– ¿Tiene alguien alguna idea de lo que se trata? -preguntó sir Paul, cuya mirada recorrió a los presentes.
– Sabemos que Townsend adquirió una empresa de camiones al hacerse cargo del Globe -dijo Armstrong-. Como le van las cosas tan mal con sus periódicos, quizá tenga que diversificar sus actividades en sectores más o menos afines.
Algunos miembros del consejo se echaron a reír, pero sir Paul no estuvo entre ellos.
– Eso no explicaría por qué Townsend ha montado un dispositivo de seguridad tan escrupuloso alrededor de esos almacenes -dijo-. Hay guardias de seguridad, perros, puertas eléctricas, alambradas en lo alto de los muros… Anda metido en algo.
Armstrong se encogió de hombros y lo miró con expresión de aburrimiento, de modo que sir Paul se vio obligado de mala gana a dar por concluida la reunión.
Tres días más tarde, Armstrong recibió una llamada del hotel Howard y el mozo que le mantenía informado le dijo que Townsend había pasado toda la tarde y buena parte de la noche encerrado en la suite FitzAlan con tres dirigentes de uno de los principales sindicatos de artes gráficas, que se negaban a hacer horas extras. Armstrong imaginó que estarían negociando mejoras salariales y de condiciones laborales, a cambio de que consiguieran que sus afiliados volvieran al trabajo.
El lunes siguiente se marchó a Estados Unidos, convencido de que Townsend estaría preocupado por los problemas que tenía en Londres, y que no podría encontrar un mejor momento para plantear su oferta de adquisición de acciones del New York Star .
Cuando Townsend convocó una reunión de todos los periodistas que trabajaban en el Globe , la mayoría de ellos imaginaron que el propietario había llegado finalmente a un acuerdo con los sindicatos, y que la reunión no sería más que un ejercicio de relaciones públicas para demostrar que lo había conseguido.
A las cuatro de aquella tarde, más de setecientos periodistas llenaban el piso de la redacción. Guardaron silencio en cuanto entraron Townsend y Bruce Kelly y abrieron filas para que el propietario se dirigiera al centro de la sala, donde se subió sobre una mesa. Observó al grupo de periodistas que estaban a punto de decidir su destino.
– Durante los últimos meses -empezó a decir con voz serena-, Bruce Kelly y yo hemos tratado de poner en marcha un plan que, estoy convencido de ello, cambiará nuestras vidas y posiblemente todo el panorama del periodismo en este país. Los periódicos no tienen esperanzas de sobrevivir en el futuro si continúan siendo dirigidos como lo han sido durante los últimos cien años. Alguien tiene que asumir una postura, y esa persona soy yo. Y éste es el momento para hacerlo. A partir de la medianoche del domingo, tengo la intención de transferir todas mis empresas de impresión y publicación a la isla de los Perros.
Entre los asistentes pudieron escucharse murmullos de sorpresa.
– Recientemente -siguió diciendo Townsend-, he alcanzado un acuerdo con Eric Harrison, secretario general del sindicato Alianza de Obreros Gráficos, que nos ofrecerá una oportunidad para desembarazarnos de una vez por todas del baluarte del taller agremiado.
Algunas personas empezaron a aplaudir. Otros parecían desconcertados y unos pocos abiertamente hostiles.
El propietario pasó a explicar a los periodistas la logística de una operación tan vasta.
– El problema de la distribución será solucionado por nuestra propia flota de camiones, lo que hará innecesario depender en el futuro de los sindicatos ferroviarios, que indudablemente emprenderán una huelga en apoyo de sus compañeros del sindicato de artes gráficas. Sólo confío en que todos ustedes me apoyen en esta aventura. ¿Hay alguna pregunta?
Se levantaron manos diseminadas por toda la sala. Townsend señaló a un hombre situado directamente delante de él.
– ¿Espera que los sindicatos monten piquetes en el nuevo edificio? Y, en tal caso, ¿qué medidas se propone tomar?
