Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– No estoy seguro de comprenderle.

Armstrong colocó la mano sobre la mesa y miró fijamente al estadounidense.

– Quiero que se asegure de que Hahn reciba toda la electricidad que necesita, todo el papel que pida, y que encuentre una mano amiga cada vez que se ponga en contacto con su oficina.

– Pero ¿por qué este repentino cambio de intenciones? -preguntó Max con recelo.

– En realidad, es bastante sencillo, Max. Lo que sucede es que me he estado cubriendo las espaldas con algunos primos del sector británico. He apoyado la apuesta de que Hahn estará todavía en el negocio dentro de un mes, de tal modo que si ahora lo invirtiera usted todo, yo ganaría bastante más que los mil dólares que le tendría que pagar a usted.

– Viejo y astuto bastardo -exclamó Max, relamiéndose los labios por primera vez aquella noche-. Acaba de cerrar un trato, compañero.

Y tras decir esto extendió su mano sobre la mesa. Armstrong se la estrechó y cerró con ello el segundo acuerdo al que llegaba en ese mismo día.

Tres semanas más tarde, el capitán Max Sackville subía a un avión con destino a Carolina del Norte. No tuvo que pagarle a Armstrong más que los pocos dólares que perdió en la última partida de póquer. El primero de mes fue sustituido por el mayor Bernie Goodman.

Aquella tarde, Armstrong se dirigió al sector estadounidense para entrevistarse con Julius Hahn, que le entregó el contrato firmado.

– No sé cómo lo ha podido conseguir -dijo Hahn-, pero debo admitir que las palabras surgidas de sus labios parecieron llegar a oídos de Dios.

Se estrecharon las manos.

– Espero mantener una prolongada y fructífera asociación con usted -fueron las últimas palabras de Armstrong antes de despedirse.

Hahn no hizo ningún comentario.

A primeras horas de la noche, al llegar al piso, le dijo a Charlotte que su documentación de desmovilización había llegado finalmente y que se marcharían de Berlín antes de que terminara el mes. También le hizo saber que se le habían ofrecido los derechos para representar la distribución de todas las publicaciones de Julius Hahn en el extranjero, lo que significaría que tendría trabajo desde el mismo instante en que descendieran del avión, en Londres. Empezó a recorrer la estancia, barbotando una idea tras otra, pero Charlotte no se quejó esta vez, de tan feliz como se sentía ante la idea de salir de Berlín. Cuando finalmente él dejó de hablar, ella lo miró y le dijo:

– Siéntate, Dick, porque yo también tengo una noticia que darte.

Armstrong les prometió al teniente Wakeham, al soldado Benson y a Sally que podían estar seguros de contar con un trabajo si se decidían a abandonar el ejército, y todos ellos le dijeron que se pondrían en contacto con él en cuanto les llegara su documentación de desmovilización.

– Dick, ha hecho usted un trabajo magnífico para nosotros, aquí, en Berlín -le dijo el coronel Oakshott-. En realidad, no sé cómo voy a poder sustituirle. De todos modos y tras su brillante sugerencia de fusionar el Telegraf y el Berliner , hasta es posible que no haya necesidad de sustituirle.

– Me pareció la solución más evidente -dijo Armstrong-. Permítame añadir, señor, que he disfrutado mucho formando parte de su equipo.

– Es muy amable al decirlo, Dick -agradeció el coronel. Bajó el tono de voz y añadió-: Dentro de poco, yo también voy a ser desmovilizado. Una vez que regrese usted a la vida civil, póngase en contacto conmigo si se entera de algo adecuado para un viejo soldado.

Armstrong no se molestó en visitar a Arno Schultz para despedirse, pero Sally le dijo que Hahn le había ofrecido el puesto de director del nuevo periódico.

La última visita de Armstrong antes de entregar su uniforme en el almacén de suministros, fue para acudir a la oficina del mayor Tulpanov, en el sector ruso, y en esta ocasión el hombre del KGB sí que le invitó a almorzar con él.

