Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– Keith -susurró ella-, ¿no crees que deberías empezar a leer ese manuscrito?

Apenas habían transcurrido unas horas desde que Sharon pasara desde el dormitorio hasta el despacho, cuando Armstrong se dio cuenta de que Sally no había exagerado nada al referirse a sus habilidades como secretaria. Pero era demasiado orgulloso como para llamarla y admitirlo.

Al final de la segunda semana, su mesa estaba llena de cartas sin contestar y, lo que era peor, de respuestas bajo las que no podía considerar siquiera la idea de estampar su firma. Después de tantos años con Sally, había olvidado que raras veces dedicaba más de unos pocos minutos diarios a controlar su trabajo antes de firmar todo lo que le presentaba. De hecho, el único documento en el que había estampado su firma durante esa semana fue el contrato de Sharon, que estaba claro no había redactado ella misma.

El martes de la tercera semana, Armstrong apareció por la Cámara de los Comunes para almorzar con el ministro de Sanidad, para descubrir que, en realidad, se le esperaba al día siguiente. Veinte minutos más tarde estaba de regreso en su despacho, hecho una furia.

– Pero te dije que hoy almorzabas con el presidente del Nat West -insistió Sharon-. Acaba de llamar desde el Savoy para preguntar dónde estabas.

– Estaba donde me enviaste -ladró-. En la Cámara de los Comunes.

– ¿Esperas que yo lo haga todo por ti?

– Sally se las arreglaba de algún modo -espetó Armstrong, que apenas si era capaz de controlar su indignación.

– Si vuelvo a oír una sola vez más el nombre de esa mujer, te juro que te dejo.

Armstrong no dijo nada. Salió furioso de la oficina y le ordenó a Benson que lo llevara al Savoy lo más rápidamente posible. Al llegar al Grill, Mario le dijo que su invitado acababa de marcharse. Y al regresar a la oficina, fue informado de que Sharon se había marchado a casa diciendo que sufría de una ligera migraña.

Armstrong se sentó ante la mesa y marcó el número de Sally, pero no le contestó nadie. Siguió llamándola por lo menos una vez al día, pero únicamente encontraba el contestador automático. Al final de la semana siguiente le ordenó a Fred que le pagara su cheque mensual.

– Pero si ya le he enviado el finiquito, tal como usted me dijo -le recordó el jefe de contabilidad.

– No discuta conmigo, Fred -le advirtió Armstrong-. Limítese a pagarle.

Durante la quinta semana, las secretarias temporales empezaron a aparecer y desaparecer casi a diario. Algunas sólo duraron unas pocas horas. Pero fue Sharon la que abrió la carta de Sally, para encontrarse con un cheque rasgado por la mitad y una nota que decía: «Ya he sido ampliamente pagada por el trabajo del último mes».

Al despertarse a la mañana siguiente, a Keith le sorprendió descubrir que Kate ya se había puesto el batín y leía el manuscrito de la señora Sherwood. Se inclinó hacia él y le dio un beso antes de entregarle los siete primeros capítulos. Keith se sentó en la cama, parpadeó unas cuantas veces, tomó la primera página y leyó: «En cuanto ella salió de la piscina, se le empezaron a abultar las mollas de la pieza inferior del bikini». Levantó la mirada hacia Kate.

– Sigue leyendo -le dijo ella-. Todavía hay cosas peores.

Keith ya había leído cuarenta páginas cuando Kate saltó de la cama y se dirigió al cuarto de baño.

– No te molestes en leer mucho más -le aconsejó-. Más tarde te diré cómo termina.

Al reaparecer, al cabo de un rato, Keith ya andaba por la mitad del tercer capítulo. Dejó caer el resto de las páginas al suelo.

– ¿Qué te parece? -le preguntó a Kate.

Ella se acercó a la cama, apartó las sábanas y contempló su cuerpo desnudo.

– A juzgar por tu reacción, yo diría que todavía me deseas, o que tenemos un bestseller en nuestras manos.

Una hora más tarde, cuando Townsend acudió a desayunar, sólo encontró a Kate y a la señora Sherwood sentadas en la mesa, enfrascadas en una conversación. Dejaron de hablar en cuanto él se sentó.