– La respuesta a la primera parte de su pregunta es afirmativa -contestó Townsend-. Por lo que se refiere a la segunda parte, la policía me ha aconsejado que no divulgue los detalles de lo que hemos planeado. Pero le puedo asegurar que cuento con el apoyo de la primera ministra y de su gobierno para poner en marcha toda esta operación.
En la sala se oyeron algunos gemidos. Townsend se volvió y señaló otra mano alzada.
– ¿Habrá alguna compensación para aquellos de nosotros que no estemos dispuestos a participar en este descabellado plan?
Se trataba de una cuestión que Townsend ya confiaba que sería planteada por alguien.
– Les aconsejo que lean sus contratos muy cuidadosamente -contestó-. En ellos encontrarán exactamente cuál es la compensación que recibirán en el caso de que tenga que cerrar el periódico.
Los murmullos aumentaron de tono a su alrededor.
– ¿Nos está amenazando, señor? -preguntó el mismo periodista.
Townsend se giró velozmente hacia él y contestó con ferocidad:
– No, no les amenazo. Pero si ustedes no me apoyan en esto, estarán amenazando la propia supervivencia de todos aquellos que trabajan para el Globe .
Numerosas manos se levantaron. Townsend señaló a una mujer situada al fondo.
– ¿Cuántos otros sindicatos han estado de acuerdo en apoyarle?
– Ninguno -contestó-. De hecho, espero que todos los demás inicien una huelga inmediatamente después de acabada esta reunión.
Señaló a otra persona y continuó contestando preguntas durante más de una hora. Cuando finalmente se bajó de la mesa, estaba claro que los periodistas se hallaban divididos acerca de si debían apoyar el plan o unirse a los otros sindicatos de artes gráficas y optar por una huelga general.
Más tarde, aquella misma noche, Bruce le dijo que el Sindicato Nacional de Periodistas había emitido un comunicado de prensa afirmando su intención de celebrar una asamblea de todos los empleados de Townsend a las diez de la mañana siguiente. En ella se decidiría qué respuesta debía darse a sus planteamientos. Una hora más tarde, Townsend emitió su propio comunicado de prensa.
Townsend pasó la noche en vela, preguntándose si acaso no se habría embarcado en un temerario juego que pusiera finalmente de rodillas a todo su imperio. La única buena noticia recibida en el último mes fue que su hijo más pequeño, Graham, que estaba en Nueva York con Kate, había pronunciado su primera palabra y ésta no era «periódico». Aunque había asistido al nacimiento del niño se le vio subir tres horas más tarde a un avión en el aeropuerto Kennedy. A veces se preguntaba si todo aquello merecía la pena.
A la mañana siguiente, tras haber sido conducido hasta sus oficinas, se sentó a solas en su despacho para esperar el resultado de la asamblea. Si decidían convocar una huelga, sabía que estaba derrotado. Después de su comunicado de prensa, en el que esbozaba sus planes, las acciones de la Global Corp. habían caído cuatro peniques de la noche a la mañana, mientras que las de Armstrong Communications, la evidente beneficiaria si se producían consecuencias, había aumentado el precio de sus acciones en dos peniques.
Pocos minutos después de la una, Bruce entró precipitadamente en su despacho, sin llamar.
– Le han apoyado -dijo. Townsend le miró y el color volvió a sus mejillas-. Pero ha sido por un margen muy escaso. Votaron 343 contra 301 a favor de apoyarle. Creo que su amenaza de cerrar el periódico si no lo hacían fue lo que finalmente inclinó la balanza en su favor.
Townsend llamó al Número Diez pocos minutos más tarde para informar a la primera ministra de que probablemente se produciría un enfrentamiento que quizá durara varias semanas. La señora Thatcher le prometió todo su apoyo. A medida que transcurrieron los días se puso rápidamente de manifiesto que él no había exagerado en nada: periodistas y obreros de artes gráficas por igual tuvieron que ser escoltados por la policía armada para entrar y salir del nuevo complejo; Townsend y Bruce Kelly recibieron protección policial permanente después de recibir amenazas anónimas de muerte.
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