Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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Al salir a la acera fueron recibidos por un helado viento neoyorquino, y él casi tuvo que sostenerla.

El chófer del BMW del señor Townsend se sorprendió al verle llamar un taxi, y aún quedó más sorprendido al ver a la mujer que lo acompañaba. Francamente, no habría creído que aquella clase de mujer fuera el tipo preferido por el señor Townsend. Puso el coche en marcha y siguió al taxi de regreso al Carlyle. Los vio bajarse en Madison y desaparecer por las puertas giratorias de acceso al hotel.

Townsend condujo a Angela directamente al restaurante del primer piso, con la esperanza de que el maître no recordara su nombre.

– Buenas noches, señor -le saludó-. ¿Ha reservado mesa?

– No -contestó Townsend-, pero resido en el hotel.

El maître frunció el ceño.

– Lo siento, señor, pero no podré acomodarle hasta dentro de unos treinta minutos. Naturalmente, podría solicitar el servicio de habitaciones, si lo desea.

– No, esperaremos en el bar -dijo Townsend.

– Tengo realmente una cita a primeras horas de la mañana -dijo Angela-, y no me gustaría llegar tarde.

– ¿Quiere que salgamos a buscar un restaurante?

– Me parecería bien cenar en su habitación, aunque tendré que marcharme a las once.

– A mí me parece bien -dijo Townsend. Se volvió hacia el maître y le dijo-: Cenaremos en mi habitación.

El maître inclinó ligeramente la cabeza.

– Le enviaré inmediatamente a alguien. ¿Qué número de habitación tiene, señor?

– La 712 -contestó Townsend.

Condujo a Angela fuera del restaurante. Al alejarse por el pasillo, pasaron ante una sala en la que tocaba Bobby Schultz.

– Ese hombre sí que tiene verdadero talento -comentó Angela mientras se dirigían hacia el ascensor.

Townsend asintió con un gesto y sonrió. Se unieron a un grupo de clientes antes de que se cerraran las puertas y él apretó el botón del séptimo piso. Al salir, ella le dirigió una sonrisa nerviosa. Townsend hubiera querido decirle que no era su cuerpo lo que le interesaba.

Townsend introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta para permitirle pasar a Angela. Se sintió aliviado al observar la botella de champaña obsequio del hotel, que no se había molestado en abrir, y que seguía en el centro de la mesa. Ella se quitó el abrigo y lo dejó sobre la silla más cercana, mientras él descorchaba la botella y llenaba dos copas hasta el borde.

– No debo tomar mucho -dijo ella-. Ya bebí bastante en la galería.

Townsend levantó la copa en el momento en que se oyó una llamada ante la puerta. Apareció un camarero, que llevaba el menú, un bloc de pedidos y un bolígrafo.

– Lenguado de Dover y una ensalada verde para mí -dijo Angela, sin molestarse en estudiar el menú que se le ofrecía.

– ¿Limpio o entero, señora? -preguntó el camarero.

– Limpio, por favor.

– Que sean dos -dijo Townsend.

Luego se tomó su tiempo para elegir un par de botellas de vino francés, ignorando el chardonnay australiano, que era su favorito.

Una vez que estuvieron sentados, Angela empezó a hablar sobre los otros artistas que exponían en Nueva York, y su entusiasmo y conocimientos sobre el tema casi le hicieron olvidar a Townsend el verdadero propósito por el que la había invitado a cenar. Mientras esperaban a que llegara la cena, condujo lentamente la conversación hacia su trabajo en la galería. Se mostró de acuerdo con su opinión sobre la exposición a cuya inauguración habían asistido, y le preguntó por qué no había hecho ella algo al respecto, puesto que era la subdirectora.

– Eso no es más que un título pomposo que tiene poca o ninguna influencia -contestó con un suspiro mientras Townsend le llenaba la copa vacía.

– ¿Quiere decir que Summers toma todas las decisiones?

– Desde luego que sí. Yo no malgastaría el dinero de la fundación en la basura de esos pseudo intelectuales. En esta ciudad hay mucho talento si una se toma la molestia de salir a buscarlo.

