Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– ¿Por veinte millones de dólares? -le preguntó Russell Critchley en voz baja al abogado de edad avanzada.

– En efecto -contestó Yablon-. La cifra exacta que su cliente acordó a principios de este mes con el cuñado de la señora Sherwood.

– Pero Alexander me aseguró la semana pasada que la señora Sherwood había acordado venderme a mí sus acciones en el Globe -protestó Armstrong-. He volado a Nueva York especialmente para…

– No ha sido su vuelo a Nueva York lo que ha influido en mi decisión, señor Armstrong -intervino con firmeza la vieja dama-. Sino más bien el que hizo usted a Ginebra.

Armstrong la miró fijamente por un momento. Luego, se dio media vuelta, regresó al ascensor del que había salido apenas unos minutos antes, y cuyas puertas todavía estaban abiertas en el ático. Mientras él y su abogado descendían, barbotó varias maldiciones, antes de preguntar:

– Pero ¿cómo se las arregló ese tipo?

– Sólo cabe imaginar que se entrevistó con la señora Sherwood en algún momento durante su crucero.

– Pero ¿cómo descubrió que yo andaba metido en un negocio para apoderarme del Globe ?

– Tengo la sensación de que no encontrará usted la respuesta a esa pregunta a este lado del Atlántico -dijo Critchley-. Sin embargo, no todo está perdido.

– ¿Qué demonios quiere decir?

– Ya tiene usted en su poder un tercio de las acciones.

– Townsend también tiene el otro -dijo Armstrong.

– Cierto, pero si lograra usted hacerse con las acciones de sir Walter Sherwood, estará usted en posesión de las dos terceras partes de la compañía, y a Townsend no le quedaría más remedio que venderle su tercio…, con una pérdida considerable.

Armstrong miró a su abogado y el esbozo de una sonrisa se vislumbró apenas sobre su rostro de amplia papada.

– Y con Alexander Sherwood que sigue apoyando su causa, el juego dista mucho de haber terminado -añadió el abogado.

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Es decisión suya Puede encontrarme asiento en el próximo vuelo a Londres - фото 27
¡Es decisión suya!

– ¿Puede encontrarme asiento en el próximo vuelo a Londres? -preguntó Armstrong con voz atronadora a la empleada de la agencia de viajes del hotel cuando ésta contestó a su llamada.

– Desde luego, señor -contestó la empleada.

La segunda llamada que hizo fue a su despacho de Londres, donde Pamela, su última secretaria, le confirmó que sir Walter Sherwood había acordado entrevistarse con él a las diez de la mañana siguiente, aunque no le dijo que lo había hecho de mala gana.

– También necesito hablar con Alexander Sherwood, en París. Y asegúrese de que Reg esté en el aeropuerto esperándome, y de que Stephen Hallet esté en la oficina cuando yo regrese. Todo esto tiene que estar listo antes de que Townsend regrese a Londres.

Pocos minutos más tarde, cuando Sharon entró en el salón de la suite , con los paquetes de las numerosas compras que había hecho, se sorprendió al ver que Dick ya hacía la maleta.

– ¿Vamos a alguna parte? -le preguntó.

– Nos marchamos inmediatamente -le dijo sin mayores explicaciones-. Prepara tu equipaje mientras yo pago la cuenta.

Un mozo colocó las maletas de Armstrong en una limusina que esperaba mientras él recogía los billetes en el mostrador de la agencia de viajes y luego acudía a recepción para pagar la cuenta. Miró su reloj; apenas tendría tiempo de tomar el avión, y podría estar de regreso en Londres a primeras horas de la mañana siguiente. Mientras Townsend no estuviera enterado de la cláusula de los dos tercios, aún podría apoderarse del cien por cien de la compañía. Y aunque Townsend lo supiera, confiaba en que Alexander Sherwood le apoyara y presionara a sir Walter.

En cuanto Sharon subió al asiento de atrás de la limusina, Armstrong le ordenó al chófer que los llevara al aeropuerto.

– Pero todavía no han bajado mis maletas de la habitación -protestó Sharon.

