– ¿Desde cuándo trabaja para la empresa? -le preguntó mientras ella sacaba un cuaderno de taquigrafía y un lápiz del bolso.
– Sólo desde hace unos pocos meses, señor Townsend -contestó después de cruzar las piernas-. Entré a trabajar en el Chronicle como periodista en prácticas una vez terminados mis estudios universitarios. La entrevista con usted es mi primera tarea importante.
Keith se sintió viejo por primera vez en su vida, a pesar de que recientemente había cumplido los treinta y tres años.
– ¿De dónde le viene el acento? -le preguntó-. No acabo de situarlo.
– Nací en Budapest, pero mis padres huyeron de Hungría durante la revolución. El único barco que pudimos tomar se dirigía a Australia.
– Mi abuelo también tuvo que huir a Australia -dijo Keith.
– ¿Debido a una revolución? -preguntó ella.
– No. Era escocés, y sólo deseaba alejarse todo lo posible de los ingleses. -Kate se echó a reír-. Recientemente obtuvo usted un premio para escritores jóvenes, ¿verdad? -preguntó, tratando de recordar el breve informe que le había presentado Heather previamente.
– Sí. Bruce entregó los premios el año pasado, y ésa fue la razón por la que terminé trabajando para el Chronicle .
– ¿A qué se dedica su padre?
– En Hungría era arquitecto, pero aquí sólo ha podido encontrar trabajos esporádicos y un tanto extraños para su formación. El gobierno se niega a reconocer sus calificaciones, y los sindicatos tampoco se han mostrado muy comprensivos.
– Tampoco a mí me caen bien -comentó Keith-. ¿Y qué me dice de su madre?
– Siento mucho parecer descortés, señor Townsend, pero creía que sería yo quien le hiciera la entrevista.
– Sí, desde luego -asintió Keith-. Adelante.
Miró fijamente a la joven, sin darse cuenta de lo nerviosa que la ponía por ello. Nunca había visto a una mujer más cautivadora. Tenía un cabello largo y moreno que le caía sobre los hombros, un rostro perfectamente ovalado que todavía no se había visto estropeado por el sol australiano. Sospechaba que el sencillo traje bien cortado de color azul marino que llevaba era algo más formal de lo que normalmente se pondría. Pero, probablemente, eso se debía a que había acudido para hacerle una entrevista a su jefe. Ella cruzó de nuevo las piernas y la falda se le levantó ligeramente. Keith hizo esfuerzos por no bajar la mirada.
– ¿Quiere que le repita la pregunta, señor Townsend?
– Ah…, disculpe.
Heather entró poco después y se sorprendió al verlos sentados en el rincón del despacho normalmente reservado para los directores.
– Tiene una llamada telefónica por la línea uno. Es de Nueva York -le dijo-. El señor Lazar. Necesita hablar con usted sobre una contraoferta que acaba de recibir del Canal 7 para uno de los programas de la temporada que viene.
– Dígale que yo le llamaré -dijo Keith, sin levantar la mirada-. A propósito, Kate, ¿quiere tomar un café?
– Sí, gracias, señor Townsend.
– ¿Solo o con leche?
– Con leche, pero sin azúcar. Gracias -contestó ella, volviéndose a mirar a Heather.
Heather se volvió y abandonó el despacho, sin preguntarle a Keith si quería tomar otro.
– Lo siento, ¿cuál era la pregunta? -inquirió Keith.
– ¿Escribió o publicó usted alguna cosa mientras estuvo en la escuela?
– Sí, fui el director de la revista de la escuela durante el último año de estudios -contestó. Kate empezó a tomar notas rápidamente-. Lo mismo que hizo mi padre antes que yo.
Cuando reapareció Heather con el café todavía le hablaba a Kate de su triunfo con la obtención de fondos para la construcción del pabellón de la escuela.
– Y cuando fue a Oxford, ¿por qué no dirigió el periódico estudiantil, o se ocupó de Isis , la revista universitaria?
– En aquellos tiempos me interesaba mucho más la política y, en cualquier caso, ya sabía que pasaría el resto de mi vida en el mundo del periodismo.
