Armstrong le arrebató el teléfono. Cuando el mozo le dijo con quién acababa de tener Townsend una entrevista en la suite FitzAlan, supo inmediatamente cuál sería el artículo que el Globe publicaría en primera página a la mañana siguiente. Lo único que deseaba el joven por aquella información tan importante eran cincuenta libras.
Colgó el teléfono y ladró una serie de órdenes antes de que Pamela tuviera tiempo de llenar las copas de champaña.
– Y una vez que haya visto a Sharpe, póngame con McAlvoy.
En cuanto Don Sharpe regresó al edificio, se le dijo que el propietario deseaba verle. Subió directamente al despacho de Armstrong, donde sólo escuchó tres palabras: «Está usted despedido». Se volvió y encontró a dos guardias de seguridad junto a la puerta, esperando para acompañarle fuera del edificio.
– Póngame con McAlvoy.
Todo lo que dijo Armstrong en cuanto el director del Citizen se puso al teléfono fue:
– Alistar, sé lo que se va a publicar en la primera página del Globe de mañana, y soy la única persona que puede contrarrestarlo.
En cuanto hubo colgado el teléfono tras hablar con McAlvoy, Armstrong le pidió a Pamela que sacara la carpeta de Atkins de la caja de seguridad. Luego tomó un sorbo de champaña. Era de buena cosecha.
A la mañana siguiente, el titular del Globe decía: «El secreto del hijo musulmán del ministro: exclusiva». Seguían tres páginas de información, acompañadas con fotografías, que ilustraban una entrevista con el hermano de la señorita Patel, bajo el encabezamiento: «Don Sharpe, periodista investigador jefe».
Townsend estaba encantado, hasta que se le entregó un ejemplar del Citizen y leyó su titular de primera página.
EL HIJO ILEGÍTIMO DEL MINISTRO LO REVELA TODO AL CITIZEN
Seguían cinco páginas con fotografías y extractos de una entrevista grabada ofrecida en exclusiva al corresponsal especial del periódico, cuyo nombre no se citaba.
Aquella noche, el artículo principal del London Evening Post estaba dedicado al anuncio, hecho por el primer ministro en el 10 de Downing Street, de que había aceptado con mucho pesar la dimisión del señor Ray Atkins, miembro del Parlamento.
No son muchos los habitantes del Nuevo Globo
En cuanto Townsend pasó por los trámites aduaneros, encontró a Sam que le esperaba fuera de la terminal para conducirlo a Sydney. Durante el trayecto, que duró veinticinco minutos, Sam puso a su jefe al día de lo que ocurría en Australia. No le dejó la menor duda en cuanto a lo que debía sentir con respecto al primer ministro, Malcolm Fraser, anticuado y sin tacto, así como acerca del Teatro de la Ópera de Sydney, un despilfarro de dinero que ya se había quedado obsoleto. Pero sí le dio una información que no estaba anticuada.
– ¿Dónde se enteró de eso, Sam?
– Me lo dijo el chófer del presidente del consejo.
– ¿Y qué tuvo que decirle usted a cambio?
– Sólo que regresaba usted de Londres en una visita rápida -contestó Sam cuando ya se detenían frente a la sede central de Global Corp, en Pitt Street.
Las cabezas se volvieron al pasar Townsend por las puertas giratorias, cruzar el vestíbulo y entrar en el ascensor que le esperaba para llevarlo directamente al último piso. Pidió que viniera el director a verle antes de que Heather tuviera la oportunidad de darle la bienvenida.
Townsend recorrió su despacho de un lado a otro mientras esperaba, y sólo se detuvo alguna que otra vez para admirar el nuevo teatro de la ópera que, como Sam, habían sido rápidos en condenar todos sus periódicos, excepto el Continent . A sólo ochocientos metros de distancia se levantaba el puente que había sido hasta entonces la construcción característica de la ciudad. En el puerto, las embarcaciones de vela navegaban con sus mástiles relucientes bajo el sol. Aunque Sydney había duplicado su población, ahora le parecía terriblemente pequeña en comparación con la época en que se hizo cargo del Chronicle . Tenía la sensación de contemplar una ciudad provinciana.
