– Absolutamente. Después de haber pasado tres días con la señora Sherwood, le puedo asegurar que ella no sabe nada sobre publicación de libros.
– No fue así como lo entendió Kate -dijo Tom con un encogimiento de hombros.
– Kate se mostraba demasiado precavida -observó Townsend-. Nada me impide imprimir cien mil ejemplares del maldito libro y guardarlos todos en un almacén de New Jersey.
– No -admitió Tom-, pero ¿qué sucederá cuando el libro no aparezca en la lista de los más vendidos del New York Times ?
– Lea la cláusula correspondiente, consejero. En ella no se hace mención a ninguna limitación de tiempo. ¿Le preocupa alguna otra cosa?
– Sí. Tendrá que disponer de dos órdenes de pago confirmadas y por separado a las diez de la mañana. No quiero arriesgarme a entregarle cheques a la señora Sherwood; eso sólo le daría una excusa para no firmar el acuerdo final. Puede estar seguro de una cosa: Armstrong dispondrá de una orden de pago confirmada por importe de veinte millones de dólares cuando aparezca a las once.
Townsend asintió con un gesto.
– El mismo día en que le informé sobre el contrato original, di orden de transferir el dinero desde Sydney al Manhattan Bank. Podemos recoger las dos órdenes de pago confirmadas a primeras horas de la mañana.
– Bien. En ese caso, nos marchamos.
Tras regresar a su habitación, Townsend se derrumbó sobre la cama, agotado, y se sumió inmediatamente en un profundo sueño. No se despertó hasta las cinco de la mañana siguiente y le sorprendió descubrir que todavía estaba completamente vestido. Sus primeros pensamientos fueron para Kate y dónde estaría ella en aquellos momentos.
Se desnudó, tomó una prolongada ducha de agua caliente y luego se dispuso a pedir un desayuno madrugador. ¿O fue más bien una cena tardía? Repasó el menú del servicio permanente de habitaciones y se decidió finalmente por el desayuno.
Mientras esperaba a que se lo sirvieran, Townsend vio las noticias del informativo matinal. Estaban dominadas por la aplastante victoria de Israel en la guerra de los Seis Días, aunque nadie parecía saber dónde estaba Nasser. En el programa Today se entrevistó a un portavoz de la NASA que habló sobre las posibilidades de Estados Unidos de situar a un hombre en la Luna antes que los rusos. El informe meteorológico auguraba el descenso de un frente frío sobre Nueva York. Durante el desayuno, leyó el New York Times , seguido por el Star , y comprendió con exactitud qué cambios haría en ambos periódicos si fuera el propietario. Trató de olvidar que la Comisión Federal de Comunicaciones le incordiaba continuamente con preguntas sobre su imperio estadounidense en expansión, y le recordaba las normas de propiedades cruzadas que se aplicaban a los extranjeros.
– Existe una solución muy simple a ese problema -le había dicho Tom en varias ocasiones.
– Nunca -contestaba él con firmeza. Pero ¿qué haría si ése fuera el único modo de apoderarse del New York Star ?-. Nunca -repitió, aunque ya no lo hiciera con la misma convicción.
Durante la hora siguiente, vio el mismo noticiario en la televisión y leyó los mismos periódicos. A las siete y media ya estaba enterado de todo lo que sucedía en el mundo, desde El Cairo hasta Queen's, e incluso en el espacio. A las ocho menos diez tomó el ascensor y descendió a la planta baja, donde encontró a los dos abogados jóvenes que ya le esperaban. Parecían llevar ambos los mismos trajes, camisas y corbatas que el día anterior, aunque por lo visto habían encontrado un momento para afeitarse. No les preguntó dónde estaba Tom; sabía que estaría paseando por el vestíbulo, y que se uniría a ellos en cuanto terminara de hacer su circuito.
– Buenos días, Keith -saludó Tom, que estrechó la mano de su cliente-. He reservado una mesa tranquila para nosotros en un rincón de la cafetería.
