Durante los trayectos diarios en autobús hasta la oficina, Armstrong se preguntaba cuánto tiempo tardaría en disponer de un coche y un chófer. Una vez registrada la empresa, voló a Berlín y convenció a un reacio Hahn para que le hiciera un préstamo de mil libras. Regresó a Londres con un cheque por esa cantidad y una docena de manuscritos, tras haber prometido que serían traducidos en el término de pocos días, y que el dinero sería devuelto en cuanto firmara el primer acuerdo de distribución en el extranjero. Pero se enfrentaba con un problema que no podía admitir ante Hahn. A pesar de que Sally se pasaba horas pegada al teléfono, tratando de acordar citas con los presidentes de las principales editoriales científicas de Londres, pronto descubrió que sus puertas no se le abrían al capitán Armstrong como había sucedido en Berlín.
Aquellos días, al regresar a casa antes de la medianoche, Charlotte le preguntaba cómo le iban los negocios. El «nunca han ido mejor» sustituyó al «máximo secreto». Pero ella no dejaba de observar que los delgados sobres marrones que aparecían regularmente en el buzón, parecían terminar amontonados en el cajón más cercano, sin abrir siquiera. Al volar a Lyon para dar a luz a su segundo hijo, Dick le aseguró que cuando regresara ya tendría firmado su primer gran contrato.
Diez días más tarde, mientras Armstrong dictaba una contestación a la única carta recibida aquella mañana, alguien llamó a la puerta. Sally se precipitó a abrirla y se encontró ante su primer cliente. En realidad, Geoffrey Bailey, un canadiense que representaba a un pequeño editor de Montreal, se había equivocado de piso. Pero una hora más tarde se marchó con tres manuscritos científicos en alemán. Una vez traducidos y, al darse cuenta de su potencial comercial, regresó con un cheque y firmó un contrato para quedarse con los derechos en Canadá y en Francia de los tres libros. Armstrong ingresó el cheque, pero no se molestó en informar a Hahn de la transacción.
Gracias al señor Bailey, cuando Charlotte aterrizó en Heathrow, seis semanas más tarde, con la pequeña Nicole en brazos, Dick ya había firmado otros dos contratos con editores de España y Bélgica. A Charlotte le sorprendió ver que su esposo había comprado un gran automóvil Dodge, y que el soldado Benson se sentaba ante el volante. Lo que Dick no le dijo fue que el Dodge se pagaba a plazos, y que no podía pagarle su salario a Benson al final de la semana.
– Eso impresiona a los clientes -dijo, asegurándole que el negocio marchaba cada vez mejor.
Ella trató de ignorar el hecho de que algunas de las historias que él le contaba habían variado durante su ausencia, y que los sobres marrones sin abrir continuaban guardados en el cajón. Pero incluso ella quedó impresionada cuando le dijo que el coronel Oakshott había regresado a Londres, le había visitado y preguntado si conocía a alguien que pudiera ofrecer trabajo a un viejo soldado.
Armstrong fue la quinta persona a la que visitó, y ninguno de los otros tuvo nada que ofrecer a alguien de su edad y de su rango. Al día siguiente, Oakshott fue nombrado miembro del consejo de administración de Armstrong Communications, con un salario de mil libras anuales, aunque su cheque mensual no siempre encontraba fondos de forma inmediata al ser presentado al cobro por su banco.
Una vez que los tres primeros manuscritos fueron publicados en Canadá, Francia, Bélgica y España, otros editores extranjeros empezaron a bajarse del ascensor en el piso correcto, para abandonar más tarde el despacho de Armstrong con largas listas mecanografiadas de todos los libros cuyos derechos estaban disponibles.
A medida que Armstrong empezó a cerrar un número cada vez mayor de contratos, redujo sus viajes a Berlín, y envió al coronel Oakshott en su lugar, encargándole la poco envidiable tarea de explicarle a Julius Hahn por qué razón había tan poca liquidez. Oakshott seguía creyéndose todo lo que Armstrong le contaba; al fin y al cabo, ¿acaso no habían servido en el mismo regimiento? Hahn también se lo creyó, al menos durante algún tiempo.