– Qué alegría de tenerle de vuelta por aquí, Keith -dijo Bruce Kelly al entrar.
Townsend se giró en redondo para saludar al primer hombre que había nombrado como director de uno de sus periódicos.
– Y también es una alegría estar de vuelta, Bruce. Ha pasado mucho tiempo -le dijo al estrecharle la mano.
Se preguntó si habría envejecido tanto como el hombre calvo y con exceso de peso que ahora se encontraba de pie ante él.
– ¿Cómo está Kate?
– Detesta Londres, y parece pasar más tiempo en Nueva York, pero confío en que pueda reunirse conmigo a la semana que viene. ¿Qué ha estado ocurriendo aquí?
– Bueno, como habrá visto por nuestros informes semanales, las ventas han superado ligeramente las del año pasado, y los beneficios alcanzan unos niveles récord. Así que supongo que ha llegado el momento de jubilarme.
– Esa es exactamente la razón por la que he regresado a casa, para hablar con usted -dijo Townsend.
La sangre desapareció del rostro de Bruce.
– ¿Lo dice en serio, jefe?
– Nunca he hablado más en serio -afirmó Townsend frente a su amigo-. Le necesito en Londres.
– ¿Para qué? -preguntó Bruce-. El Globe no es la clase de periódico que yo esté preparado para dirigir. Es demasiado tradicional y británico.
– Precisamente por eso pierde ventas a cada semana que pasa. En primer lugar, sus lectores son tan viejos que prácticamente se me mueren. Si quiero adelantar a Armstrong, le necesito como próximo director del Globe . Hay que reconfigurar todo el periódico. Lo primero que hay que hacer es convertirlo en un tabloide.
Bruce miró a su jefe, con incredulidad.
– Pero los sindicatos no lo tolerarán jamás.
– También tengo planes para ellos -dijo Townsend.
El diario más vendido de Gran Bretaña
Armstrong observó con orgullo la banda que se extendía por debajo de la cabecera del Citizen . Pero aunque las ventas del periódico se habían mantenido estables, empezaba a tener la sensación de que Alistair McAlvoy, el director más antiguo de Fleet Street, quizá no fuera el hombre adecuado para llevar a cabo su estrategia a largo plazo.
Armstrong seguía extrañado ante la repentina partida de Townsend a Sydney. No podía creer que siguiera permitiendo el descenso continuo en la tirada del Globe sin plantear batalla. Pero mientras el Citizen superara en ventas al Globe en una proporción de dos a uno, Armstrong no vacilaba en recordarles cada mañana a sus leales lectores que él era el propietario del periódico de mayor venta en Gran Bretaña. Armstrong Communications acababa de declarar unos beneficios de diecisiete millones de libras durante el año anterior, y todo el mundo sabía que su director general miraba ahora hacia el oeste para su próxima gran adquisición.
Personas que imaginaban saber de qué hablaban le habían dicho seguramente mil veces que Townsend se había dedicado a comprar acciones del New York Star . Lo que no sabían era que él también había hecho lo mismo. Russell Critchley, su abogado en Nueva York, le había advertido que una vez que estuviera en posesión de más del cinco por ciento de las acciones, tendría que hacerlo público según las normas de la Comisión de Bolsa, y declarar si tenía la intención de aumentar su participación hasta apoderarse de la compañía.
Ahora tenía poco más del cuatro y medio por ciento de las acciones del Star , y sospechaba que Townsend se encontraba más o menos en la misma posición. Pero, por el momento, cada uno de los dos se contentaba con sentarse y esperar a que fuera el otro quien hiciera el primer movimiento. Armstrong sabía que Townsend controlaba más imprentas urbanas y estatales en Estados Unidos que él mismo, a pesar de su reciente adquisición del Milwaukee Group y de sus once periódicos. Ambos sabían igualmente que el New York Times nunca se pondría a la venta, y que el premio definitivo que podían encontrar en la Gran Manzana consistía en controlar el mercado de los tabloides.
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