Una vez servidos los tres cafés solos y uno con leche, Tom abrió el maletín, extrajo dos documentos y se los entregó a su cliente.
– Si ella está de acuerdo en firmarlos -le dijo-, el 33,3 por ciento del Globe será suyo, así como los derechos de publicación de La amante del senador .
Townsend repasó el documento con lentitud, cláusula tras cláusula, y empezó a comprender por qué los tres habían permanecido despiertos durante toda la noche.
– Bien, ¿qué hacemos a continuación? -preguntó una vez terminada la lectura, devolviendo los contratos a su abogado.
– Tiene usted que recoger las dos órdenes de pago confirmadas en el Manhattan Bank y procurar estar ante la puerta de la señora Sherwood a las diez menos cinco, porque vamos a necesitar cada minuto de esa hora si queremos que todo esté firmado antes de que aparezca Armstrong.
Armstrong también empezó por leer los periódicos de la mañana momentos después de que los dejaran delante de la puerta de su habitación. Al pasar las páginas del New York Times , también él pudo darse cuenta de los cambios que introduciría si pudiera echarle mano a un periódico de Nueva York. Una vez que hubo terminado de leer el Times , se dedicó a hacer lo mismo con el Star , pero éste no le retuvo la atención durante mucho tiempo. Dejó los periódicos a un lado, encendió la televisión y empezó a zapear entre los canales para pasar el tiempo. Prefirió una vieja película en blanco y negro, interpretada por Alan Ladd, antes que una entrevista a un astronauta.
Dejó la televisión encendida cuando se dirigió al cuarto de baño, sin pensar siquiera que pudiera despertar a Sharon.
A las siete ya estaba vestido y se sentía más inquieto a cada minuto que pasaba. Cambió al programa Buenos días , América y vio al alcalde, que explicaba cómo tenía la intención de tratar con el sindicato de bomberos y sus exigencias de mayor seguro de desempleo.
– ¡Propinar una patada a esos bastardos donde más duela! -gritó ante las cámaras.
Apagó finalmente la televisión cuando el meteorólogo informó que iba a hacer otro día caluroso, sin nubes y con temperaturas que superarían los veinticinco grados…, en Malibú. Armstrong tomó la polvera de Sharon, que estaba sobre la mesa de tocador, y se golpeó ligeramente la frente. Luego se la guardó en el bolsillo. A las siete y medio tomó el desayuno en la habitación, sin haberse molestado en pedir nada para Sharon. Al salir de la suite , a las ocho y media, para reunirse con su abogado, ella todavía no se había movido.
Russell Critchley le esperaba en el restaurante. Armstrong empezó por pedir un segundo desayuno antes de sentarse. Su abogado extrajo del maletín un voluminoso documento y empezó a informarle de su contenido. Mientras Critchley tomaba café, Armstrong devoró una tortilla de tres huevos, seguida por cuatro bollos cubiertos de espeso jarabe.
– No preveo que se produzca ningún verdadero problema -dijo Critchley-. Se trata virtualmente del mismo documento que su cuñado firmó en Ginebra aunque, naturalmente, ella no ha pedido ningún pago en especies o en dinero negro.
– Y no tiene más alternativa que aceptar los veinte millones de dólares como liquidación si quiere cumplir con las condiciones del testamento de sir George Sherwood.
– En efecto -asintió el abogado. Consultó otra carpeta, antes de añadir-: Parece ser que los tres firmaron un compromiso cuando heredaron las acciones. Ese compromiso estipulaba que si deseaban vender tendrían que hacerlo a un precio acordado al menos por dos de las tres partes. Como sabe, Alexander y Margaret ya han establecido un precio de veinte millones de dólares.
– ¿Por qué harían una cosa así?
– Si no lo hubieran hecho, no habrían heredado nada, según las condiciones establecidas en el testamento de sir George. Evidentemente, él no deseaba que los tres se pelearan por el precio.
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