– La exposición ha estado bien presentada -observó Townsend, tratando de empujarla un poco más.

– ¿Bien presentada? -preguntó ella con incredulidad-. Yo no hablo de la forma de colgar los cuadros, de la iluminación o de los marcos. Me refería a los cuadros. En cualquier caso, en esa galería sólo hay una cosa que debería estar colgada.

Alguien llamó a la puerta. Townsend se levantó de la silla, abrió y se hizo a un lado para dejar pasar al camarero, que empujaba un carrito cargado. Preparó la mesa para dos en el centro del salón y explicó que el pescado estaba caliente en el cajón de abajo. Townsend firmó el recibo y le dio una propina de diez dólares.

– ¿Quiere que regrese más tarde para retirarlo todo, señor? -preguntó el camarero con amabilidad.

Recibió un ligero pero firme gesto negativo de la cabeza.

Al sentarse Townsend frente a ella, Angela ya jugueteaba con la ensalada. Descorchó el vino y llenó las dos copas.

– De modo que tiene usted la impresión de que Summers gastó posiblemente mucho más de lo necesario en la exposición -la animó a seguir.

– ¿Más de lo estrictamente necesario? -preguntó Angela, que probó el vino blanco-. Cada año despilfarra más de un millón de dólares del dinero de la fundación, a cambio de lo cual sólo podemos celebrar unas pocas fiestas, cuyo único propósito consiste en halagar su ego.

– ¿Y cómo se las arregla para gastar un millón de dólares? -preguntó Townsend, que fingió concentrarse en su ensalada.

– Bueno, tome por ejemplo la exposición de esta noche. Eso le ha costado a la fundación un cuarto de millón de dólares, para empezar. Luego, está su cuenta de gastos, que sólo se ve superada por la de Ed Koch.

– ¿Cómo consigue salir adelante sin que nadie lo advierta? -preguntó Townsend, que le volvió a llenar la copa, esperando que ella no se diera cuenta de que apenas había tocado la suya.

– Porque nadie controla sus andanzas -contestó Angela-. La fundación está controlada por su madre, que es la que tiene la bolsa…, al menos hasta que se celebre la junta anual de accionistas.

– ¿La señora Summers? -preguntó Townsend, decidido a seguir haciéndola hablar.

– Ni más ni menos -asintió Angela.

– En ese caso, ¿por qué no hace ella algo al respecto?

– ¿Cómo podría hacerlo? La pobre mujer no ha podido abandonar la cama durante los dos últimos años, y la única persona que la visita, y podría añadir que diariamente, no es ni más ni menos que su querido hijo.

– Tengo la sensación de que eso podría cambiar en cuanto Armstrong esté al frente de la situación.

– ¿Por qué dice eso? ¿Le conoce?

– No -se apresuró a contestar Townsend, tratando de recuperarse de su error-. Pero todo lo que he leído sobre él sugiere que no le gustan mucho los parásitos.

– Sólo espero que tenga razón -dijo Angela, que se sirvió otra copa de vino-, porque eso me daría una oportunidad para demostrarle lo que yo podría hacer por la fundación.

– Quizá sea ésa la razón por la que Summers no perdió de vista a Armstrong durante toda la velada.

– Ni siquiera me lo presentó -dijo Angela-, como seguramente observó usted. Lloyd no abandonará su estilo de vida sin plantear batalla, de eso puede estar seguro. -Pinchó con el tenedor un trozo de calabacín-. Y si consigue que Armstrong firme el alquiler del nuevo edificio antes de que se celebre la junta anual, no tendrá ningún motivo para hacerlo. Este vino es realmente excepcional -comentó. Dejó sobre la mesa la copa vacía, y Townsend se apresuró a descorchar la segunda botella-. ¿Está tratando de emborracharme? -preguntó riendo.

– Ni siquiera se me había pasado por la cabeza -contestó Townsend. Se levantó de la silla, sacó los dos platos del cajón caliente y los depositó sobre la mesa-. Y dígame, ¿espera usted con ilusión el traslado?

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