Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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Townsend se quedó con la boca abierta. El señor Yablon se reclinó en su silla, y Tom comprendió entonces que no había sido él la única persona en trabajar durante toda la noche.

– Si demuestra estar fundada la confianza de su cliente en su capacidad para cumplir el acuerdo -dijo el señor Yablon-, le devolveré este dinero dentro de doce meses, con los intereses correspondientes.

– Por otro lado -dijo la señora Sherwood, que ya no miraba a Townsend-, si su cliente no tuvo nunca la intención de distribuir mi novela y convertirla en un verdadero bestseller…

– Pero eso no fue lo que usted y yo acordamos ayer -dijo Townsend, que miró directamente a la señora Sherwood.

Ella le devolvió una mirada dulce desde el otro lado de la mesa.

– Lo siento, señor Townsend. Le mentí -dijo sin el menor rubor.

– Eso quiere decir -intervino Tom mirando el reloj de pared-, que sólo le deja a mi cliente once minutos de tiempo para entregarle otros dos millones de dólares.

– Creo que serán doce minutos -dijo el señor Yablon-. Tengo la sensación de que ese reloj siempre se ha adelantado un poco. Pero no planteemos objeciones mezquinas por un minuto más o menos. Estoy seguro de que la señora Sherwood le permitirá utilizar uno de sus teléfonos.

– No faltaba más -asintió la señora Sherwood-. Mire, como decía siempre mi difunto esposo: «Si no puede pagar hoy, ¿por qué debe uno creer que podrá pagar mañana?».

– Pero tiene usted mi orden de pago confirmada por importe de veinte millones de dólares -dijo Townsend-, y otra por importe de cien mil dólares. ¿No es eso prueba suficiente?

– Y dentro de diez minutos, tendré la orden de pago del señor Armstrong por la misma cantidad, y sospecho que él también estará encantado de publicar mi libro, a pesar del bien planteado artículo de Claire…, ¿o debo llamarla Kate?

Townsend permaneció en silencio durante otros treinta segundos. Consideró la alternativa de correr el riesgo de aquel farol, pero al mirar el reloj se lo pensó mejor.

Se levantó de la silla y se acercó rápidamente al teléfono situado sobre una mesita lateral, comprobó el número en su pequeña libreta de teléfonos y marcó siete números. Después de lo que pareció una espera interminable, pidió que le pusieran directamente con el director. Oyó otro clic y una secretaria se puso al aparato.

– Soy Keith Townsend, necesito hablar urgentemente con el director.

– Temo que se encuentra reunido en estos momentos, señor Townsend. Ha dado instrucciones de que no se le moleste durante una hora.

– Muy bien, en ese caso puede usted ocuparse de esto en mi nombre. Necesito efectuar una transferencia por importe de dos millones de dólares a una cuenta en el término de ocho minutos. En caso contrario, el acuerdo al que hemos llegado yo y el director esta mañana no se cumplirá.

Se produjo una pausa, antes de que la secretaria contestara.

– Le haré salir de la reunión, señor Townsend.

– Pensé que lo haría -dijo Townsend, que escuchaba el tic-tac de los segundos que pasaban en el reloj de pared, por detrás de él.

Tom se inclinó sobre la mesa y le susurró algo al señor Yablon, que asintió con un gesto, tomó su pluma y empezó a escribir. En el silencio que siguió, Townsend escuchó el rasgueo de la pluma del abogado sobre el papel.

– Aquí Andy Harman -dijo una voz al otro extremo de la línea.

El director escuchó con atención mientras Townsend le explicaba lo que necesitaba.

– Pero eso sólo me deja seis minutos de tiempo, señor Townsend. En cualquier caso, ¿dónde tiene que depositarse el dinero?

Townsend se volvió para mirar a su abogado. En ese momento, el señor Yablon terminó de escribir, arrancó la hoja de papel del bloc y se la entregó a Tom, que se la pasó a su cliente.

