– ¿Por qué razón estaría interesado Keith Townsend en algo llamado WRG?
Sally, con el teléfono todavía en la mano, pensó un momento, antes de sugerir:
– ¿El Western Railway Group?
– No, eso no puede ser… A Townsend sólo le interesan los periódicos.
– ¿Quiere que trate de averiguarlo?
– Sí -contestó Armstrong-. Si Townsend está en Londres para comprar algo, quiero saber qué. Ponga a trabajar en esto sólo al equipo de Berlín, y que no se filtre la noticia a nadie más.
Sally, Peter Wakeham, Stephen Hallet y Reg Benson sólo tardaron un par de horas en aportar unas cuantas piezas más del rompecabezas, mientras Armstrong llamaba a su contable y a su banquero y les pedía que estuvieran disponibles en cualquier momento, las veinticuatro horas del día.
A las 16,15 Armstrong ya estudiaba un informe sobre el West Riding Publishing Group, que le había sido entregado a mano por Dunn & Bradstreet apenas unos minutos antes. Después de revisar las cifras por segunda vez, tuvo que admitir con Townsend que 120.000 libras era un precio justo. Pero, naturalmente, eso fue antes de que el señor John Shuttleworth supiera que recibiría una contraoferta.
A las seis de aquella misma tarde, su equipo se reunió con él en su despacho, para revelarle lo que habían descubierto.
Stephen Hallet había descubierto quién era el otro hombre sentado a la mesa, y a qué empresa de abogados pertenecía.
– Han representado a la familia Shuttleworth durante más de un siglo -le dijo a Armstrong-. Townsend tiene una reunión con John Shuttleworth, el presidente actual. La reunión se celebrará mañana en Leeds, pero no he podido averiguar el lugar y la hora exactas.
Sally sonrió.
– Bien hecho, Stephen. ¿Qué ha averiguado usted, Peter?
– Tengo los números de teléfono del despacho y de la casa de Wolstenholme; la hora del tren que tomará para regresar a Leeds y la matrícula del coche que conducirá su esposa al acudir a recibirlo a la estación. Conseguí convencer a su secretaria de que soy un antiguo amigo de la escuela.
– Bien, acaba de colocar un par de piezas más en las esquinas del rompecabezas -dijo Armstrong-. ¿Y usted, Reg?
Había tardado varios años en acostumbrarse a no llamarlo soldado Benson.
– Townsend se aloja en el Ritz, y también la mujer. Ella se llama Kate Tulloh. Tiene veintidós años y trabaja en el Sunday Chronicle .
– Creo que es más bien el Sydney Chronicle -intervino Sally.
– Tiene un condenado acento australiano -dijo Reg con un condenado acento londinense-. El portero me asegura que la señorita Tulloh no sólo ocupa una habitación diferente a la de su jefe, sino que ésta se halla situada dos pisos por debajo.
– De modo que no es su amante -dijo Armstrong-. Sally, ¿usted que ha encontrado?
– La conexión entre Townsend y Wolstenholme es que ambos fueron estudiantes en Oxford al mismo tiempo, según me confirmó el secretario del Worcester College. Pero la mala noticia es que John Shuttleworth es el único accionista del West Riding Group, y se ha convertido virtualmente en un recluso. No he podido descubrir dónde vive y no se le puede localizar por teléfono. En realidad, nadie de la sede central del grupo lo ha visto desde hace varios años, de modo que la idea de presentarle una contraoferta antes de las doce de mañana no es realista.
La información de Sally produjo un sombrío silencio, interrumpido finalmente por Armstrong.
– Muy bien. Nuestra única esperanza es que algo le impida a Townsend asistir a esa reunión en Leeds, que no debe celebrarse.
– Eso no será nada fácil si no sabemos dónde se va a celebrar -dijo Peter.
– En el Queen's Hotel -dijo Sally.
– ¿Cómo puede estar segura de ello? -preguntó Armstrong.
