Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– ¿Por qué no prepara trescientas palabras sobre el tema y dejamos que los abogados decidan si podemos publicarlo?

Algunos de los colaboradores más antiguos empezaron a removerse inquietos en sus asientos.

– ¿Y qué ocurrió con esa historia sobre el arquitecto? -preguntó McAlvoy, dirigiéndose aún al subdirector.

– Usted la rechazó -contestó Rushcliffe, un tanto sorprendido.

– Me pareció un poco apagada. ¿No podría ponerle algo más de picante?

– Si eso es lo que desea… -dijo Rushcliffe sin salir de su asombro. Puesto que McAlvoy nunca tomaba una copa hasta después de haber leído de cabo a rabo la primera edición, algunos de los presentes se preguntaron si se sentía bien.

– Muy bien, queda solucionado. Kevin tiene la primera página y Campbell la segunda. -Hizo una pausa-. Y como esta noche tengo que llevar a mi esposa a ver a Pavarotti, dejaré el periódico en manos de Kevin. ¿Se siente usted cómodo con esa decisión? -preguntó, mirando al subdirector.

– Desde luego -asintió Rushcliffe, que parecía encantado al verse finalmente tratado como un igual.

– En tal caso, eso también queda solucionado -dijo McAlvoy-. Volvamos todos al trabajo, ¿les parece?

Mientras los periodistas empezaban a abandonar el despacho del director, murmurando entre ellos, Rushcliffe se acercó a la mesa de McAlvoy y le dio las gracias.

– No hay de qué -dijo el director-. Sabe que ésta podría ser su gran oportunidad, Kevin. Estoy seguro de que sabe que he tenido una entrevista con el propietario a primeras horas de esta tarde. Me ha dicho que le gustaría ver al periódico desafiar al Globe en su propio terreno. Ésas fueron exactamente sus palabras. De modo que cuando lea el Citizen mañana, asegúrese de que observe la huella que usted deje en él. Como bien sabe, yo no ocuparé eternamente este puesto.

– Haré todo lo que pueda -le prometió Rushcliffe antes de salir del despacho.

Si se hubiera quedado un momento más, habría podido ayudar al director a recoger sus cosas personales.

A últimas horas de aquella tarde, McAlvoy abandonó lentamente el edificio, y se detuvo para hablar un momento con todos los miembros del personal con los que se encontró. Les dijo a todos ellos la ilusión con la que él y su esposa se disponían a ver a Pavarotti esa misma noche, y si alguno le preguntaba quién dirigiría el periódico esa noche le contestó que hasta el portero podría hacerlo. De hecho, habló largo rato con el portero antes de dirigirse hacia la estación de metro más cercana, consciente de que su coche de la empresa ya habría sido inmovilizado con un cepo.

Kevin Rushcliffe trató de concentrarse en la redacción del artículo para la primera página, pero se vio interrumpido constantemente por una corriente de personas que deseaban aportar su colaboración para la edición. Dio el visto bueno a varias páginas que no tuvo tiempo para comprobar con cuidado. Al entregar finalmente su propio artículo, en la imprenta ya se quejaban de que iban retrasados, y se sintió aliviado al comprobar que los primeros ejemplares salían de la imprenta pocos minutos antes de las once.

Un par de horas más tarde, Armstrong tomó el teléfono situado a la cabecera de su cama para contestar una llamada de Stephen Hallet, que le leyó la primera página.

– ¿Por qué demonios no ha impedido esa barbaridad? -preguntó.

– No la he visto hasta que la primera edición estaba ya en la calle -contestó Stephen-. Al empezar a salir la segunda edición se hablaba de una consejera de Lambeth que ha iniciado una huelga de hambre. Es una mujer negra y…

– Me importa un pimiento de qué color sea -gritó Armstrong-. ¿Qué demonios se ha imaginado McAlvoy que hacía?

– McAlvoy no ha dirigido el periódico esta noche.

