El portero del Hotel de Bergues se llevó una mano a la gorra cuando Armstrong subió a un taxi, aferrando el huevo con las dos manos. Dio instrucciones al chófer para que lo llevara al Banque de Genève, justo en el momento en que otro taxi vacío se detenía tras el primero y era ocupado por el hombre joven.
Al entrar en el banco, donde no había estado hasta entonces, Armstrong fue saludado por un hombre alto, delgado, de aspecto anónimo, vestido de frac, que no habría parecido fuera de lugar proponiendo un brindis por la novia en una boda de sociedad en Hampshire. El hombre efectuó ante él una inclinación para indicarle que lo estaba esperando. No le preguntó si quería que le llevara el huevo.
– ¿Quiere seguirme, señor? -le dijo en inglés.
Condujo a Armstrong a través del piso de mármol, hacia un ascensor que esperaba. ¿Cómo sabía aquel hombre quién era él?, se preguntó Armstrong. Entraron en el ascensor y las puertas se cerraron. Ninguno de los dos dijo nada mientras subían lentamente al piso superior. Las puertas se abrieron y el hombre de frac le precedió por un pasillo amplio y alfombrado, hasta que llegaron a la última puerta. El hombre llamó discretamente, la abrió y anunció:
– El señor Armstrong.
Un hombre vestido con un traje a rayas, cuello duro y lazo gris plateado se adelantó hacia él y se presentó a sí mismo como Pierre de Montiaque, director general del banco. Se volvió luego hacia otro hombre sentado en el extremo más alejado de la mesa de reuniones, e indicó a su visitante que tomara asiento en la silla vacía situada frente a él. Armstrong depositó el huevo de Fabergé en el centro de la mesa, y Alexander Sherwood se levantó de su asiento, se inclinó y le estrechó cálidamente la mano.
– Me alegro de verle de nuevo -le dijo.
– Y yo a usted -asintió Armstrong con una sonrisa.
Se sentó y miró al hombre con quien había cerrado el trato en París.
Sherwood tomó el Huevo del Aniversario Imperial de 1910 y lo estudió con atención. Una sonrisa se extendió sobre su rostro.
– Será el orgullo de mi colección, y de ese modo no habrá ninguna razón para que mi cuñada sienta ningún recelo.
Sonrió de nuevo y dirigió un gesto de asentimiento al banquero, que abrió un cajón y extrajo un documento, que le entregó a Armstrong.
Dick estudió con atención el acuerdo que Stephen Hallet le había redactado antes de viajar a París la semana anterior. Una vez comprobado que no se había hecho ninguna alteración, firmó al pie de la quinta página y luego empujó el documento sobre la mesa. Sherwood no mostró ningún interés por comprobar el contenido del documento, y se limitó a abrirlo por la última página y estampar su firma junto a la de Richard Armstrong.
– ¿Puedo confirmar entonces que ambas partes están de acuerdo? -preguntó el banquero-. Dispongo en estos momentos de un depósito por importe de veinte millones de dólares, y sólo espero las instrucciones del señor Armstrong para transferirlo a la cuenta del señor Sherwood.
Armstrong asintió con un gesto. Veinte millones de dólares era la suma que Alexander y Margaret Sherwood habían acordado que debían recibir por la tercera parte de las acciones del Globe que poseía Alexander, en el bien entendido de que, a continuación, ella se desprendería también de su tercio, que vendería exactamente por la misma cantidad. Lo que Margaret Sherwood no sabía era que Alexander había exigido una pequeña gratificación por arreglar el acuerdo: un huevo de Fabergé, que no aparecería como parte del contrato formal.
Armstrong había pagado un millón de francos suizos más de lo que se declaraba en el contrato, pero ahora se encontraba en posesión del 33,3 por ciento de un periódico nacional que en otros tiempos había alcanzado la mayor circulación en el mundo entero.
– En ese caso, nuestro negocio ha quedado concluido -dijo De Montiaque, que se levantó de su asiento y se dirigió a la mesa.