– ¿Es cierto que al regresar a Australia se sintió desolado al enterarse de que su madre había vendido el Melbourne Courier ?
– Sí, lo es -admitió Keith en el momento en que Heather entraba de nuevo en el despacho-. Y algún día lo recuperaré -añadió en voz baja-. ¿Algún problema, Heather? -preguntó enarcando una ceja.
Ella estaba de pie, a sólo un paso de distancia del sillón que él ocupaba.
– Siento interrumpirle de nuevo, señor Townsend, pero sir Kenneth Stirling lleva toda la mañana tratando de ponerse en contacto con usted. Deseaba hablarle del propuesto viaje al Reino Unido.
– En ese caso, tendré que llamarlo yo, ¿verdad?
– Me advirtió que estaría ilocalizable durante toda la tarde.
– Dígale entonces que lo llamaré a su casa esta misma noche.
– Veo que está usted muy ocupado -dijo Kate-. Puedo esperar, o volver en cualquier otro momento.
Keith negó con un gesto de la cabeza, a pesar de que Heather permaneció donde estaba durante unos pocos segundos más, hasta el punto de que él se preguntó si Ken estaría realmente al teléfono.
Kate lo intentó una vez más.
– Se han contado varias historias entre bastidores acerca de cómo se hizo con el control del Adelaide Messenger , y sobre su golpe de mano con el ya fallecido sir Colin Grant.
– Sir Colin fue un buen amigo de mi padre -dijo Keith-, y una fusión siempre redundaría en interés de los dos periódicos. -Kate no pareció muy convencida por su respuesta-. Estoy seguro de que, como habrá leído en los artículos publicados al respecto, sabrá que sir Colin fue el primer presidente del grupo fusionado.
– Pero sólo presidió una reunión del consejo de administración.
– Creo que, si busca bien, verá que fueron dos.
– ¿No sufrió sir Somerset Kenwright más o menos el mismo destino cuando se hizo usted cargo del Chronicle ?
– No, eso no es del todo exacto. Le puedo asegurar que nadie admiraba a sir Somerset más que yo.
– Pero sir Somerset le describió en cierta ocasión… -Kate revisó sus notas- como «un hombre que se siente feliz en el arroyo y se dedica a observar cómo los demás escalan montañas».
– Creo que a sir Somerset se le cita a menudo erróneamente, como tantas veces sucede con Shakespeare.
– En cualquier caso, sería difícil demostrarlo, puesto que también ha muerto -comentó Kate.
– Cierto -asintió Keith un poco a la defensiva-. Pero las palabras de sir Somerset, que yo siempre recordaré, son: «No podría sentirme más encantado de que el Chronicle haya pasado a manos del hijo de sir Graham Townsend».
– Sin embargo, ¿no dijo eso sir Somerset seis semanas antes de que usted se hiciera realmente cargo del periódico? -preguntó Kate tras consultar de nuevo sus notas.
– ¿Qué diferencia supone eso? -replicó Keith, tratando de defenderse.
– Simplemente que el primer día que llegó usted al Chronicle despidió al director y al director general. Una semana más tarde ambos hicieron una declaración conjunta en la que afirmaron, y esta vez cito textualmente…
– Acaba de llegar su siguiente cita, señor Townsend -dijo Heather en ese momento, que se asomó a la puerta y dio la impresión de que se disponía a hacer entrar a alguien.
– ¿Quién es? -preguntó Keith.
– Andrew Blacker.
– Dispóngala para otra ocasión.
– No, no, por favor -dijo Kate-. Tengo más que suficiente.
– Dispóngala para otra ocasión -repitió Keith con firmeza.
– Como desee -asintió Heather con la misma firmeza. Se marchó y dejó la puerta abierta.
– Siento haber ocupado tanto de su tiempo, señor Townsend -se disculpó Kate-. Procuraré acelerar las cosas -añadió, antes de volver a su larga lista de preguntas-. ¿Podemos hablar ahora del lanzamiento del Continent ?
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