– Entonces tendrán que enviarlas más tarde. No me puedo permitir perder ese vuelo.

Sharon no dijo una sola palabra más durante todo el trayecto hasta el aeropuerto. Al acercarse a la terminal, Armstrong palpó los dos billetes que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta, para asegurarse de que no los había olvidado. Bajaron de la limusina, pidió al jefe de equipajes que facturara sus maletas directamente hasta Londres y echó a correr hacia el control de pasaportes, seguido de cerca por Sharon.

Armstrong sacó los billetes del bolsillo y le entregó uno a Sharon. Una azafata comprobó su billete, y Armstrong echó a correr por el largo pasillo hasta el avión que esperaba. Sharon entregó su billete a la azafata, que lo miró y dijo:

– Este billete no es para este vuelo, señora.

– ¿Qué quiere decir? -preguntó Sharon-. Tengo una reserva en primera en este vuelo, junto con el señor Armstrong. Soy su ayudante personal.

– No me cabe la menor duda, señora, pero me temo que este billete es en clase turista para el vuelo de Pan Am de este noche. Creo que va a tener que esperar muchas horas.

– ¿Desde dónde me llamas? -preguntó Townsend.

– Desde el aeropuerto Kingsford-Smith -contestó Kate.

– Entonces puedes dar media vuelta y regresar en ese mismo avión.

– ¿Por qué? ¿No ha salido bien el negocio?

– Bueno, ella ha firmado, aunque a qué precio. Ha surgido un problema con la novela de la señora Sherwood y tengo la sensación de que tú eres la única persona que puede solucionarlo.

– ¿No puedo dormir un poco por la noche, Keith? Estaría de regreso en Nueva York pasado mañana.

– No, no puedes -contestó él-. Hay algo más que tenemos que hacer antes de que te pongas a trabajar, y sólo dispongo de una tarde libre.

– ¿De qué se trata? -preguntó Kate.

– De casarnos -contestó Keith.

Se produjo un largo silencio al otro extremo de la línea, antes de que Kate dijera:

– Keith Townsend, debes de ser el hombre menos romántico que haya puesto Dios sobre la tierra.

– ¿Significa eso que sí? -preguntó él.

Pero la línea ya se había cortado. Colgó el teléfono y se volvió a mirar a Tom Spencer, sentado ante la mesa de su despacho.

– ¿Ha aceptado ella sus condiciones? -preguntó el abogado con una sonrisa burlona.

– No puedo estar totalmente seguro -contestó Townsend-. Pero quiero que continúe usted con las disposiciones tal como las hemos planeado.

– De acuerdo, en ese caso será mejor que me ponga en contacto con el ayuntamiento.

– Y asegúrese de estar libre mañana por la tarde.

– ¿Por qué? -preguntó Tom.

– Porque necesitaremos de un testigo para el contrato, consejero.

Sir Walter Sherwood había lanzado ya varias maldiciones durante ese día, superando la media de todo un mes.

La primera retahíla de expresiones brotó inmediatamente después de que colgara el teléfono, tras hablar con su hermano. Alexander le había llamado desde París justo antes del desayuno, para informarle que había vendido sus acciones en el Globe a Richard Armstrong, por un precio de veinte millones de dólares. Le recomendó a Walter que hiciera lo mismo.

Pero todo lo que sir Walter había oído decir de Armstrong le convencía de que aquel era el último hombre que debería controlar un periódico que era tan británico como el roast beef y el budín de Yorkshire.

Se calmó un tanto después de un buen almuerzo en el Turf Club, pero entonces casi sufrió un ataque al corazón cuando su cuñada le llamó desde Nueva York para comunicarle que ella también había vendido sus acciones, aunque no a Armstrong, sino a Keith Townsend, un hombre que, en opinión de sir Walter, daba mala fama a los coloniales. Nunca olvidaría haber tenido que permanecer en Sydney durante una semana, soportando los artículos diarios publicados en el Sydney Chronicle sobre «la así llamada reina de Australia». Cambió entonces al Continent , sólo para descubrir que ese periódico abogaba por la proclamación de la república en Australia.

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