Fue durante la reunión anual del regimiento North Staffordshire, en el Café Royal, donde Armstrong se encontró con el mayor Wakeham. Descubrió así que Peter acababa de ser desmovilizado y que se disponía a aceptar un puesto de trabajo en el departamento de personal de la Great Western Railway. Armstrong dedicó el resto de la velada a tratar de convencerlo de que la Armstrong Communications ofrecía mejores perspectivas. Al lunes siguiente, Peter se unió a él como director general.
Una vez que Peter se hubo instalado, Armstrong empezó a viajar por todo el mundo, desde Montreal a Nueva York, y desde Tokio a Christchurch, para dedicarse a vender los manuscritos de Hahn, por los que pedía anticipos cada vez mayores. Empezó a colocar el dinero en distintas cuentas bancarias, lo que tuvo como resultado que ni siquiera Sally pudiera estar segura de saber cuál era la liquidez de la empresa en un momento dado, o dónde se hallaban las cuentas. Cada vez que él regresaba a Inglaterra, se encontraba con que su pequeño personal era incapaz de satisfacer las exigencias de un creciente cúmulo de deudas. Y Charlotte también empezaba a cansarse de que él le comentara lo mucho que habían crecido los niños.
Cuando se puso en alquiler todo el resto del edificio de Fleet Street, aprovechó inmediatamente la ocasión. Ahora, hasta el más escéptico de sus clientes potenciales que lo visitaban en sus nuevas oficinas tenía que aceptar que el capitán Armstrong parecía estar haciendo buenos negocios. Los rumores sobre los éxitos de Armstrong no tardaron en llegar a Berlín, pero las cartas de Hahn en las que le pedía detalles de las cifras de venta país por país, de los contratos firmados en el extranjero y de la auditoría de cuentas siguieron sin conocer respuesta.
El coronel Oakshott, en quien recaía la tarea de informar a un Hahn cada vez más incrédulo acerca de las afirmaciones de Armstrong de que la empresa tenía dificultades para obtener beneficios, empezó a ser tratado cada vez más como un recadero, a pesar de que recientemente se le había nombrado vicepresidente. Armstrong se mantuvo imperturbable a pesar de que Oakshott le amenazó con dimitir, y de que Stephen Hallet le advirtió que había recibido una carta de los abogados de Hahn en Londres, amenazándole con dar por concluida su asociación. Estaba seguro de que mientras la ley impidiera a Hahn viajar fuera de Alemania, no tenía forma alguna de descubrir hasta qué punto había crecido su imperio y, por lo tanto, cuánto representaba en realidad su cincuenta por ciento.
Pocas semanas después de que el gobierno de Winston Churchill recuperara el poder en 1951, se anularon todas las restricciones que impedían viajar a los ciudadanos alemanes. A Armstrong no le sorprendió saber, a través del coronel, que el primer viaje que harían Hahn y Schultz al extranjero sería precisamente a Londres.
Después de mantener prolongadas consultas con un consejero real en Gray's Inn, los dos alemanes tomaron un taxi que los llevó a Fleet Street para mantener allí una reunión con su socio extranjero. La costumbre de Hahn de ser escrupuloso con la puntualidad no le había abandonado ni siquiera en la vejez, y Sally acudió a recibir a los dos hombres en la recepción. Los condujo hasta el amplio despacho nuevo de Dick, y confió en que se sintieran debidamente impresionados por el ajetreo y la actividad que les rodeaba.
Entraron en el despacho de Armstrong y fueron saludados con la amplia y expresiva sonrisa que ambos recordaban tan bien. Schultz quedó impresionado al observar lo mucho que había engordado el capitán y no le importó en lo más mínimo su vistoso lazo.
– Bienvenidos, mis queridos amigos -empezó por decir Armstrong con los brazos abiertos, como un oso corpulento-. Ha pasado mucho tiempo.
