Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– El cuatro de enero.

– Espere un momento -dijo Armstrong. Comprobó las entradas en el dietario nueve meses antes de esa fecha: Alexander Sherwood, en París-. Esa condenada mujer ha tenido que planificarlo todo desde hace tiempo -rugió-, al mismo tiempo que fingía que deseaba ser mi ayudante personal. De ese modo sabía que terminaría con dos finiquitos. ¿Qué me recomienda?

– Sus abogados sabrán la batalla que se plantea por la posesión del Citizen y, por lo tanto, saben que sólo necesitarían hacer una llamada al Globe… .

– No se atreverán -dijo Armstrong levantando la voz.

– Quizá no -contestó Stephen con calma-. Pero ella podría hacerlo. Por lo tanto, sólo puedo recomendarle que me permita zanjar la cuestión con las mejores condiciones que consiga.

– Si usted lo dice -admitió Armstrong, algo más tranquilo-. Pero asegúrese de decirles que si se filtra una sola palabra de esto, ese mismo día se suspenderán todos los pagos.

– Haré todo lo que pueda -dijo Stephen-. Pero me temo que ella ha aprendido algo de usted.

– ¿Y qué es? -preguntó Dick.

– Que no sale a cuenta contratar a un abogado barato. Le volveré a llamar por teléfono en cuando hayamos acordado las condiciones.

– Hágalo -asintió Armstrong antes de colgar el teléfono-. ¡Pamela! -gritó a través de la puerta-. Póngame con Don Sharpe. -Una vez que el director del London Evening Post estuvo al aparato, Armstrong le dijo-: Ha surgido algo. Voy a tener que retrasar nuestro almuerzo por el momento.

Colgó el teléfono antes de darle a Sharpe la oportunidad de responder. Armstrong ya había decidido hacía tiempo que este director en particular tenía que ser sustituido, y hasta se había puesto en contacto con la persona que deseaba para ocupar el puesto, pero la llamada telefónica del ministro supuso que esa decisión se retrasara durante unos pocos días más.

No se sentía preocupado por Sharon y por la posibilidad de que pudiera irse de la lengua. Tenía fichas comprometedoras de todos los directores de Fleet Street, y todavía más abultadas sobre los dueños de los periódicos, y casi un archivo dedicado especialmente a Keith Townsend. Su mente volvió a pensar en Ray Atkins.

Una vez que Pamela hubo terminado de repasar con él la correspondencia de la mañana, le pidió un ejemplar del Dod's Parliamentary Companion . Deseaba recordar los datos más destacados de la carrera de Atkins, los nombres de su esposa e hijos, los ministerios de los que había sido titular e incluso sus aficiones.

Todo el mundo aceptaba que Ray Atkins era uno de los políticos más brillantes de su generación, como quedó confirmado cuando Harold Wilson lo nombró ministro en la sombra después de sólo quince meses. Tras las elecciones generales de 1966, Atkins se convirtió en ministro de Estado en el departamento de Comercio e Industria. Y todos estaban de acuerdo que si los laboristas ganaban las próximas elecciones, un resultado que Armstrong no consideraba probable, Atkins sería invitado a formar parte del gabinete. Algunos hablaban de él incluso como futuro líder del partido.

Puesto que Atkins era miembro de una circunscripción parlamentaria del norte, cubierta por uno de los periódicos locales de Armstrong, los dos hombres habían llegado a conocerse bien con el transcurso de los años, y a menudo comían juntos en la sede del partido. Cuando Atkins fue nombrado ministro de Industria, con responsabilidades especiales sobre las absorciones de empresas, Armstrong intensificó sus esfuerzos por cultivar su amistad, con la esperanza de que pudiera inclinar la balanza en su favor cuando se tratara de decidir quién se haría cargo del Citizen .