– Lubji, ha sido un verdadero placer observar su golpe de mano con Hahn -dijo Tulpanov, indicándole una silla-, aunque sólo sea desde la distancia.

Un ordenanza les sirvió vodka y el ruso levantó su copa al aire.

– Gracias -dijo Armstrong, devolviéndole el cumplido-. Y no en menor medida por el papel que jugó usted en ello.

– Insignificante -dijo Tulpanov, tras dejar la copa vacía sobre la mesa-. Pero es posible que no siempre sea así, Lubji. -Armstrong enarcó una ceja, con expresión interrogativa-. Es posible que se haya asegurado los derechos de distribución en el extranjero de la mayor parte de la investigación científica alemana, pero todo eso no tardará mucho en quedar desfasado, y entonces necesitará del último material ruso…, siempre y cuando quiera mantenerse en la vanguardia del juego, claro.

– ¿Y qué esperaría usted a cambio? -preguntó Armstrong llevándose a la boca otra cucharada de caviar.

– Por el momento, Lubji, dejemos las cosas como están y digamos que ya me pondré en contacto con usted de vez en cuando.

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La voz desde el espacio Cómo lo hice Gagarin le habla a Jruschev de la - фото 18
La voz desde el espacio: «Cómo lo hice». Gagarin le habla a Jruschev de la Tierra azul

Heather dejó una taza de café delante de él. Townsend ya lamentaba haber concedido la entrevista, especialmente a una periodista en prácticas. Su regla de oro consistía en no permitir nunca que un periodista hablara oficialmente con él. A algunos propietarios les encantaba leer cosas sobre sí mismos en sus propios periódicos. Townsend no se contaba entre ellos, pero cuando Bruce Kelly le presionó, en un momento en que le pilló con la guardia baja, consintió de mala gana al oírle decir que sería conveniente para el periódico, y bueno para su propia imagen.

Aquella mañana estuvo a punto de cancelar la entrevista en dos o tres ocasiones, pero una serie de llamadas telefónicas y reuniones le impidieron encontrar el momento para hacerlo. Y entonces entró Heather para decirle que la joven periodista la esperaba en el vestíbulo.

– ¿Quiere que la haga pasar? -preguntó Heather.

– Sí -contestó tras consultar su reloj-, pero no quiero que sea muy largo. Hay varias cosas que necesito repasar con usted antes de la reunión del consejo de mañana.

– Entraré en su despacho al cabo de quince minutos y le diré que tiene al teléfono una llamada transcontinental.

– Buena idea -asintió-. Pero diga que es de Nueva York. Por alguna razón, eso hace que la gente siempre se marche antes. Y si se ve en una situación desesperada, utilice el método de Andrew Blacker.

Heather asintió con un gesto y abandonó el despacho, mientras Townsend revisaba con el dedo los puntos del día para la reunión del consejo de administración. Se detuvo en el punto siete. Necesitaba ser mejor informado sobre el West Riding Group si quería convencer al consejo de administración de que debían apoyarle en sus contactos con el grupo. Aunque le dieran el visto bueno para seguir adelante, una vez en Inglaterra aún tendría que ocuparse de llegar a acuerdos con ellos. De hecho, tendría que viajar directamente a Leeds si creía que valía la pena seguir el asunto.

– Buenos días, señor Townsend. -Keith levantó la mirada pero no dijo nada-. Su secretaria me advirtió que está usted muy ocupado, así que procuraré no hacerle perder demasiado tiempo -agregó ella con rapidez. Él siguió sin decir nada-. Soy Kate Tulloh, periodista del Chronicle .

Keith se levantó, rodeó la mesa, estrechó la mano de la joven periodista y la hizo sentarse en un cómodo sillón, habitualmente reservado para los miembros del consejo, editores o aquellas personas con las que esperaba llegar a acuerdos importantes. Una vez que se hubo acomodado, se sentó en el sillón situado frente a ella.

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