– Supongo que… -empezó a decir la señora Sherwood.

– ¿Qué es lo que supone? -preguntó Townsend con una mirada inocente.

Kate tuvo que volver la cara para que la señora Sherwood no viera su expresión.

– ¿Ha hojeado un poco mi novela?

– ¿Hojeado? -replicó Townsend-. La he leído de cabo a rabo. Y una cosa está clara, señora Sherwood; en Schumann nadie ha podido leer el manuscrito, porque si lo hubieran leído lo habrían contratado inmediatamente.

– Oh, ¿cree usted que es realmente tan bueno? -preguntó la señora Sherwood, esperanzada.

– Desde luego que sí -contestó Townsend-. Sólo confío en que, a pesar de la imperdonable respuesta que recibió de nosotros, permita que Schumann le haga una oferta por su publicación.

– Pues claro que lo permitiré -asintió la señora Sherwood con entusiasmo.

– Bien. No obstante, me permito sugerir que no es éste el lugar indicado para hablar de las condiciones.

– Desde luego. Lo comprendo perfectamente, Keith. ¿Qué le parece si pasa algo más tarde por mi camarote? -Miró su reloj-. ¿Quedamos hacia las diez y media?

Townsend asintió con un gesto.

– A mí me parece perfecto.

Se levantó cortésmente al ver que ella doblaba la servilleta para dejarla en la mesa y se alejaba.

– ¿Te has enterado de algo nuevo? -le preguntó a Kate en cuanto se hubo alejado la señora Sherwood.

– No mucho -contestó, antes de mordisquear una tostada de pasas-. Pero creo que ella no está del todo convencida de que hayas leído el manuscrito completo.

– ¿Qué te hace pensarlo así? -preguntó Townsend.

– Porque acaba de confiarme que anoche había una mujer en tu cuarto de baño.

– ¿De veras? -Townsend hizo una pausa antes de preguntar-: ¿Y qué más te dijo?

– Habló con gran detalle del artículo publicado en el Ocean Times , y me preguntó si…

– Buenos días, Townsend. Buenos días, querida señorita -dijo el general, que se sentó a la mesa.

Kate le dirigió una amplia sonrisa y se levantó.

– Buena suerte -le dijo en voz baja a Keith.

– Me alegra tener esta oportunidad de hablar tranquilamente con usted, Townsend. La verdad de la cuestión es que ya tengo escrito el primer volumen de mis memorias, y resulta que también las llevo a bordo. Me preguntaba si sería lo bastante amable como para leer el manuscrito y darme su opinión profesional.

Townsend necesitó de otros veinte minutos para escapar de un libro que no deseaba leer y mucho menos publicar. El general no le había dejado mucho tiempo para preparar la entrevista con la señora Sherwood. Regresó a su camarote y repasó una vez más las notas de Kate antes de dirigirse al camarote de la señora Sherwood. Llamó a la puerta justo poco después de las diez y media, y ésta se abrió de inmediato.

– Me gusta que los hombres sean puntuales -dijo ella.

La suite Trafagar ocupaba dos niveles y tenía su propio balcón. La señora Sherwood dirigió a su huésped hacia un par de cómodos sillones en el centro del salón.

– ¿Quiere tomar un café, Keith? -le preguntó sentándose frente a él.

– No, gracias, Margaret. Acabo de desayunar.

– Desde luego -asintió ella-. Bien, ¿qué le parece si tratamos de negocios?

– Estoy a su disposición. Como ya le he dicho esta mañana, Schumann consideraría como un privilegio editar su novela.

– Oh, qué interesante -dijo la señora Sherwood-. Sólo desearía que aún viviera mi querido esposo. Siempre estuvo convencido de que algún día sería publicada.

– Estaríamos dispuestos a ofrecerle un anticipo de cien mil dólares -siguió diciendo Townsend-, y el diez por ciento del precio de venta una vez compensado el adelanto. La edición en rústica seguiría doce meses después de la edición en tapa dura, y recibiría pagos adicionales por cada semana que el libro se mantenga en la lista de libros más vendidos del New York Times .

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