Las ventas del Globe continuaron su descenso continuo después de que Townsend comprara las acciones de sir Walter Sherwood. Townsend había intentado despedir al director, pero dejó en suspenso sus planes tras la muerte, unos meses más tarde, de Hugh Tuncliffe, el propietario del Citizen , en cuanto su viuda anunció su intención de poner el periódico en venta. Townsend dedicó varios días a convencer a su consejo de administración de que debía hacer una oferta por el Citizen , que el Financial Times describió como «un precio demasiado alto», a pesar de que el Citizen era el periódico de mayor circulación de Gran Bretaña. Después de recibidas todas las ofertas, la suya resultó ser la más alta de todas con gran diferencia. Se produjo un alboroto inmediato entre la competencia, cuyos puntos de vista, mantenidos con firmeza, se expresaron en la primera página del Guardian . Día tras día, periodistas seleccionados anunciaron su desaprobación ante la perspectiva de que Townsend fuera el propietario de dos de los periódicos de mayor éxito del país. Con una rara demostración de solidaridad, The Times también expresó su opinión en nombre de los estamentos tradicionales, y condenó la idea de que los extranjeros dominaran las instituciones nacionales y ejercieran de ese modo una poderosa influencia sobre el estilo de vida británico. A la mañana siguiente el director recibió varias cartas en las que se le indicaba que el propietario del The Times era un canadiense. Ninguna de ellas fue publicada.

Cuando Armstrong anunció que igualaba la oferta de Townsend, y admitió mantener como presidente del consejo de administración a sir Paul Maitland, antiguo embajador en Washington, al gobierno no le quedó más remedio que recomendar que la cuestión se dejara en manos de la Comisión de Monopolios y Fusiones. Townsend se quedó lívido ante lo que describió como «nada más que un complot socialista», pero no logró mucha comprensión por parte de quienes habían seguido el continuo declive de los niveles periodísticos del Globe durante todo el año anterior. Armstrong, sin embargo, tampoco recibió apoyo de mucha gente. Durante el mes anterior volvió a aparecer en varios periódicos la pauta de tener que elegir entre el menor de dos males.

Pero Armstrong estaba convencido de que esta vez le llevaba la delantera a Townsend, y que el mayor premio de Fleet Street estaba a punto de caer en sus manos. Ya se sentía impaciente ante la visita inminente de Roy Atkins, y esperaba que le confirmara oficialmente la noticia.

Atkins llegó a Armstrong House poco antes de la una. El propietario mantenía una conversación en ruso cuando Pamela lo hizo entrar en su despacho. Armstrong colgó inmediatamente el teléfono, en plena conversación, y se levantó para dar la bienvenida a su invitado. Al estrecharle la mano a Atkins, no pudo dejar de observar que estaba un poco húmeda.

– ¿Qué desea beber? -le preguntó.

– Un escocés corto con mucha agua -contestó Atkins.

El propio Armstrong preparó la bebida para el ministro y luego lo condujo hasta la sala de al lado. Encendió una luz totalmente innecesaria y, con ello, una grabadora oculta. Atkins sonrió con alivio al ver que sobre la mesa de comedor sólo se habían preparado dos cubiertos. Armstrong le indicó que se sentara en una de las dos sillas.

– Gracias, Dick -dijo con cierto nerviosismo-. Es muy amable por su parte haberme recibido tan rápidamente.

– De nada, Ray -dijo Armstrong, que ocupó su asiento en la cabecera de la mesa-. Es un placer. Me siento encantado de ver a alguien que trabaja tan incansablemente por nuestra causa. Brindemos por su futuro -dijo, levantando su copa-. Un futuro que, según me dicen todos, es de color rosado.

Armstrong observó un ligero temblor en la mano del ministro, antes de que éste respondiera.

– Hace usted muchas cosas por nuestro partido, Dick.

– Es muy amable por su parte el decirlo así, Ray.

Durante los dos primeros platos, hablaron de las posibilidades que tenía el Partido Laborista de ganar las próximas elecciones, y ambos tuvieron que admitir que no eran muy optimistas.

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