– No del todo -dijo Sherwood, que permaneció sentado.
El director general volvió a sentarse, inquieto. Armstrong se removió en su asiento. Notaba el sudor bajo el cuello de la camisa.
– Puesto que el señor Armstrong se ha mostrado tan cooperativo -dijo Sherwood-, me parece justo que me comporte con él de la misma manera.
A juzgar por la expresión de sus rostros, era evidente que ni Armstrong ni De Montiaque estaban preparados para esta intervención. Alexander Sherwood pasó a revelar entonces una información relativa al testamento de su padre, que hizo aparecer una sonrisa en los labios de Richard Armstrong.
Pocos minutos más tarde, al salir del banco para regresar a Le Richemond, lo hizo convencido de que su millón de francos suizos había estado muy bien empleado.
Townsend no hizo ningún comentario cuando lo despertaron de su profundo sueño, por segunda vez durante la noche. Escuchó con atención y susurró sus respuestas, por temor a despertar a Kate. Después de colgar finalmente el teléfono, fue incapaz de recuperar el sueño. ¿Por qué habría pagado Armstrong un millón de francos suizos por un huevo de Fabergé, que luego entregó en un banco suizo, para salir de allí una hora más tarde con las manos vacías?
El reloj junto a su mesita de noche le recordó que sólo eran las tres y media de la madrugada. Observó a Kate, que dormía plácidamente. Su mente se desvió de ella a Susan, para volver de nuevo a Kate y pensar en lo diferente que era ella; pensó después en su madre y se preguntó si alguna vez le comprendería; y luego, inevitablemente, pensó en Armstrong y en cómo descubrir en qué andaba metido.
Una hora más tarde, al levantarse, Townsend no se hallaba más cerca que antes de solucionar su pequeño enigma. Y habría seguido sin saberlo si, pocos días más tarde, no hubiera aceptado una llamada a cobro revertido de una mujer que lo llamaba desde Londres.
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Armstrong se sintió furioso al regresar al piso y encontrar la nota dejada por Sharon. Le decía simplemente que no deseaba volver a verlo hasta que no hubiera tomado una decisión.
Se dejó caer en el sofá y leyó las palabras por segunda vez. Marcó su número de teléfono; estaba convencido de que se encontraba allí, pero no obtuvo respuesta. Lo dejó sonar durante un minuto, antes de colgar.
No recordaba una época más feliz en toda su vida, y la nota de Sharon le hizo darse cuenta de lo mucho que ella significaba ahora para él. Había empezado incluso a teñirse el cabello y hacerse la manicura, para no verse obligado a recordar constantemente la diferencia de edad entre ambos. Después de varias noches de insomnios, del envío de ramos de flores que quedaron sin respuesta y de varias docenas de llamadas telefónicas a las que no obtuvo respuesta, llegó a la conclusión de que la única forma de recuperarla sería aceptando sus deseos. Durante algún tiempo, trató de convencerse a sí mismo de que ella no planteaba su idea en serio, pero ahora estaba bien claro que aquellas eran las únicas condiciones en las que estaría de acuerdo en llevar una doble vida. Decidió no ocuparse del problema hasta el viernes siguiente.
Esa mañana llegó insólitamente tarde a la oficina y le pidió inmediatamente a Sally que localizara por teléfono a su esposa. Una vez que le pasó la comunicación con Charlotte, Sally se dedicó a preparar la documentación para el viaje a Nueva York y su encuentro con Margaret Sherwood. Sabía que Dick se había mostrado muy nervioso durante toda la semana, hasta el punto de que llegó a derribar las tazas de café que había sobre la mesa, y que cayeron al suelo. Nadie parecía saber cuál era la causa del problema. A Benson le parecía que tenían que ser problemas con una mujer; Sally sospechaba que, después de haberse hecho con el 33,3 por ciento del Globe , Dick se sentía cada vez más frustrado al tener que esperar a que Margaret Sherwood regresara de su crucero anual, antes de aprovecharse de la información que recientemente le había ofrecido Alexander Sherwood.
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