Todos los presentes en la sala guardaron silencio, excepto el subastador. Sostenía firmemente el mango del martillo en la mano derecha, y miraba fijamente al público, tratando de situar dónde estaban los que pujaban.
Armstrong recordó la información recibida y el precio exacto al que debería llegar. Pero notó cómo se le aceleró el pulso cuando el subastador anunció:
– La oferta, hecha ahora por teléfono, es de 150.000 francos. Ciento cincuenta mil -repitió. Miró a los asistentes y una ligera sonrisa apareció en sus labios-. Doscientos mil en el centro de la sala. -Hizo una pausa y miró a su ayudante, al teléfono. Armstrong observó cómo ésta susurraba en el micrófono y luego asentía con un gesto dirigido hacia el subastador, que respondió inmediatamente-: Doscientos cincuenta mil. -Dirigió de nuevo la atención hacia los sentados en la sala, donde tuvo que haberse producido alguna otra oferta, porque desvió en seguida la atención hacia la ayudante del teléfono y anunció-: Tengo una oferta de trescientos mil francos.
La mujer informó al cliente de la última oferta y, tras unos momentos, asintió de nuevo con un gesto. En la sala, todas las cabezas se volvieron para mirar al subastador como si contemplaran un partido de tenis en cámara lenta.
– Trescientos cincuenta mil -dijo, mirando hacia el centro de la sala.
Armstrong cerró el catálogo. Sabía que aún no debía participar en la puja, aunque eso no le impedía removerse inquieto en su asiento.
– Cuatrocientos mil -dijo el subastador con un gesto de asentimiento hacia la mujer del teléfono-. Cuatrocientos cincuenta mil en el centro de la sala. -La mujer del teléfono respondió inmediatamente-. Quinientos mil… Seiscientos mil -añadió casi en seguida el subastador, ahora con la mirada fija en el centro de la sala.
Eso le permitió a Armstrong aprender otra de las habilidades del subastador.
Armstrong estiró el cuello hasta que finalmente distinguió a la persona que pujaba desde el centro de la sala. Su mirada se desvió hacia la mujer del teléfono, que volvió a asentir con un gesto.
– Setecientos mil -dijo el subastador con voz serena.
Un hombre sentado justo delante de él levantó el catálogo.
– Ochocientos mil -declaró el subastador-. Una nueva oferta al fondo.
Se volvió hacia la mujer del teléfono, que esta vez tardó un poco más en comunicar la última oferta a su cliente.
– ¿Novecientos mil? -sugirió, como si tratara de animarla. De repente, ella hizo un gesto afirmativo-. Tengo una oferta telefónica por novecientos mil -dijo y se volvió a mirar al hombre situado al fondo-. Novecientos mil -repitió, pero esta vez no recibió respuesta.
– ¿Alguna otra oferta? -preguntó el subastador-. En ese caso este lote tendrá que venderse por novecientos mil francos. Ultimo aviso -añadió, levantando el martillo-. Voy a…
Cuando Armstrong levantó el catálogo, al subastador le pareció que lo agitaba como si lo saludara. Pero no, sólo era el temblor de la mano.
– Tengo una nueva oferta por la derecha, al fondo de la sala. Un millón de francos. -El subastador volvió de nuevo la vista hacia la mujer del teléfono-. ¿Un millón cien mil? -preguntó señalando con el mango del martillo a su asistente del teléfono.
Armstrong guardó silencio, sin estar muy seguro de qué hacer a continuación, ya que un millón de francos era la cifra que habían acordado. La gente empezó a volverse y a mirar en su dirección. Permaneció en silencio, sabiendo que la mujer del teléfono haría un gesto negativo con la cabeza.
Y, en efecto, ella negó con la cabeza.
– Tengo una oferta de un millón al fondo -dijo el subastador, señalando hacia donde estaba Armstrong-. ¿Alguna otra oferta? En ese caso, este lote se va a adjudicar por un millón de francos. -Su mirada recorrió a los presentes, pero nadie hizo el menor gesto. Finalmente, dejó caer el martillo con un golpe y añadió-: Adjudicado al caballero del fondo, a la derecha, por un millón de francos.