Pareció sorprenderse al recibir una fría respuesta por parte de ellos, pero los condujo hacia los cómodos asientos situados al otro lado de la mesa, y luego se instaló en el suyo, algo más elevado, lo que le permitía dominarlos físicamente. Por detrás de él colgaba de la pared una enorme fotografía ampliada del mariscal de campo Montgomery en el momento de imponer la Cruz Militar sobre el pecho del joven capitán.
Una vez que Sally les hubo servido café brasileño en tazas de porcelana china, Hahn no perdió el tiempo en tratar de comunicarle el propósito de su visita a Armstrong, como ahora le llamaba. Se disponía a lanzarse a pronunciar su bien ensayado discurso cuando empezó a sonar uno de los cuatro teléfonos instalados sobre la mesa. Armstrong lo tomó, y Hahn imaginó que le daría a su secretaria instrucciones para que no les molestaran. Pero en lugar de eso se lanzó a mantener una intensa conversación en ruso. Apenas hubo terminado de hablar cuando sonó otro teléfono y poco después había iniciado un nuevo diálogo, esta vez en francés. Hahn y Schultz ocultaron sus recelos y esperaron pacientemente a que el capitán Armstrong terminara de atender sus llamadas.
– Lo siento -se disculpó Armstrong tras haber terminado la tercera conversación telefónica-, pero como pueden ver este maldito trasto no deja de sonar. Y el cincuenta por ciento de todo esto lo hago en su nombre -añadió con una amplia sonrisa.
Hahn se disponía a iniciar su discurso por segunda vez cuando Armstrong abrió el cajón superior de la mesa y extrajo una caja de puros habanos, algo que sus invitados no habían visto desde hacía por lo menos diez años. Empujó la caja hacia ellos, sobre la mesa. Hahn hizo un gesto negativo con la mano, y Schultz, aunque de mala gana, siguió el ejemplo de su presidente.
Hahn intentó empezar por tercera vez.
– Y a propósito -dijo Armstrong-, he reservado una mesa para almorzar en el Savoy Grill. Todo aquel que es alguien aquí almuerza en el Grill -añadió, dirigiéndoles otra amplia sonrisa.
– No tenemos tiempo para almorzar -dijo Hahn con sequedad.
– Pero si tenemos muchas cosas de las que hablar -insistió Armstrong-. Y, sobre todo, tenemos mucho que recordar de los viejos tiempos.
– Tenemos pocas cosas de las que discutir -dijo Hahn-, y menos de los viejos tiempos. -Armstrong guardó silencio por un momento-. Siento tener que informarle, capitán Armstrong, que hemos decidido dar por concluido nuestro acuerdo con usted.
– Pero eso no es posible -dijo Armstrong-. Tenemos firmado un acuerdo perfectamente legal.
– Evidentemente, hace algún tiempo que no ha leído usted ese documento -dijo Hahn-. Si lo hubiera hecho así, conocería muy bien cuáles son las consecuencias de no haber cumplido sus obligaciones financieras con nosotros.
– Yo tengo la intención de…
– «En el caso de falta de pago, todos los derechos revertirán automáticamente a la compañía propietaria después de doce meses» -citó Hahn, que parecía haberse aprendido la cláusula de memoria.
– Puedo cumplir con mis obligaciones inmediatamente -aseguró Armstrong, sin estar muy seguro de poder hacerlo.
– Eso ya no influirá en mi decisión -dijo Hahn.
– Pero el contrato estipula que debe usted comunicármelo por escrito, con noventa días de antelación -le dijo Armstrong, al recordar una de las cláusulas que Stephen Hallet le había subrayado recientemente.
– Lo hemos hecho así en once ocasiones distintas -replicó Hahn.
– No soy consciente de haber recibido en ningún momento esa notificación -declaró Armstrong-. En consecuencia, no…
– Las tres últimas fueron enviadas a esta misma oficina -continuó Hahn-. Por correo certificado.
– Eso no quiere decir que las hayamos recibido.
– Cada una de ellas fue firmada por su secretaria o por el coronel Oakshott. Nuestra última demanda fue entregada en mano a su abogado, Stephen Hallet, que, según tengo entendido, fue quien redactó el contrato original.
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