Don Sharpe pareció un tanto sorprendido ante la insólita insensibilidad del propietario por aquel tema, pero también sabía que la decisión de la comisión sobre el Citizen tendría que tomarse en las pocas semanas siguientes.
– ¿Está usted de acuerdo o no? -preguntó Armstrong.
– En circunstancias normales lo estaría -contestó Sharpe-. Pero en este caso resulta que la mujer en cuestión ha perdido su puesto de trabajo en el consejo municipal, se ha visto abandonada por su familia, y sobrevive apenas en un piso de una sola habitación, en la circunscripción representada por el ministro, quien, por otra parte, es conducido de un lado a otro en un Jaguar y cuenta con una segunda residencia en el sur de Francia.
– Pero él le paga todos sus alimentos.
– No siempre lo hace a tiempo -dijo el director-. Y podría considerarse como de interés público saber que cuando fue subsecretario de Estado en el departamento de Servicios Sociales, fue responsable de promover la aprobación de la ley sobre progenitores solos, que defendió en la fase de comité de la Cámara.
– Eso no tiene importancia y usted lo sabe.
– Hay otro factor que podría interesar conocer a nuestros lectores.
– ¿De qué se trata?
– Ella es musulmana. Tras haber dado a luz a un niño fuera del matrimonio, no cuenta con ninguna esperanza de casarse. En estas cuestiones ellos son un poco más estrictos que la Iglesia de Inglaterra.
El director sacó una fotografía de la carpeta y la dejó sobre la mesa de Armstrong, que observó en ella a una madre asiática atractiva que sostenía a un niño pequeño en sus brazos. Habría sido difícil negar la semejanza del niño con su padre.
Armstrong miró a Sharpe.
– ¿Cómo sabía que iba a hablar de este tema con usted? -le preguntó.
– Imaginé que no había cancelado nuestro almuerzo sólo porque deseaba hablar con Ray Atkins sobre las posibilidades de ser reelegido esta temporada por la circunscripción de Bradford.
– No sea sarcástico conmigo -le espetó Armstrong-. Abandonará usted de inmediato esa investigación. Si observo en alguna ocasión la más mínima alusión a esta historia en uno de mis periódicos, no tendrá necesidad de acudir a trabajar al día siguiente.
– Pero… -protestó el director.
– Y mientras continúa con su trabajo habitual, puede dejar esa carpeta sobre mi mesa.
– ¿Que puedo qué?
Armstrong siguió mirándolo con expresión furibunda hasta que él dejó dócilmente la abultada carpeta sobre la mesa. Se dio media vuelta y salió del despacho sin añadir una sola palabra más.
Armstrong lanzó una maldición por lo bajo. Ahora, si despedía a Sharpe, lo primero que haría éste sería cruzar la calle y acudir con la historia al Globe . Acababa de tomar una decisión que probablemente le costaría mucho dinero de una u otra forma. Tomó el teléfono.
– Pamela, póngame con el señor Atkins, del Departamento de Comercio e Industria.
Atkins estuvo al habla momentos más tarde.
– ¿Es ésta una línea pública? -preguntó Armstrong, consciente de que los funcionarios escuchaban a menudo las conversaciones por si acaso los ministros acordaban compromisos que luego ellos tuvieran que cumplir.
– No, me ha llamado usted por mi línea privada -le aseguró Atkins.
– He hablado con el director en cuestión -le informó Armstrong-, y le puedo asegurar que el señor Cummins no volverá a molestarle. También le advertí que si veo alguna referencia a este incidente en cualquiera de mis periódicos, ya puede empezar a buscarse otro trabajo.
– Gracias -dijo el ministro.
– Y quizá le interese saber, Ray, que tengo sobre mi mesa la carpeta de Cummins relativa a esta cuestión, y que destruiré su contenido en cuanto terminemos esta conversación. Créame, nadie volverá a oír una sola palabra sobre este asunto.
– Es usted un buen amigo, Dick. Y probablemente ha salvado mi carrera.
