La llamada final del día procedió de su jefe de contabilidad, poco antes de que se dispusiera a cenar con su esposa. Sir Walter no necesitaba que nadie le recordara que las ventas del Globe habían descendido cada semana durante el último año y que, en consecuencia, sería muy prudente por su parte aceptar una oferta de veinte millones de dólares por su tercio de la empresa, debido en buena medida a lo que el contable expresó con términos bastante crudos:
– Esos dos le tienen bien atrapado, y cuanto antes reciba usted el dinero, tanto mejor.
– Pero ¿con cuál de ellos debo acordar la venta? -preguntó patéticamente-. Cada uno me parece tan malo como el otro.
– Esa es una cuestión que no estoy cualificado para responder -contestó el contable-. Quizá deba decidirse por aquel que le disguste menos.
A la mañana siguiente, sir Walter llegó inusualmente pronto a su oficina, y su secretaria le presentó una gruesa carpeta con información sobre cada una de las partes interesadas. Le dijo que ambas habían sido entregadas a mano, con apenas una hora de diferencia. Empezó a estudiar el contenido de las carpetas y pronto comprendió que cada una había tenido que ser entregada por la otra parte. Trató de ganar tiempo, pero a medida que pasaron los días su contable, su abogado y hasta su esposa no dejaron de recordarle en ningún momento el continuado descenso de las cifras de venta, y la forma fácil que se le presentaba de salir de aquella situación.
Finalmente, aceptó lo inevitable y decidió que mientras pudiera mantenerse como presidente del consejo de administración durante otros cuatro años, los que faltaban para su septuagésimo cumpleaños, podría aprender a vivir con Armstrong o con Townsend. Tenía la sensación de que sería importante para sus amigos y para el Turf Club saber que él se mantenía como presidente.
A la mañana siguiente, le pidió a su secretaria que invitara a sus pretendientes rivales a almorzar con él en el Turf Club, en días sucesivos, con la promesa de que les haría saber su decisión en el término de una semana.
Pero después de haber almorzado por separado con los dos, seguía sin poder decidir a cuál de ellos detestaba más…, o menos. Admiraba el hecho de que Armstrong hubiera ganado la Cruz Militar luchando por su país de adopción, pero no soportaba la idea de que el futuro propietario del Globe no supiera manejar dignamente un cuchillo y un tenedor. En contra de esa alternativa, le agradaba la idea de que el propietario del Globe fuera un hombre de Oxford, pero sentía náuseas cada vez que recordaba los puntos de vista de Townsend sobre la monarquía. Los dos le aseguraron al menos que mantendría su puesto como presidente.
Pero, transcurrida la semana, no se hallaba más cerca que al principio de tomar una decisión.
Empezó a recabar consejo de todos los miembros del Turf Club a los que conocía bien, incluido el barman, pero eso tampoco le ayudó a decidirse. Acabó por tomar una decisión después de que su banquero le informara que la libra se estaba fortaleciendo frente al dólar, debido a los continuos problemas del presidente Johnson en Vietnam.
Sir Walter reflexionó acerca de lo extraño que resultaba el que una sola palabra pudiera poner en marcha toda una corriente de pensamientos no relacionados entre sí para transformarlos finalmente en una acción. Al colgar el teléfono, después de hablar con su banquero, sabía exactamente en quién podía confiar para tomar la decisión final. Pero también comprendió que tendría que mantenerlo en secreto hasta el último momento, incluso ante el director del Globe .
El viernes por la tarde, Armstrong voló a París con una joven llamada Julie, del departamento de publicidad, tras dejar instrucciones de que nadie se pusiera en contacto con él excepto en caso de emergencia. Y repitió varias veces la palabra «emergencia».
El día anterior, Townsend había volado de regreso a Nueva York, tras haber recibido una información según la cual un accionista importante del New York Star podría estar finalmente dispuesto a vender sus acciones en el periódico. Le dijo a Heather que no esperaba regresar a Inglaterra durante por lo menos dos semanas.
El secreto de sir Walter se filtró el viernes por la noche. La primera persona del equipo de Armstrong que se enteró de la noticia llamó inmediatamente a su despacho y consiguió el número de teléfono particular de su secretaria. Al explicarle a ésta lo que sir Walter tenía la intención de hacer, ella no tuvo ninguna duda de que se trataba de una emergencia y llamó inmediatamente al George V. en París. El director le informó que el señor Armstrong y su «acompañante» habían decidido cambiarse de hotel después de encontrarse en el bar con un grupo de ministros laboristas, que estaban en París para asistir a una conferencia de la OTAN. La secretaria pasó el resto de la noche llamando sistemáticamente a todos los hoteles de lujo de París, pero no pudo localizar a Armstrong hasta pocos minutos después de la medianoche.
El conserje de noche le dijo taxativamente que el señor Armstrong había ordenado que no se le molestara bajo ninguna circunstancia. Al recordar la edad de la joven que le acompañaba, el conserje tuvo la sensación de que no recibiría ninguna propina si desobedecía aquella orden. La secretaria permaneció despierta durante toda la noche y volvió a llamar a las siete de la mañana siguiente. Pero puesto que el director del hotel no llegaba hasta las nueve de la mañana del sábado, recibió la misma helada respuesta de la noche anterior.
La primera persona que informó a Townsend de lo que sucedía fue Chris Slater, el subdirector de crónicas del Globe quien decidió que, a cambio de la simple molestia de hacer una llamada internacional, bien podría asegurarse su futuro en el periódico. En realidad, tuvo que hacer varias llamadas internacionales para localizar al señor Townsend en el Racquets Club de Nueva York, al que encontró finalmente jugando a squash con Tom Spencer, por mil dólares la partida.
Townsend servía con una ventaja de cuatro puntos en el juego final cuando un botones del club llamó a la puerta acristalada y preguntó si el señor Townsend deseaba atender una llamada telefónica urgente.
– ¿De quién? -preguntó Townsend, con un esfuerzo para no perder su concentración. Como el nombre de Chris Slater no significaba nada para él, dijo-: Dígale que yo le llamaré más tarde. -Justo antes de disponerse a servir, añadió-: ¿Dijo de dónde llamaba?
– No, señor -contestó el botones-. Sólo dijo que era del Globe .
Townsend apretó la pelota mientras consideraba las alternativas. Le ganaba dos mil dólares a un hombre al que no había podido vencer desde hacía varios meses, y sabía que si abandonaba la pista en aquellos momentos, aunque sólo fuera por un momento, Tom reclamaría el partido para sí.
Se quedó mirando fijamente la pared de la pista durante otros diez segundos, hasta que Tom exclamó:
– ¡Sirva!
– ¿Es ése su consejo? -le preguntó.
– Lo es -contestó el abogado-. Continúe con el servicio o gano el partido. La elección es suya.
Townsend dejó caer la pelota, salió corriendo de la pista y siguió al botones. Llegó justo a tiempo antes de que su interlocutor colgara.
– Será mejor que se trate de algo importante, señor Slater -le dijo Townsend-, porque ya me ha costado dos mil dólares.
Escuchó con incredulidad mientras Slater le informaba que en la edición del día siguiente del Globe , sir Walter Sherwood invitaría a los lectores del periódico a votar acerca de quién creían que debía ser su siguiente propietario.
– Se publicarán perfiles equilibrados de una página entera sobre ambos candidatos -siguió explicándole Slater-, y se incluirá una papeleta recortable de votación al pie de la página.
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