– En el nombre del cielo, ¿quién lo ha dirigido entonces?

– Kevin Rushcliffe -contestó el abogado.

Armstrong no pudo dormir aquella noche. Tampoco fueron muchos los que durmieron en Fleet Street, dedicados frenéticamente a tratar de ponerse en contacto con el secretario de Asuntos Exteriores y/o la actriz/modelo. Cuando salieron de imprenta las últimas ediciones, la mayoría de ellos ya habían podido comprobar que el secretario jamás conoció a la Miss Sifón Soda 1983.

Se habló tanto del artículo durante toda la mañana siguiente que fueron pocos los que detectaron una pequeña nota incluida en la página siete del Citizen , bajo el titular: «Ladrillos, pero no mortero», en el que se afirmaba que uno de los más destacados arquitectos de Gran Bretaña no hacía más que diseñar viviendas protegidas que se desmoronaban. Una carta entregada a mano por el abogado de sir Angus, tan distinguido como su cliente, señalaba que el arquitecto jamás había diseñado una vivienda protegida en toda su vida. El abogado incluía una copia de la nota de disculpa que esperaba ver publicada en la primera página del periódico del día siguiente, y otra en la que informaba de la cantidad de la donación que debería ser enviada a la institución de caridad elegida por el arquitecto.

En las páginas culinarias del periódico, un destacado restaurante era acusado de envenenar cada día a sus clientes, y en la sección de viajes se citaba el nombre de una compañía turística que supuestamente había dejado a sus clientes empantanados en España, sin habitaciones de hotel. En la última página se afirmaba que el entrenador del equipo de fútbol de Inglaterra había dicho que…

A todos los que le llamaron aquella mañana a su casa, McAlvoy les dejó bien claro que había sido despedido por Armstrong el día anterior y que se le ordenó que recogiera inmediatamente sus objetos personales de su despacho. Había salido de Armstrong House exactamente a las 16,19 horas, y dejado al subdirector a cargo de todo.

– El responsable de todo es Rushcliffe -añadió, por si hiciera falta.

Todos los miembros del personal que fueron abordados confirmaron las palabras de McAlvoy.

Stephen Hallet tuvo que llamar a Armstrong en cinco ocasiones a lo largo del día, y en cada una de ellas le comunicó que acababa de recibir una demanda, y le recomendó, también en cada ocasión, que llegara a un acuerdo lo más rápidamente posible.

El Globe informó en la página dos de la triste partida de Alistair McAlvoy como director del Citizen , después de una década de fieles servicios. Lo describían a continuación como el decano de los directores de Fleet Street, al que todos los verdaderos profesionales echarían tristemente de menos.

Al alcanzar el Globe unas ventas de tres millones de ejemplares por primera vez en su historia, Townsend organizó una fiesta para celebrarlo. Esta vez sí que asistieron la mayoría de los políticos más destacados y personalidades de los medios de comunicación, a pesar de la fiesta rival organizada por Armstrong para celebrar el octogésimo aniversario del Citizen .

– Bueno, esta vez ha acertado al menos con la fecha -comentó Townsend.

– Y hablando de fechas -dijo Bruce-, ¿cuándo puedo abrigar la esperanza de regresar a Australia? Supongo que no se habrá dado cuenta, pero no he vuelto a casa desde hace cinco años.

– No regresará a casa hasta que no haya eliminado de la cabecera del Citizen las palabras «El diario más vendido de Gran Bretaña».

Bruce Kelly no pudo reservar una plaza en un vuelo a Sydney hasta quince meses más tarde, cuando la comisión de control de tirada anunció que las ventas diarias del Globe habían alcanzado durante el mes anterior una media de 3.612.000, mientras que las del Citizen eran de 3.610.000. El titular del Globe a la mañana siguiente fue: QUÍTESELOS, sobre una foto de Armstrong, con sus ciento cuarenta kilos de peso, llevando por todo atuendo unos calzones de boxeador.

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