Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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Al comprobar que la cabecera del Citizen seguía siendo la misma, el Globe informó a «los lectores más perspicaces del mundo» que el propietario del Citizen aún no había cumplido con el pago de cien mil libras derivado de su apuesta pérdida, con lo que «no es sólo un mal perdedor, sino un mal pagador de sus compromisos».

Al día siguiente, Armstrong plantó ante los tribunales una demanda por difamación contra Townsend. Incluso al The Times le pareció que eso merecía un comentario: «Sólo se beneficiarán los abogados», concluyó.

El caso llegó al Tribunal Supremo dieciocho meses más tarde y la vista duró más de tres semanas, apareciendo con regularidad en la primera página de todos los periódicos, excepto en el Independent . El señor Michael Beloff, consejero de la Reina, argumentó en nombre del Globe que las cifras de auditoría de tiradas daban la razón a su cliente. El señor Anthony Grabinar, también consejero real, señaló en nombre del Citizen que las cifras de la auditoría no incluían las ventas del Scottish Citizen que, combinadas con las del Daily mantenían la tirada cómodamente por encima de la del Globe .

El jurado se retiró a considerar su veredicto y después de cinco horas de deliberación dictaminó en favor de Armstrong por una mayoría de diez a dos. Al preguntar qué daños debían pagarse, el portavoz del jurado se levantó y declaró sin vacilación: «Doce peniques, señor juez», el precio de un ejemplar del Citizen .

El juez comunicó al consejo judicial que, teniendo en cuenta las circunstancias, cada parte debía pagar sus propios costes judiciales, que se calcularon conservadoramente en un millón de libras para cada parte. El consejo admitió la propuesta y empezó a dictaminar sus órdenes.

Al día siguiente, el Financial Times , en un largo artículo sobre los dos barones de la prensa, predijo que uno de los dos terminaría por provocar la caída del otro. No obstante, el periodista revelaba que el juicio había ayudado a aumentar las ventas de los dos periódicos que, en el caso del Globe , sobrepasaron por primera vez los cuatro millones de ejemplares.

Al día siguiente, el precio de las acciones de los dos grupos aumentaron en un penique.

Mientras Armstrong se dedicaba a leer lo que se publicaba sobre él mismo en los innumerables artículos de prensa dedicados al juicio, Townsend se concentraba en un artículo publicado en el New York Times , que Tom Spencer le había enviado por fax.

Aunque nunca había oído hablar de Lloyd Summers, o de la galería de arte cuyo contrato de alquiler estaba a punto de expirar, al llegar a la última línea del fax comprendió por qué Tom había escrito en letras mayúsculas en la parte superior: PARA SU ATENCIÓN INMEDIATA.

Tras haber leído el artículo por segunda vez, Townsend le pidió a Heather que se pusiera en contacto con Tom y que le reservara después plaza en el siguiente vuelo a Nueva York.

A Tom no le sorprendió que su cliente le llamara minutos después de haber recibido el fax. Al fin y al cabo, buscaba desde hacía más de una década una oportunidad para apoderarse de un paquete sustancial de acciones del New York Star .

Townsend escuchó atentamente a Tom, que le comunicó todo lo que había descubierto sobre el señor Lloyd Summers y por qué su galería de arte buscaba un nuevo lugar donde instalarse. Una vez agotadas todas las preguntas que tenía para plantearle, dio instrucciones a su abogado para que concertara una entrevista con Summers lo más rápidamente posible.

– Volaré a Nueva York mañana por la mañana -añadió.

– No hay necesidad de que venga usted todavía, Keith. Siempre puedo entrevistarme yo con Summers en su nombre.

– No -replicó Townsend-. Lo del Star es una cuestión personal. Deseo cerrar ese trato yo mismo.

– Keith, ¿se da cuenta de que si lo consigue tendrá que convertirse en ciudadano de Estados Unidos? -le dijo Tom.

– Como ya le he dicho muchas veces, Tom, eso no lo haré nunca.

Colgó el teléfono y tomó unas notas. Una vez que determinó cuánto estaba dispuesto a ofrecer, tomó el teléfono de nuevo y le preguntó a Heather a qué hora despegaba su vuelo. Si Armstrong no iba en el mismo avión podría cerrar un trato con Summers antes de que nadie se diera cuenta de que la terminación de un contrato de alquiler en el SoHo podía ser la clave para convertirse en el propietario del New York Star .

– Apuesto a que Townsend tomará el primer vuelo a Nueva York -dijo Armstrong una vez que Russell Critchley hubo terminado de leerle el artículo.

– En tal caso, será mejor que tome usted el mismo avión -aconsejó su abogado de Nueva York, sentado en el borde de su cama.

– De ningún modo -dijo Armstrong-. ¿Por qué alertar a ese bastardo sobre el hecho de que yo sé tanto como él? No, lo mejor que puedo hacer es ponerme en movimiento antes de que su avión aterrice. Acuerde una entrevista con Summers lo antes posible.

– Dudo mucho que la galería abra antes de las diez.

– En tal caso, procure estar esperándole delante a las diez menos cinco.

– ¿De qué margen de maniobra dispongo?

– Ofrézcale lo que pida -contestó Armstrong-. Incluso comprarle una nueva galería de arte. Pero, haga lo que haga, no permita que Townsend logre acercarse a él, porque si podemos convencer a Summers para que nos apoye, eso nos abrirá la puerta para llegar a su madre.

– Correcto -asintió Critchley poniéndose un calcetín-. Será mejor que me ponga en marcha.

– Sólo tiene que asegurarse de estar ante la galería antes de que abra -dijo Armstrong, y tras una pausa añadió-: Y si el abogado de Townsend llega antes, arróllelo.

Critchley podría haberse echado a reír, pero no estaba del todo seguro de que su cliente hubiera hablado en broma.

Tom esperaba frente a la salida de aduanas cuando su cliente salió por las puertas giratorias.

– Las noticias no son buenas, Keith -fueron sus primeras palabras en cuanto se hubieron estrechado la mano.

– ¿Qué quiere decir? -preguntó Townsend mientras los dos se dirigían hacia la salida-. Armstrong no ha podido llegar a Nueva York antes que yo, porque sé que aún estaba en su despacho del Citizen cuando despegué de Heathrow.

– Por todo lo que sé, podría continuar sentado en su despacho ahora mismo, pero Russell Critchley, su abogado en Nueva York, mantuvo una entrevista con Summers a primeras horas de esta mañana.

– ¿Firmaron un acuerdo?

– No tengo ni la menor idea -contestó Tom-. Lo único que puedo decirle es que al llegar a mi despacho, la secretaria de Summers me había dejado un mensaje en el contestador automático para comunicar que nuestra cita había sido cancelada.

– Maldita sea. En ese caso tenemos que pasar antes por la galería -dijo Townsend al salir a la acera-. No pueden haber firmado todavía un contrato. Maldita sea. ¡Maldita sea! -repitió-. Debería haber permitido que lo viera usted el primero.

– Está de acuerdo en prometerle el apoyo de sus acciones del Star , que representan el cinco por ciento, si aporta usted el dinero para una nueva galería -informó Critchley.

– ¿Y qué me va a costar eso? -preguntó Armstrong, que dejó el tenedor sobre el plato.

– Todavía no ha encontrado el edificio adecuado, pero cree que unos tres millones.

– ¿Cuánto?

– Naturalmente, usted tendría el alquiler del edificio…

– Claro.

– Y como la galería está registrada como una institución sin ánimo de lucro, hay algunas ventajas fiscales.

Se produjo un prolongado silencio al otro extremo de la línea, antes de que Armstrong volviera a hablar.

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