Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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Armstrong anunció que ahora controlaba el 51 por ciento de la empresa y que, en consecuencia, era el nuevo propietario del New York Star . El Wall Street Journal aseguró que la junta anual del Star no sería más que una ceremonia de unción, pero en una nota final añadió que Keith Townsend no debía de sentirse demasiado deprimido por haber perdido el control del periódico a manos de su rival porque, gracias al enorme aumento del precio de la acción, obtendría unos beneficios superiores a los veinte millones de dólares.

La sección de arte del New York Times recordaba a sus lectores que la Fundación Summers inauguraría su exposición de vanguardia el jueves por la noche. Después de todas las afirmaciones de apoyo de los barones de la prensa en favor de Lloyd Summers y del trabajo de la fundación, sería interesante comprobar si alguno de ellos se molestaba en aparecer en el acto.

Tom Spencer le sugirió a Townsend que sería prudente aparecer aunque sólo fuera durante unos minutos, pues Armstrong estaría seguramente presente y nunca se sabía lo que podría suceder en una ocasión así.

Townsend lamentó su decisión de asistir a la inauguración de la exposición momentos después de su llegada. Recorrió la sala una sola vez, contempló la selección de cuadros elegidos por los administradores de la fundación y llegó a la conclusión de que eran, sin excepción, lo que Kate habría calificado como «basura pretenciosa». Decidió marcharse de allí lo más rápidamente posible. Había logrado acercarse a la salida, abriéndose paso entre los asistentes, cuando Summers tomó un micrófono y rogó silencio. A continuación, el director procedió a pronunciar «unas palabras». Townsend comprobó su reloj. Al levantar la mirada vio a Armstrong, que sostenía con firmeza un catálogo de la exposición, y estaba de pie junto a Summers, con una expresión resplandeciente.

Hubo un conato de aplausos, amortiguados por el tintineo de las copas de vino, y Armstrong sonrió de nuevo alegremente. Townsend imaginó que Summers ya había terminado de hablar y se volvió para marcharse, cuando el director añadió:

– Desgraciadamente, ésta será la última exposición que se celebre en este local. Como estoy seguro que saben todos ustedes, nuestro contrato de alquiler termina en diciembre. -Un suspiro colectivo se extendió sobre toda la sala, pero Summers levantó una mano y añadió-: Pero no temáis, amigos míos. Después de una larga búsqueda creo haber encontrado el lugar perfecto para la sede de la fundación. Espero que todos volvamos a encontrarnos allí para nuestra próxima exposición.

– Aunque sólo uno o dos de entre nosotros sabemos por qué se ha elegido ese lugar en particular -murmuró alguien sotto voce por detrás de donde estaba Townsend.

Se volvió y vio a una mujer esbelta, de unos treinta y cinco años, de cabello pelirrojo corto, que llevaba una blusa blanca y una falta estampada de flores. La pequeña etiqueta de su blusa anunciaba que era la señorita Angela Humphries, subdirectora.

– Y sería un inicio maravilloso -siguió diciendo Summers- que la primera exposición en nuestro nuevo edificio fuera inaugurada por el próximo presidente del Star , que tan generosamente ha ofrecido su continuado apoyo a la fundación.

Armstrong sonrió ampliamente y asintió con un gesto.

– No, si tiene algo de sentido común, no lo hará -dijo la mujer situada por detrás de Townsend.

Keith retrocedió un paso y se situó junto a la señorita Angela Humphries, que bebía una copa de cava español.

– Gracias, queridos amigos -dijo Summers-. Y ahora, les ruego que continúen disfrutando con la exposición.

Siguió otra ronda de aplausos, después de lo cual Armstrong se adelantó y estrechó cálidamente la mano del director. Summers empezó a circular entre los invitados, presentando a Armstrong a aquellos que consideraba importantes.

Townsend se volvió a mirar a Angela Humphries, que terminaba su copa de cava. Tomó rápidamente una botella de cava español de la mesa situada tras él y le volvió a llenar la copa.

