Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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Mientras Townsend permanecía en Sydney, preparando sus planes para el lanzamiento del nuevo Globe sobre un público británico que no sospechaba lo que se avecinaba, Armstrong voló a Manhattan para preparar su asalto al New York Star .

– Pero Bruce Kelly no sabía nada de eso -dijo Townsend mientras Sam le conducía desde el aeropuerto Tullamarine a la ciudad de Melbourne.

– No esperaba yo que lo supiera -replicó Sam-. Él nunca ha tenido la oportunidad de hablar con el chófer del presidente del consejo.

– ¿Intenta decirme que un chófer puede saber algo de lo que no ha oído hablar nadie más en el mundo periodístico?

– No. El vicepresidente también lo sabe porque lo estaba discutiendo con el presidente en los asientos traseros del coche.

– ¿Y el chófer le ha dicho que el consejo se reúne a las diez de esta mañana?

– Así es, jefe. De hecho, en estos precisos momentos conduce al presidente del consejo a esa reunión.

– ¿Y que el precio acordado era de doce dólares por acción?

– Eso fue lo que el presidente y el vicepresidente acordaron en el coche -contestó Sam mientras conducía hacia el centro de la ciudad.

A Townsend no se le ocurrieron más preguntas que hacerle a Sam sin parecer como un completo estúpido.

– Supongo que no estaría usted dispuesto a apostar por ello, ¿verdad? -preguntó mientras el coche giraba hacia Flinders Street.

Sam pensó por un momento en la propuesta, antes de contestar.

– A mí me parece bien, jefe. -Hizo una pausa antes de añadir-. Cien dólares a que tengo razón.

– Oh, no -replicó Townsend-. Su salario de un mes, o damos media vuelta y regresamos de inmediato al aeropuerto.

En ese momento, Sam se pasó un semáforo en rojo y evitó por poco chocar contra un tranvía.

– De acuerdo -asintió-, pero sólo si Arthur recibe el mismo trato.

– ¿Y quién demonios es Arthur?

– El chófer del presidente del consejo.

– De acuerdo, usted y Arthur acaban de cerrar un trato -dijo Townsend cuando el coche se detuvo frente a las oficinas del Courier .

– ¿Cuánto tiempo quiere que le espere? -preguntó Sam.

– El tiempo que sea necesario para que pierda usted el salario de un mes -contestó Townsend, que bajó y cerró con fuerza la portezuela del coche.

Townsend observó el edificio en el que su padre iniciara su carrera como periodista en la década de los años veinte, y donde él mismo había cumplido con su primera misión como periodista en prácticas cuando todavía estaba en la escuela, y que su madre vendió más tarde a un rival sin decírselo siquiera. Desde el sendero de acceso distinguió el despacho donde había trabajado su padre. ¿Podía ser realmente cierto que el Courier estuviera a la venta sin que ninguno de sus asesores profesionales se hubiera enterado de nada? Esa misma mañana había comprobado el precio de la acción, antes de tomar el primer vuelo desde Sydney; el precio era de 8,40 dólares. ¿Podía arriesgarlo todo fiándose de la palabra de un chófer? Empezó a desear que Kate estuviera con él para darle su opinión. Gracias a ella, La amante del senador , de Margaret Sherwood, había logrado aparecer dos semanas consecutivas en los últimos puestos de la lista de libros más vendidos del New York Times , y el segundo millón de dólares le fue devuelto íntegro. Ante la sorpresa de ambos, el libro también obtuvo críticas razonables en periódicos que no le pertenecían a Townsend. A Keith le divirtió recibir una carta de la señora Sherwood en la que le preguntaba si estaría interesado en un contrato por tres libros.

Townsend cruzó las puertas dobles y pasó bajo el reloj situado sobre la entrada del vestíbulo. Permaneció un momento de pie ante un busto de bronce de su padre, y recordó cómo se había estirado de niño para tratar de tocarle el cabello. Eso no hizo sino ponerlo más nervioso.