Pero a pesar de algún que otro éxito con editoriales extranjeras, Armstrong no conseguía convencer a ningún destacado editor británico para que adquiriera los derechos de sus libros. Después de escuchar durante varios meses la consabida frase: «Me pondré en contacto con usted, capitán Armstrong», empezó a preguntarse cuánto tiempo tardaría en abrir la puerta que le permitiera entrar a formar parte del mundo editorial británico.
Fue una mañana de octubre en la que Armstrong contemplaba los enormes edificios del Globe y del Citizen , los dos periódicos más populares del país, cuando Sally le dijo que le llamaba por teléfono un periodista del The Times . Armstrong asintió con un gesto.
– Le pondré con el capitán Armstrong -anunció Sally a su interlocutor, al otro lado de la línea.
Armstrong cruzó la habitación y le tomó a Sally el teléfono de la mano.
– Aquí Dick Armstrong, presidente de Armstrong Communications, ¿en qué puedo servirle?
– Soy Neville Andrade, corresponsal científico del The Times . Recientemente he encontrado la edición francesa de uno de los libros de Julius Hahn, Los alemanes y la bomba atómica , y sentía curiosidad por saber cuántos otros títulos tiene usted en proceso de traducción.
Armstrong colgó el teléfono una hora más tarde, después de haberle contado a Andrade la historia de su vida, y de prometerle que su chófer le dejaría al mediodía la lista completa de títulos en su mesa.
A la mañana siguiente, al llegar tarde a la oficina, debido a lo que los londinenses llamaban una «sopa de guisantes», Sally le dijo que había recibido siete llamadas telefónicas en veinte minutos. Al sonar de nuevo el teléfono, ella le indicó con un gesto su mesa, donde había un ejemplar del The Times , abierto por la página científica. Armstrong se sentó y empezó a leer el largo artículo de Andrade sobre la bomba atómica y cómo, a pesar de haber perdido la guerra, los científicos alemanes seguían estando muy adelantados con respecto al resto del mundo en numerosos campos de investigación.
El teléfono sonó de nuevo, pero seguía sin comprender por qué Sally se veía tan asediada, hasta que leyó el último párrafo del artículo.
– La clave de toda esta información la tiene el capitán Richard Armstrong, condecorado con la Cruz Militar, que controla los derechos de traducción de todas las publicaciones del prestigioso imperio editorial de Julius Hahn.
Pocos días más tarde, la frase «Ya nos pondremos en contacto con usted, capitán Armstrong», se vio sustituida por «Estoy seguro de que podemos cumplir con esas condiciones, Dick», y a partir de entonces empezó a seleccionar a las editoriales a las que permitiría publicar sus manuscritos y distribuir sus revistas. Personas con las que no había logrado acordar una cita en el pasado, le invitaban ahora a almorzar en el Garrick, a pesar de que, después de conocerle, no llegaban hasta el punto de sugerirle que se hiciera miembro.
A finales de ese mismo año, Armstrong había devuelto finalmente el préstamo de mil libras y al coronel Oakshott ya no le era posible convencer a Hahn de que su presidente seguía pasando por un mal momento para conseguir que alguien firmara un contrato. Oakshott se sintió agradecido por el hecho de que Hahn no pudiera ver que el Dodge había sido sustituido mientras tanto por un Bentley, y de que Benson vestía ahora un elegante uniforme gris y una gorra de plato. El problema más reciente de Armstrong consistía en encontrar oficinas adecuadas y personal cualificado, para poder estar a la altura de su rápida expansión. Al quedar vacíos los pisos superior e inferior al que él ocupaba, firmó nuevos contratos de alquiler por ellos en cuestión de horas.
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