Townsend le leyó al director los detalles de la cuenta de depósito del señor Yablon.

– No le hago ninguna promesa, señor Townsend -le dijo-, pero le volveré a llamar en cuanto pueda. ¿En qué número puedo localizarle?

Townsend le indicó el número del teléfono que tenía ante él y colgó.

Regresó lentamente a la mesa y se dejó caer en la silla, con la sensación de haber gastado hasta su último centavo. Sólo confiaba en que la señora Sherwood no le cobrara la llamada.

Nadie de los reunidos alrededor de la mesa dijo nada mientras los segundos pasaban ruidosamente. La mirada de Townsend apenas si era capaz de apartarse del reloj de pared. A medida que transcurrió cada minuto, se acostumbró a reconocer el clic familiar que producía el minutero. Y a cada uno de ellos se sentía menos seguro de sí mismo. Lo que no le había dicho a Tom era que el día anterior había transferido exactamente veinte millones cien mil dólares desde su cuenta en Sydney al Manhattan Bank de Nueva York. Puesto que en aquellos momentos eran las dos de la madrugada menos unos minutos en Sydney, el director del banco no tenía la menor posibilidad de comprobar si disponía de otros dos millones de dólares.

Otro clic. Cada uno de ellos empezó a sonar como si fuera una bomba de relojería. Luego, el sonido desgarrador del teléfono inundó la estancia. Townsend se precipitó hacia la mesita para cogerlo.

– Es el portero, señor. Puede decirle a la señora Sherwood que acaba de llegar el señor Armstrong, acompañado por otro caballero y que en estos momentos suben en el ascensor.

Unas gotitas de sudor aparecieron en la frente de Townsend, al comprender que Armstrong había vuelto a derrotarle. Regresó despacio a la mesa en el momento en que la doncella recorría el pasillo para salir a recibir a la visita que la señora Sherwood esperaba para las once. El reloj de pared empezó a hacer sonar las campanadas: una, dos, tres… Y en ese momento el teléfono sonó de nuevo. Townsend volvió a contestar, consciente de que aquella era su última oportunidad.

Pero el que llamaba deseaba hablar con el señor Yablon. Townsend se volvió hacia la mesa y le entregó el teléfono al abogado de la señora Sherwood. Mientras Yablon atendía la llamada, Townsend empezó a mirar a su alrededor. ¿Habría alguna otra forma de salir del apartamento? No se podía esperar de él que se encontrara frente a frente con un jactancioso Armstrong.

El señor Yablon colgó el teléfono y se volvió hacia la señora Sherwood.

– Era una llamada de mi banco -le informó-. Me confirman que los dos millones de dólares se encuentran en mi cuenta de depósito. Y como ya le he dicho desde hace algún tiempo, Margaret, estoy convencido de que ese reloj suyo adelanta un minuto.

La señora Sherwood firmó inmediatamente los dos documentos que estaban sobre la mesa, delante de ella y a continuación reveló una información sobre el testamento de sir George Sherwood que pilló por sorpresa, tanto a Townsend como a Tom. Éste último recogió los documentos en el momento en que ella se levantó de la mesa.

– Síganme, caballeros -dijo la señora Sherwood.

Condujo rápidamente a Townsend y a sus abogados a través de la cocina y los hizo salir por la escalera de incendios.

– Adiós, señor Townsend -dijo antes de retirarse de la ventana.

– Adiós, señora Sherwood -saludó él con una ligera inclinación.

– Y a propósito… -añadió ella.

– ¿Sí?

– ¿Sabe una cosa? Debería casarse usted con esa joven, se llame como se llame.

– Lo siento -decía el señor Yablon en el momento en que la señora Sherwood regresaba al comedor-, pero mi cuenta ya ha vendido sus acciones del Globe al señor Keith Townsend, a quien, por lo que tengo entendido, ya conoce usted.

Armstrong no pudo creer lo que escuchaban sus oídos. Se volvió a su abogado, con una expresión de furia en su rostro.

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