Cuando Harold Wilson fue nombrado líder del Partido Laborista, Armstrong empezó a hacer declaraciones públicas en su apoyo; los cínicos sugirieron que lo hacía únicamente porque los tories no querían tener nada que ver con él. En ningún momento dejó de hacerles saber a los miembros destacados del Partido Laborista que lo visitaban que estaba dispuesto a soportar las pérdidas que fueran necesarias con la publicación de Isis , en la medida en que eso pudiera estimular a la siguiente generación de estudiantes de Oxford a que apoyaran al Partido Laborista. Esta actitud les pareció bastante burda a no pocos políticos. Pero Armstrong empezó a estar convencido de que si el Partido Laborista llegaba a formar el próximo gobierno, podría utilizar toda su influencia y riqueza para llevar a cabo su nuevo sueño: ser propietario de un periódico nacional.
De hecho, empezaba a preguntarse ya quién podría detenerlo.
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Keith Townsend se desabrochó el cinturón de seguridad pocos minutos después de que el Comet despegara, abrió el maletín y extrajo un montón de papeles. Miró a Kate, que ya se había enfrascado en la lectura de la última novela de Patrick White.
Empezó a comprobar la carpeta con información sobre el West Riding Group. ¿Era ésta la mejor oportunidad para asegurarse un baluarte en Gran Bretaña? Después de todo, su primera adquisición en Sydney había sido un pequeño grupo de periódicos que, con el tiempo, le permitieron comprar el Sydney Chronicle . Estaba convencido de que, una vez que controlara un grupo periodístico regional en Gran Bretaña, se encontraría en una posición mucho más fuerte para plantear una oferta que le permitiera acceder a la propiedad de un periódico nacional.
Según leyó, Harry Shuttleworth era el hombre que había fundado el grupo a principios de siglo. Había publicado primero un periódico en Huddersfield, como empresa filial de su taller textil, que alcanzó mucho éxito. Townsend reconoció la pauta del periódico local controlado por el patrono más importante de la zona; de ese modo había terminado él por ser el propietario de un hotel y dos minas de carbón. Cada vez que Shuttleworth inauguraba una fábrica en una ciudad nueva, le seguía la fundación de un periódico un par de años más tarde. Al jubilarse, tenía cuatro fábricas textiles y cuatro periódicos en West Riding.
Frank, el hijo mayor de Shuttleworth, se hizo cargo de la empresa una vez terminada la Primera Guerra Mundial, y aunque dirigió su interés fundamental hacia las fábricas textiles, también había…
– ¿Quiere tomar algo, señor?
– Un whisky -asintió Townsend-, y un poco de agua, por favor.
… añadido periódicos locales a las tres fábricas que construyó en Doncaster, Bradford y Leeds. En diversos momentos, los periódicos fueron amistosamente codiciados por Beaverbrook, Northcliffe y Rothermere, pero, por lo visto, Frank siempre les dio la misma respuesta: «No tiene usted nada que hacer aquí».
Parecía, sin embargo, que la tercera generación de los Shuttleworth no tenía el mismo temple. La combinación de textiles importados a precios baratos de la India y la existencia de un único hijo que siempre había querido ser botánico hizo que, al morir Frank, dejara ocho fábricas textiles, siete diarios, cinco semanarios y una revista del condado, y que los beneficios de la empresa empezaran a disminuir pocos días después de su entierro. Las fábricas textiles fueron finalmente liquidadas a finales de los años cuarenta y, desde entonces, el grupo de periódicos apenas había podido sostenerse. Ahora parecía sobrevivir gracias, únicamente, a la fidelidad de sus lectores, pero las últimas cifras demostraban que ni siquiera eso le permitiría mantenerse por mucho más tiempo.
Townsend levantó la mirada para observar cómo se encajaba una mesita portátil en el brazo de su asiento, y se extendía sobre ella un pequeño mantel. Al hacer la azafata lo mismo por Kate, ella dejó la lectura de Jinetes en el carro , pero permaneció en silencio, al no querer interrumpir la concentración de su jefe.
– Quisiera que leyera esto -le dijo, entregándole las primeras páginas del informe-. Entonces comprenderá por qué hago este viaje a Inglaterra.
Townsend abrió una segunda carpeta, preparada por Henry Wolstenholme, que había estudiado con él en Oxford y era ahora un abogado instalado en Leeds. Recordaba muy poco sobre Wolstenholme, excepto el hecho de que, después de unas pocas copas, se volvía insólitamente locuaz. No habría sido el elegido por Townsend para hacer negocios, pero como su empresa había representado al West Riding Group desde su fundación, no le quedaba otra alternativa. Fue Wolstenholme el primero que le alertó sobre el potencial del grupo; le escribió a Sydney para sugerir que, aun cuando el WRG no estaba a la venta, como afirmaría su presidente actual en el caso de ser abordado, sabía que si John Shuttleworth deseaba considerar alguna vez la posibilidad de una venta, desearía que el comprador procediera de un lugar lo más alejado posible de Yorkshire. Townsend sonrió en el momento en que se le colocaba delante una taza con sopa de tortuga. Como propietario del Hobart Mail , tenía que ser el candidato mejor calificado del mundo.
Una vez que Townsend le escribió expresándole su interés, Wolstenholme sugirió que se reunieran para hablar de las condiciones. La primera condición de Townsend fue que necesitaba ver las imprentas del grupo. «No existe ninguna posibilidad -fue la respuesta inmediata-. Shuttleworth no quiere aparecer en las primeras páginas de sus publicaciones hasta que no se haya cerrado el trato.» Townsend aceptaba que ninguna negociación sería fácil a través de una tercera persona, pero en esta ocasión iba a tener que confiar en Wolstenholme para que le contestara más preguntas de lo habitual.
Con un tenedor en la mano y la siguiente página en la otra, empezó a revisar las cifras que Clive Jervis le había preparado. Clive calculaba que la empresa valía entre cien mil y ciento cincuenta mil libras, pero indicaba que al no haber podido ver más que el balance, no se encontraba en posición de comprometerse; sin lugar a dudas, pensó Townsend, deseaba una cláusula de salvaguardia en el caso de que algo saliera mal.
– Esto es más interesante que Jinetes en el carro -dijo Kate después de dejar la primera carpeta-. Pero ¿qué papel espera que juegue yo en todo esto?
– Eso dependerá del final -contestó Keith-. Si concluyo esta negociación con éxito, necesitaré que se publiquen artículos en todos mis periódicos australianos, y también necesitaré un texto aparte, algo menos efusivo, para Reuters y la Asociación de la Prensa. Lo importante será alertar a los editores de todo el mundo sobre el hecho de que a partir de ese momento empezaré a actuar seriamente fuera de Australia.
– ¿Hasta qué punto conoce bien a Wolstenholme? -preguntó Kate-. Tengo la impresión de que va a tener que confiar mucho en su buen juicio.
– No lo conozco demasiado bien -admitió Keith-. Estudió en Worcester, dos cursos por delante de mí, y se le consideraba como una persona campechana.
– ¿Campechana? -repitió Kate, que lo miró extrañada.
– Durante el primer trimestre se pasaba la mayor parte del tiempo con el equipo de rugby de la universidad, y los otros dos trimestres se dedicaba a entrenar al equipo de remo. Creo que fue elegido para dirigirlos porque tenía una voz que podía escucharse desde el otro lado del Támesis, y porque disfrutaba bebiendo alguna que otra jarra de cerveza con el equipo, incluso después de haber perdido. Pero han pasado ya diez años; por lo que sé, se ha instalado y convertido en un austero abogado de Yorkshire, con esposa y varios hijos.
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