– He llamado a todos los grandes hoteles de Leeds y les he preguntado si tienen una reserva a nombre de Wolstenholme. El Queen's contestó que tenía reservado el salón Rosa Blanca desde las doce a las tres, y que serviría el almuerzo a un grupo de cuatro personas a partir de la una. Puedo indicarle incluso la composición del menú.
– No sé qué haría sin usted, Sally -dijo Armstrong-. Bien, y ahora procuremos sacar provecho de las informaciones de que disponemos. ¿Dónde está Wolst…?
– A punto de iniciar su regreso a Leeds -le interrumpió Peter-. Toma el tren de las 18,50 en la estación de King's Cross. Lo esperan en su despacho a las nueve de la mañana.
– ¿Qué me dicen de Townsend y de la mujer? -preguntó Armstrong-. ¿Reg?
– Townsend ha pedido un coche para que los lleve a King's Cross a las siete y media de mañana. Tienen previsto tomar el tren de las 8,12, que llega a la estación central de Leeds a las 11,47, con tiempo suficiente para llegar al Queen's Hotel al mediodía.
– De modo que entre ahora y las siete y media de mañana tenemos que impedir de algún modo que Townsend suba a ese tren con destino a Leeds. -Armstrong miró a los presentes, pero ninguno de ellos parecía esperanzado-. Y se nos tendrá que ocurrir algo bueno -añadió-, porque les aseguro que Townsend es mucho más astuto que Julius Hahn. Y tengo la sensación de que la señorita Tulloh tampoco es una estúpida.
Siguió otro prolongado silencio, antes de que Sally dijera:
– No sé si tiene alguna importancia, pero he descubierto que Townsend se encontraba en Inglaterra cuando murió su padre.
– ¿Y qué? -preguntó Armstrong.
Primera declaración de Wilson: «Nuestra tarea consiste en gobernar, y eso es lo que haremos»
Keith había acordado encontrarse con Kate en el Palm Court para desayunar a las siete. Se sentó ante una mesa situada en el rincón y se puso a leer The Times . No le sorprendió que ganara tan poco dinero, y no comprendía por qué los Astor no lo cerraban ya, porque nadie querría comprarlo. Tomó un café solo y dejó de concentrarse en el artículo principal, para desviar su mente hacia Kate. Ella mantenía una actitud tan distante y profesional que empezó a preguntarse si acaso habría otro hombre en su vida y si había cometido una estupidez al pedirle que lo acompañara.
Llegó justo después de las siete y se sentó ante la mesa. Llevaba un ejemplar del Guardian . No era la mejor forma de empezar el día, pensó Keith, aunque tenía que admitir que aún sentía el mismo entusiasmo por ella que experimentó la primera vez que la vio.
– ¿Cómo se encuentra esta mañana? -preguntó ella.
– Jamás me he sentido mejor -contestó Keith.
– ¿Le parece un día adecuado para comprar algo? -preguntó ella con una sonrisa burlona.
– Sí, tengo la sensación de que a estas mismas horas de mañana, seré el propietario de mi primer periódico en Inglaterra.
Un camarero sirvió a Kate una taza de café, y le impresionó que después de haber pasado sólo un día en el hotel, él ya no necesitara preguntarle si lo tomaba con leche.
– Henry Wolstenholme me telefoneó anoche, justo antes de acostarme -siguió diciendo Keith-. Ya había hablado con Shuttleworth y para cuando lleguemos a Leeds los abogados ya tendrán preparados los contratos para su firma.
– ¿No es todo esto un poco arriesgado? Ni siquiera ha visto las imprentas.
– No, porque sólo firmaré con una cláusula de comprobación del estado de la empresa en noventa días, de modo que será mejor que se prepare para pasar algún tiempo en el norte de Inglaterra. En esta época del año hará bastante frío.
«Señor Townsend. Mensaje para el señor Keith», decía el cartel que llevaba un botones, que se dirigió directamente hacia ellos.
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