Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– ¡Oh! ¿Cree realmente que mi pequeño esfuerzo puede llegar a aparecer en la lista de libros más vendidos?

– Estaría dispuesto a apostar por ello -asintió Townsend.

– ¿De veras? -preguntó la señora Sherwood.

Townsend la miró con cierta ansiedad, preguntándose si acaso había ido demasiado lejos.

– Acepto complacida sus condiciones, señor Townsend. Creo que esto merece ser celebrado. -Le sirvió una copa de champaña de una botella medio vacía que había en un cubo de hielo, a su lado-. Y ahora que hemos llegado a un acuerdo sobre el libro -dijo un momento más tarde-, quizá sea usted tan amable de aconsejarme acerca de un pequeño problema al que me enfrento actualmente.

– Así lo haré si puedo -le aseguró Townsend, que fijó la mirada en un cuadro que mostraba a un almirante de un solo brazo y un solo ojo, tumbado en el alcázar de su nave, moribundo.

– Me he sentido muy angustiada por un artículo publicado en el Ocean Times , sobre el que me llamó la atención la… señorita Williams -dijo la señora Sherwood-. Se refiere al señor Richard Armstrong.

– No estoy seguro de comprenderla.

– Me explicaré -dijo la señora Sherwood, que pasó a explicarle a Townsend una historia que conocía mejor que ella, y terminó diciendo-: Claire me ha aconsejado que, puesto que pertenece usted al mundo editorial, quizá pudiera recomendarme a alguien que pudiera estar interesado en comprar mis acciones.

– ¿Cuánto espera que le ofrezcan por ellas? -preguntó Townsend.

– Veinte millones de dólares. Es la cantidad que acordé con mi hermano Alexander, que ya ha vendido sus acciones a ese tal Richard Armstrong por esa misma cantidad.

– ¿Cuándo tiene previsto reunirse con el señor Armstrong? -preguntó Townsend, otra pregunta cuya respuesta conocía.

– Acudirá a verme a mi apartamento de Nueva York el próximo lunes a las once de la mañana.

Townsend siguió mirando el cuadro colgado de la pared, fingiendo que reflexionaba sobre la cuestión.

– Estoy seguro de que mi empresa podría igualar esa oferta -dijo finalmente-, sobre todo porque la cantidad ya ha sido acordada.

Confiaba en que no se le notaran los fuertes latidos de su corazón.

La señora Sherwood bajó la mirada hacia un catálogo de Sotheby's, que un amigo le había enviado desde Ginebra la semana anterior.

– Qué suerte que nos hayamos conocido -dijo-. Una no puede encontrarse con esta clase de coincidencias en una novela. -Se echó a reír, levantó su copa y añadió-: Kismet.

Townsend no hizo ningún comentario.

– Quisiera reflexionar más sobre el tema durante esta noche -añadió ella después de dejar la copa sobre la mesa-. Le comunicaré mi decisión final antes de que desembarquemos.

– Desde luego -dijo Townsend, que trató de ocultar su decepción.

Se levantó de la silla y la dama lo acompañó hasta la puerta.

– Debo darle las gracias por todas las molestias que se ha tomado conmigo, Keith.

– Ha sido un placer -dijo, antes de que ella cerrara la puerta.

Townsend regresó inmediatamente a su camarote, donde encontró a Kate, que ya le esperaba.

– ¿Cómo fue todo? -fueron sus primeras palabras.

– Todavía no lo ha decidido, pero creo que ha picado el anzuelo, gracias al artículo que tú comentaste.

– ¿Y las acciones?

– Puesto que el precio ya ha sido acordado, no parece que le importe mucho quién las compre, siempre y cuando su libro sea publicado.

– Pero quería disponer de más tiempo para pensárselo -dijo Kate, que guardó un momento de silencio, antes de añadir-: ¿Por qué no te hizo más preguntas acerca de por qué deseabas comprar sus acciones? -Townsend se encogió de hombros-. Empiezo a preguntarme si la señora Sherwood no ha estado esperándonos durante todo este tiempo a bordo, en lugar de al revés.