– Una carrera que vale la pena salvar -dijo Armstrong-. No olvide nunca que yo estoy aquí si me necesita.
Acababa de colgar el teléfono cuando Pamela, su secretaria, asomó la cabeza por la puerta.
– Stephen volvió a llamar mientras hablaba usted con el ministro. ¿Me pongo de nuevo en contacto con él?
– Sí. Y cuando termine de hablar con él, hay algo que quiero que haga por mí.
Pamela asintió con un gesto de la cabeza y desapareció en su propio despacho. Un momento más tarde sonó de nuevo el teléfono y Armstrong lo descolgó.
– ¿Cuál es el problema ahora, Stephen?
– No hay ningún problema. He mantenido una larga discusión con los abogados de Sharon Levitt, y hemos alcanzado unas propuestas preliminares para llegar a un acuerdo…, sujeto, claro está, a la aprobación de ambas partes.
– Infórmeme -le pidió Armstrong.
– Parece ser que Sharon tiene un amigo que vive en Italia y…
Armstrong escuchó con atención mientras Stephen esbozaba las condiciones que había negociado en su nombre. Sonrió mucho antes de que el abogado hubiera terminado de informarle.
– Todo eso me parece muy satisfactorio -dijo finalmente.
– Lo es. ¿Cómo fue la reunión con el ministro?
– Bastante bien. Se enfrenta más o menos al mismo problema que yo, pero él tiene la desventaja de no contar con alguien como usted para sacarlo del atolladero.
– ¿Debo entender eso como un halago?
– No -contestó Armstrong.
En cuanto hubo colgado el teléfono, llamó a su secretaria.
– Pamela, una vez que haya mecanografiado la conversación que ha tenido lugar durante el almuerzo, quiero que incluya una copia en esta carpeta -dijo, señalando el montón de documentos que Don Sharpe había dejado sobre su mesa.
– ¿Qué hago después con la carpeta?
– Guárdela en la caja de seguridad. Si la vuelvo a necesitar, se lo haré saber.
Cuando el director del London Evening Post solicitó mantener una entrevista con Keith Townsend, recibió una respuesta inmediata. En Fleet Street todos sabían que el personal de Armstrong estaba invitado a ver a Townsend en cualquier momento si tenía alguna información interesante sobre su jefe. No eran muchos los que se habían aprovechado de esa oferta hasta el momento, porque todos sabían que, de ser descubiertos, ya podían recoger sus objetos personales de su despacho ese mismo día, y que jamás volverían a trabajar en ninguno de los periódicos de Armstrong.
Había pasado mucho tiempo desde que alguien tan importante como Don Sharpe se pusiera en contacto directo con Townsend. Sospechaba que el señor Sharpe ya sabía que tenía los días contados y había llegado a la conclusión de que no tenía nada que perder. Pero, como sucedió con otros antes que él, insistió en que el encuentro tuviera lugar en terreno neutral.
Townsend siempre alquilaba para esos propósitos la suite FitzAlan, en el hotel Howard, ya que sólo estaba a corta distancia de Fleet Street y no era un establecimiento frecuentado por periodistas avizor. Una sola llamada telefónica de Heather a la recepción y se tomaron todas las disposiciones necesarias con la máxima discreción.
Sharpe le contó a Townsend con todo detalle la conversación que había tenido lugar entre él y Armstrong después de que el propietario almorzara con Ray Atkins el día anterior. Luego, esperó a ver cuál era su reacción.
– Ray Atkins -dijo Townsend.
– Sí, el ministro de Industria.
– El hombre que tomará la decisión final acerca de quién se hace con el control del Citizen .
– Exactamente. Por eso pensé que desearía usted saberlo de inmediato -dijo Sharpe.
– ¿Y dice que Armstrong se guardó la carpeta?
– Sí, pero sólo tardaría unos pocos días en conseguir duplicados de todo. Si publicara usted la historia en la primera página del Globe , estoy seguro de que, teniendo en cuenta las circunstancias, la Comisión de Monopolios y Fusiones se vería obligada a eliminar a Armstrong de sus cálculos.
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