Los aplausos resonaron en toda la sala.
Sharon le apretó de nuevo la mano, pero antes de que Dick pudiera normalizar la respiración, una mujer se arrodilló en el suelo, a su lado.
– Si rellena este formulario, señor Armstrong, en el mostrador de recepción le indicarán cómo recoger su lote.
Armstrong asintió con un gesto. Pero una vez que hubo terminado de rellenar el formulario, no se dirigió hacia la recepción, sino que acudió al teléfono más cercano del vestíbulo y marcó un número extranjero. Al recibir contestación, dijo:
– Póngame con el director-. Dio la orden para que se efectuara una rápida transferencia telegráfica por importe de un millón de francos suizos a la sucursal de Sotheby's en Ginebra, tal como había acordado previamente-. Y hágalo rápido -añadió-, porque no quiero tener que quedarme por aquí más tiempo del necesario.
Colgó el teléfono y se acercó a la señorita del mostrador de recepción para explicarle cómo se liquidaría la cuenta, al mismo tiempo que el hombre joven de la camisa abierta que se había sentado tras él empezaba a marcar un número extranjero, aun sabiendo que con ello despertaría a su jefe.
Townsend se sentó en la cama, tomó el teléfono y escuchó con atención.
– ¿Por qué pagaría Armstrong un millón de francos por un huevo de Fabergé? -preguntó.
– Eso tampoco lo he podido averiguar -contestó el joven-. Un momento, se marcha arriba con la chica. Será mejor que le siga. Le volveré a llamar en cuanto averigüe lo que pretende.
Durante el almuerzo, en el comedor del hotel, Armstrong pareció tan preocupado que a Sharon le pareció más sensato no decir nada a menos que fuera él quien iniciara la conversación. Era evidente que no había comprado el huevo para ella. Tras dejar sobre el plato la taza vacía de café, le pidió que regresara a su habitación e hiciera las maletas, ya que deseaba salir para el aeropuerto en una hora.
– Tengo una reunión más a la que asistir -le dijo-, pero no tardaré mucho tiempo.
Al besarla en la mejilla, a la entrada del hotel, el joven de la camisa abierta sabía perfectamente a quién de los dos le hubiera gustado seguir.
– Te veré dentro de una hora -le oyó decir a su presa.
Luego, Armstrong se volvió y se dirigió casi corriendo a la ancha escalera que conducía al salón donde había tenido lugar la subasta. Se dirigió directamente a la mujer sentada tras la mesa alargada, que se dedicaba a comprobar formularios de adjudicación de lotes.
– Ah, señor Armstrong. Me alegro de verle -dijo, dirigiéndole una sonrisa que valía un millón de francos-. Sus fondos acaban de ser confirmados mediante transferencia telegráfica urgente. Si quiere ser tan amable de pasar a ver a mi colega, en el despacho interior, podrá recoger su lote -le dijo, señalándole una puerta situada tras ella.
– Gracias -dijo, entregándole su recibo por la obra maestra.
Armstrong se volvió y casi se tropezó con un hombre joven situado directamente por detrás de él. Entró en el despacho del fondo y le presentó su recibo a un hombre vestido con frac negro, de pie tras el mostrador.
El funcionario comprobó cuidadosamente el recibo, miró atentamente al señor Armstrong, sonrió y dio instrucciones al guardia de seguridad para que trajera el lote cuarenta y tres, el Huevo del Aniversario Imperial de 1910. Al regresar el guardia con el huevo, lo hizo acompañado por el subastador, que dirigió una última y romántica mirada a la pieza, antes de tomarla y entregársela a su cliente para que la inspeccionara.
– Es magnífico, ¿verdad?
– Absolutamente magnífico -asintió Armstrong, que tomó el huevo como si se tratara de una pelota de rugby salida de improviso de entre una melée. Se volvió para marcharse sin decir nada más, y no oyó al subastador susurrarle a su asistente-. Es extraño que ninguno de nosotros haya conocido hasta ahora al señor Armstrong.
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