Se volvió y cruzó el vestíbulo para unirse a un grupo de personas que entraron en el primer ascensor disponible. Todos guardaron silencio en cuanto se dieron cuenta de quién era. Apretó el botón y las puertas se cerraron. No había estado en aquel edificio desde hacía treinta años, pero aún recordaba dónde se hallaba situada la sala del consejo de administración, a unos pocos metros más allá de lo que había sido el despacho de su padre.

Las puertas se abrieron en los departamentos de circulación, publicidad y editorial, antes de que se quedara finalmente a solas en el ascensor. En el piso de los ejecutivos salió precavidamente al pasillo y miró en ambas direcciones. No vio a nadie. Giró a la derecha y se dirigió hacia la sala del consejo. Su paso se hizo más lento al pasar ante el antiguo despacho de su padre. Luego, se hizo más y más lento, hasta que llegó ante la puerta de la sala del consejo.

Estaba a punto de darse media vuelta, abandonar el edificio y decirle exactamente a Sam lo que pensaba de él y también de su amigo Arthur, cuando recordó la apuesta. Si no hubiera sido tan mal perdedor, quizá no habría llamado a la puerta y hubiera entrado sin esperar respuesta.

Dieciséis rostros se volvieron y le miraron fijamente. Esperó a que el presidente del consejo le preguntara qué demonios creía estar haciendo, pero nadie dijo nada. Era casi como si todos hubieran esperado su visita.

– Señor presidente -empezó a decir-. Estoy dispuesto a ofrecer doce dólares por cada acción del Courier . Puesto que mañana mismo salgo para Londres, o cerramos el trato ahora mismo, o no lo haremos.

Sam estaba sentado en el coche, a la espera de que regresara su jefe. Durante la tercera hora de espera, llamó por teléfono a Arthur y le aconsejó que invirtiera el salario del próximo mes en acciones del Melbourne Courier , y que lo hiciera antes de que el consejo de administración efectuara una declaración oficial.

A la mañana siguiente, cuando Townsend emprendió el vuelo hacia Londres, emitió un comunicado de prensa para informar que Bruce Kelly ocuparía el puesto de director del Globe y que el periódico iba a ser convertido en un tabloide. Sólo un puñado de expertos apreciaron la importancia de aquel nombramiento. Durante los días siguientes se publicaron perfiles de la carrera de Bruce en diversos periódicos nacionales. Todos ellos informaban que había sido director del Sydney Chronicle durante veinticinco años, estaba divorciado, tenía dos hijos mayores y, aunque se decía que Keith Townsend no tenía amigos íntimos, Bruce era lo más cercano. El Citizen se alegró cuando no se le concedió un permiso de trabajo, y sugirió que dirigir el Globe no podía considerarse como un trabajo. Aparte de eso, no se publicó mucha más información sobre el último inmigrante procedente de Australia. Bajo el titular «R. I. P», el Citizen informaba a sus lectores que Kelly no era más que un director de pompas fúnebres que había sido traído para enterrar algo que todo el mundo aceptaba ya como muerto desde hacía años. Pasaba a decir que por cada ejemplar vendido del Globe , el Citizen vendía ahora tres. La verdadera cifra era de 2,3 pero Townsend ya empezaba a acostumbrarse a las exageraciones de Armstrong cuando se trataba de estadísticas. Hizo enmarcar la cabecera y la colgó de la pared del nuevo despacho de Bruce, a la espera de su llegada.

En cuanto Bruce aterrizó en Londres, incluso antes de ocuparse de encontrar un sitio donde vivir, empezó a engatusar a los periodistas de los tabloides. A la mayoría de ellos no pareció preocuparles las advertencias del Citizen , según las cuales el Globe se encontraba en una espiral descendente sin retorno y no podría sobrevivir si Townsend no llegaba a un acuerdo con los sindicatos. El primer nombramiento de Bruce recayó en Kevin Rushcliffe quien, según se le había asegurado, había adquirido una excelente fama como subdirector del People .

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