrá una comisión del diez por ciento para usted, como agente distribuidor. Debo añadir que al general Tulpanov no le sorprendería nada que el libro no apareciera en ninguna lista de los más vendidos. Mientras usted pueda indicar en su informe anual que se han impreso un millón de ejemplares, él se sentirá satisfecho. Lo que realmente importa es la distribución de los beneficios -añadió Valchek tras tomar un sorbo de vodka.
– ¿Será esto una operación aislada? -preguntó Armstrong.
– Si consigue usted éxito en este… -Valchek hizo una pausa antes de elegir la palabra adecuada-… proyecto, querremos que se publique una edición de bolsillo un año más tarde, para lo que estaremos dispuestos a destinar otros cinco millones de dólares. Después, quizá haya que hacer reimpresiones, versiones revisadas…
– De modo que se asegure un flujo continuo de dinero que pueda llegar sin problemas a sus equipos operativos repartidos por todos los países donde la KGB esté presente -dijo Armstrong.
– Como nuestro representante -añadió Valchek, que ignoró el comentario-, recibirá usted el diez por ciento de cualquier adelanto. Al fin y al cabo, no hay razones para que le tratemos a usted de modo diferente a como haríamos con cualquier otro agente literario. Y estoy seguro de que nuestros científicos podrán producir cada año un nuevo manuscrito que merezca ser publicado. -Tras una pausa agregó-: Siempre y cuando sus derechos de autor sean pagados a tiempo, en la divisa que pidamos.
– ¿Cuándo puedo ver el manuscrito? -preguntó Armstrong.
– He traído un ejemplar -contestó Valchek, que bajó la mirada hacia el maletín que había dejado a su lado, sobre el suelo-. Si acepta usted ser el editor, los cinco primeros millones se le abonarán en su cuenta en Liechtenstein a finales de la semana. Tengo entendido que así es como hemos hecho negocios con usted en el pasado.
Armstrong asintió.
– Necesitará disponer de una segunda copia del manuscrito para pasársela a Forsdyke. -Valchek enarcó una ceja en el momento en que un camarero retiraba su plato-. Tiene a un agente sentado en el otro extremo del comedor -añadió Armstrong-. Así que tendrá que entregarme el manuscrito antes de que nos marchemos, y yo tendré que salir de aquí con él bajo el brazo. Pero no se preocupe -continuó, sensible a la preocupación de Valchek-. Él no sabe nada sobre edición y, probablemente, su departamento se dedicará durante varios meses a buscar mensajes cifrados entre los Sputniks.
Valchek se echó a reír, pero no hizo el menor intento por mirar hacia el otro extremo de la sala cuando un carrito con postres llegó ante su mesa. Se limitó a contemplar las tres bandejas de delicados manjares que se le ofrecían.
En el silencio que siguió, Armstrong captó una sola palabra que le llegó desde la mesa de al lado: «imprentas». Aguzó el oído para escuchar la conversación, pero Valchek le preguntó entonces cuál era su opinión sobre un joven checo llamado Havel, que había sido recientemente enviado a la cárcel.
– Es un político.
– No, es un…
Armstrong se llevó un dedo a los labios para indicarle a su colega que debía seguir hablando pero sin esperar una respuesta. El ruso no necesitaba que le dieran lecciones en esa estratagema.
Armstrong se concentró en escuchar lo que hablaban las tres personas sentadas en el reservado contiguo. El hombre delgado, de hablar suave, sentado de espaldas a él, sólo podía ser un australiano, pero aunque su acento era evidente, Armstrong apenas si podía captar una sola palabra de lo que decía. Junto a él se sentaba la mujer joven a la que había seguido con la mirada en cuanto entró en el comedor. Como suposición, diría que era centroeuropea, y que probablemente no habría nacido muy lejos de su propio lugar de nacimiento. A la derecha, sentado frente al australiano, había un hombre que hablaba con acento del norte de Inglaterra y un tono de voz que habría encantado a su viejo sargento mayor del regimiento. Evidentemente, nadie le había explicado aún el significado de la palabra «confidencial».
Mientras Valchek continuaba hablando suavemente en ruso, Armstrong extrajo una pluma del bolsillo y empezó a anotar las palabras que escuchaba en la contraportada del menú, tarea que no resultaba fácil, a menos que se hubiera aprendido de un maestro de la profesión. No fue la primera vez que se sintió agradecido por la experiencia de Forsdyke.
«John Shuttleworth, presidente WRG», fueron las primeras palabras que anotó, y un momento más tarde: «dueño». Transcurrieron unos segundos antes de que añadiera «Huddersfield Echo» y los nombres de otros seis periódicos. Miró a Valchek a los ojos y siguió concentrado en escuchar. Luego escribió otras cuatro palabras: «Leeds, mañana, doce horas». Mientras tomaba el café, agregó: «120.000 precio justo». Y finalmente: «fábricas cerradas desde hace un tiempo».
Cuando el sujeto de la mesa de al lado empezó a hablar de críquet, Armstrong tuvo la sensación de que aunque había logrado colocar varias piezas de un rompecabezas, necesitaba regresar ahora lo antes posible a su oficina si quería abrigar la esperanza de completar la imagen antes de las doce del día siguiente. Miró su reloj, y a pesar de que se le acababa de servir un segundo plato de pan y budín de mantequilla, pidió la cuenta. Al serle presentada ésta, momentos más tarde, Valchek extrajo un grueso manuscrito de su maletín y se lo entregó ostentosamente a su anfitrión. Una vez pagada la cuenta, Armstrong se levantó, se colocó el manuscrito bajo el brazo y le habló a Valchek en ruso al pasar junto a la mesa de al lado. Miró a la mujer y creyó detectar una expresión de alivio en su rostro cuando les oyó hablar en un idioma extranjero.
Al llegar a la puerta, Armstrong le entregó un billete de una libra al maître .
– Un almuerzo excelente, Mario -le dijo-. Y gracias por sentar a una mujer tan hermosa en la mesa de al lado.
– Ha sido un placer, señor -dijo Mario, que se guardó el billete.
– ¿Puedo preguntarle a qué nombre se reservó esa mesa?
Mario recorrió la lista de reservas con un dedo.
– A nombre de un tal señor Keith Townsend.
Aquella nueva pieza del rompecabezas bien había valido una libra, pensó Armstrong al salir del restaurante por delante de su invitado.
Al llegar a la acera, Armstrong le estrechó la mano al ruso y le aseguró que el proceso de publicación se pondría en marcha inmediatamente.
– Es muy agradable oírselo decir, camarada -dijo Valchek con el más refinado acento inglés-. Y ahora, debo darme prisa para no llegar tarde a una cita con mi sastre.
Se unió rápidamente a la corriente de viandantes que cruzaban el Strand y desapareció en dirección a Savile Row.
Mientras Benson lo conducía de regreso a la oficina, la mente de Armstrong no estaba ocupada en pensar en Tulpanov, Yuri Gagarin o incluso Forsdyke. En cuanto llegó al último piso, se dirigió directamente al despacho de Sally, a la que encontró hablando por teléfono. Se inclinó sobre la mesa y cortó la comunicación telefónica.
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