– No seas tonta -dijo Townsend-. Al fin y al cabo, va a tener que decidir qué es lo más importante para ella, si publicar su libro o no hacerle caso a Alexander, que le ha aconsejado que venda a Armstrong. Y si es ésa la elección que tiene que tomar, hay algo que juega a nuestro favor.

– ¿Y es? -preguntó Kate.

– Gracias a Sally, sabemos cuántas notas de rechazo ha recibido de los editores durante los últimos diez años. Y, después de haber leído el libro, no creo que ninguno de ellos le diera muchas esperanzas.

– Seguramente, Armstrong también lo sabe y estaría dispuesto a publicarle el libro.

– Pero ella no puede estar segura de eso -observó Townsend.

– Quizá pueda y resulte ser mucho más inteligente de lo que habíamos pensado. ¿Hay teléfono a bordo?

– Sí. Hay uno en el puente. Intenté hacerle una llamada a Tom Spencer, en Nueva York, para pedirle que empezara a preparar el contrato, pero me dijeron que ese teléfono no se puede usar a menos que se trate de una emergencia.

– ¿Y quién decide cuándo se trata de una emergencia? -preguntó Kate.

– El contador del barco me dijo que el capitán es el único árbitro en ese sentido.

– En ese caso, ninguno de nosotros podemos hacer nada hasta que no lleguemos a Nueva York.

La señora Sherwood llegó tarde a almorzar y esta vez se sentó junto al general. Pareció complacida de escuchar un extenso resumen del capítulo tres de sus memorias, y en ningún momento planteó el tema de su novela. Después de almorzar desapareció y se encerró en su camarote.

Al ocupar sus puestos para cenar, descubrieron que la señora Sherwood había sido invitada a sentarse en la mesa del capitán.

Después de una noche de insomnio, Townsend y Kate llegaron pronto a desayunar, con la esperanza de conocer la decisión de la señora Sherwood. Pero a medida que transcurrían los minutos y ella no aparecía, terminaron por comprender que debía de haber desayunado en su camarote.

– Probablemente anda retrasada preparando su equipaje -sugirió el siempre solícito doctor Percival.

Kate no pareció quedar muy convencida.

Keith regresó a su camarote, hizo la maleta y se reunió con Kate en la cubierta, cuando el transatlántico ya remontaba el Hudson.

– Tengo la sensación de que hemos perdido esta batalla -comentó Kate al pasar ante la estatua de la Libertad.

– Creo que puedes tener razón. No me importaría demasiado, si no fuera nuevamente a manos de Armstrong.

– ¿Es importante para ti vencerlo?

– Sí, lo es. Lo que tienes que comprender es que…

– Buenos días, señor Townsend -dijo una voz tras ellos.

Keith se giró en redondo y vio a la señora Sherwood que se les acercaba. Confió en que no hubiera visto a Kate, que ya se confundía con la gente.

– Buenos días, señora Sherwood -saludó.

– Después de haberlo considerado cuidadosamente -dijo ella-, he tomado finalmente una decisión. -Keith contuvo la respiración-. Si mañana por la mañana tiene usted preparados los dos contratos para que los firme, entonces ha conseguido usted un acuerdo, como dicen vulgarmente los estadounidenses. -Keith le dirigió una amplia sonrisa-. No obstante -siguió diciendo ella-, si mi libro no fuera publicado en el término de un año después de la firma del contrato, tendrá usted que pagar una penalización de un millón de dólares. Y si no logra aparecer en las listas de libros más vendidos del New York Times , la penalización será de dos millones de dólares.

– Pero…

– Cuando le pregunté acerca de la lista de libros más vendidos, me aseguró usted que estaría dispuesto a apostar por ello, ¿no es cierto, señor Townsend? Pues bien, yo simplemente le ofrezco la oportunidad de hacerlo así.

– Pero… -repitió Keith.

– Espero verle en mi apartamento a las diez de mañana, señor Townsend. Mi abogado ya me ha confirmado su asistencia. En el caso de que no acudiera usted, firmaré el contrato con el señor Armstrong a las once. -Hizo una pausa, miró directamente a Keith y añadió-: Tengo la sensación de que él también estaría dispuesto a publicar mi novela.

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