– Gracias -dijo ella, mirándole por primera vez-. Como puede ver, soy Angela Humphries. ¿Quién es usted?

– No soy de la ciudad -contestó él tras una ligera vacilación-. Sólo estoy de visita en Nueva York por asuntos de negocios.

Angela tomó un nuevo sorbo de cava antes de preguntar:

– ¿Qué clase de negocios?

– Me dedico a los transportes, principalmente aviones y contenedores, aunque también soy propietario de un par de minas de carbón.

– La mayoría de estos cuadros estarían mejor en el fondo de una mina de carbón -comentó Angela, que señaló con un amplio gesto los cuadros.

– No podría estar más de acuerdo con usted -asintió Townsend.

– Entonces, ¿por qué ha venido?

– Me encontraba solo en Nueva York y leí en el Times la inauguración de la exposición -contestó.

– ¿Y qué clase de arte le gusta a usted? -preguntó ella.

Townsend evitó contestar «Boyd, Nolan y Williams», cuyos cuadros llenaban las paredes de su casa en Darling Point.

– Bonnard, Camoir y Vuillard -contestó, artistas que Kate coleccionaba desde hacía años.

– Esos sí que saben pintar -asintió Angela-. Si los admira, se me ocurren unas cuantas exposiciones a las que sí valdría la pena dedicar una velada.

– Eso está muy bien si se sabe dónde mirar, pero cuando se es un extraño en…

– ¿Está usted casado? -preguntó ella enarcando una ceja.

– No -contestó, confiando en que ella le creyera-. ¿Y usted?

– Divorciada -le dijo-. Estuve casada con un artista convencido de que su talento sólo era superado por el de Bellini.

– ¿Y hasta qué punto era realmente bueno? -preguntó Townsend.

– Fue rechazado para participar en esta exposición -contestó ella-, lo que quizá le dé ya una pista.

Townsend se echó a reír. La gente había empezado a desplazarse hacia la salida, y Armstrong y Summers sólo estaban ahora a pocos pasos de distancia. Al servir Townsend una nueva copa de cava a Angela, Armstrong se encontró de repente delante de él. Los dos hombres se miraron fijamente por un momento, antes de que Armstrong tomara a Summers por el brazo y lo alejara rápidamente hacia el centro de la sala.

– Como habrá observado, ni siquiera quiso presentarme al nuevo presidente -comentó Angela tristemente.

Townsend no se molestó en explicarle que, mucho más probablemente, era Armstrong el que no deseaba presentarle a él al director.

– Ha sido un placer conocerle, señor…

– ¿Tiene previsto ir a cenar a alguna parte?

Ella vaciló un momento.

– No. No tenía previsto nada, pero mañana tengo que empezar temprano.

– Yo también -dijo Townsend-. ¿Qué le parece si tomamos un bocado rápido?

– Muy bien. Espere un momento a que recoja mi abrigo y estaré con usted.

Al dirigirse hacia el guardarropía, Townsend miró a su alrededor. Armstrong, seguido de cerca por Summers, se hallaba rodeado ahora por una multitud de admiradores. Townsend no necesitaba estar cerca para saber que les estaría hablando de sus apasionantes planes para el futuro de la fundación.

Angela regresó un momento más tarde, llevando puesto un pesado abrigo de invierno que descendía hasta pocos centímetros del suelo.

– ¿Dónde le gustaría cenar? -preguntó Townsend al tiempo que se dirigían hacia la ancha escalera que ascendía desde la galería, situada en el sótano, hasta la calle.

– Todos los restaurantes cercanos de los alrededores estarán llenos a estas horas de la noche del jueves -dijo Angela-. ¿Dónde se aloja usted?

– En el Carlyle.

– Nunca he comido allí. Podría ser divertido -comentó en el momento en que él le abría la puerta que daba a la calle.

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