Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– ¿El traslado? -repitió ella sirviéndose un poco de salsa holandesa en un lado del plato.

– A las nuevas instalaciones -dijo Townsend-. Parece ser que Lloyd ha encontrado el lugar perfecto.

– ¿Perfecto? Debería serlo por tres millones de dólares. Pero ¿perfecto para quién? -preguntó, tomando el cuchillo y el tenedor.

– Por lo que explicó -dijo Townsend-, no tuvo usted muchas alternativas.

– No, más bien querrá decir que el consejo de administración no tuvo muchas alternativas porque él se encargó de explicar que no las había.

– Pero el alquiler del edificio actual expiraba, ¿no es así? -preguntó Townsend.

– Lo que no dijo en su discurso fue que el propietario habría estado encantado de renovárselo por otros diez años, sin aumentarle el alquiler -dijo Angela, que tomó de nuevo su copa de vino-. Realmente, no debería beber más, pero después de lo que bebí en la galería, esto es un verdadero placer.

– ¿Por qué no lo hizo entonces? -preguntó Townsend.

– ¿Hacer, qué?

– Renovar el alquiler.

– Porque encontró otro edificio que tiene además un ático para él -contestó, dejando de nuevo la copa sobre la mesa para concentrarse en el pescado.

– Tiene todo el derecho a vivir en el mismo lugar -observó Townsend-. Al fin y al cabo es el director.

– Cierto, pero eso no le da derecho a tener un alquiler aparte por el apartamento, de modo que cuando finalmente decida jubilarse no podrán quitárselo de encima sin pagarle una enorme compensación. Lo tiene todo bien calculado.

Angela ya empezaba a arrastrar las palabras.

– ¿Cómo sabe usted todo eso?

– Porque hubo un tiempo en que compartimos un amante -contestó ella con bastante tristeza.

Townsend se apresuró a llenarle la copa.

– ¿Dónde está ese nuevo edificio?

– ¿Por qué tiene tantas ganas de saber dónde está el nuevo edificio? -preguntó ella, que pareció recelosa por primera vez.

– Porque me gustaría volver a verla la próxima vez que venga a Nueva York -contestó él sin la menor vacilación.

Angela dejó el cuchillo y el tenedor sobre el plato, empujó la silla hacia atrás y preguntó:

– No tendrá usted algo de brandy, ¿verdad? Sólo uno corto, para calentarme un poco antes de afrontar la tormenta cuando regrese a casa.

– Desde luego que sí -contestó Townsend.

Se levantó, se dirigió a la nevera y sacó cuatro pequeñas botellas de brandy de marcas diferentes. Las abrió y vertió su contenido en una copa grande.

– ¿No quiere acompañarme? -preguntó ella cuando le entregó la copa.

– No, gracias. Todavía no me he terminado el vino -contestó, al tiempo que tomaba su primera copa, que apenas había tocado-. Y, lo que es más importante, yo no tengo que afrontar la tormenta. Dígame, ¿cómo se convirtió usted en subdirectora?

– Después de que otros cinco dimitieran en cuatro años, creo que fui la única persona que se presentó para ocupar ese cargo.

– Me sorprende que se moleste en tener a una subdirectora.

– Tiene que hacerlo así -dijo ella tomando un sorbo de brandy-. Lo especifican los estatutos.

– Pero debe de estar usted muy bien calificada para que se le ofreciera ese puesto de trabajo -comentó, cambiando rápidamente de tema.

– Estudié historia del arte en Yale, y obtuve mi doctorado en el Renacimiento de 1527 a 1590 en la Accademia de Venecia.

– Después de haber estudiado a Caravaggio, Luini y Miguel Ángel todos esos otros llamados artistas modernos tienen que haber representado un acusado descenso de nivel -comentó Townsend.

– Eso no me habría importado demasiado, pero soy subdirectora desde hace dos años y nunca se me ha permitido montar una sola exposición. Si él me diera al menos la oportunidad, organizaría una exposición de la que la fundación pudiera sentirse orgullosa, y por una décima parte del coste de la actual.

Angela tomó otro sorbo de brandy.

– Si eso es lo que piensa, me sorprende que haya resistido tanto -dijo Townsend.

– No será así por mucho tiempo más -aseguró ella-. Si no logro convencer a Armstrong para que cambie la política de la galería, terminaré por dimitir. Pero como Lloyd parece llevarlo por donde quiere, dudo mucho que se presente siquiera para la próxima exposición. -Hizo una pausa y tomó otro sorbo de brandy-. Ni siquiera se lo he dicho a mi madre -admitió-, pero a veces resulta más fácil hablar con extraños. Usted no trabaja en el mundo del arte, ¿verdad?

– No, como ya le dije antes, mis actividades son el transporte y las minas de carbón.

– ¿A qué se dedica realmente? ¿A conducir o a excavar? -Lo miró fijamente, se terminó el contenido de la copa y lo intentó de nuevo-. Lo que quiero decir es…

– ¿Sí? -preguntó Townsend.

– Pues, para empezar…, ¿qué transporte y adónde?

Tomó la copa, se detuvo un momento y luego, lentamente, se deslizó de la silla para caer sobre la alfombra, al tiempo que murmuraba algo sobre combustibles fósiles en la Roma del Renacimiento. Poco después estaba acurrucada sobre el suelo y ronroneaba como un gatito. Townsend la alzó con suavidad y la llevó al dormitorio. La depositó sobre la cama y cubrió su ligero cuerpo con una manta. No tuvo más remedio que admirarla por haber resistido tanto tiempo; dudaba mucho que pesara más de cincuenta kilos.

Regresó al salón y cerró la puerta del dormitorio tras él, sin hacer ruido. Luego, se puso a buscar los estatutos del New York Star . Una vez que encontró el pequeño volumen rojo guardado en el fondo de su maleta, se sentó en el sofá y empezó a leer lenta y meticulosamente los estatutos de la compañía. Había llegado a la página cuarenta y siete cuando se quedó dormido.

Armstrong no encontró una buena excusa para rechazar la invitación de Summers a cenar juntos después de la exposición. Le alivió ver que su abogado todavía no se había marchado a casa.

– Nos acompañará usted, ¿verdad, Russell? -le preguntó al abogado con voz estentórea, haciéndolo parecer más una orden que una invitación.

Armstrong ya le había expresado a Russell en privado lo que pensaba de la exposición, algo que apenas había logrado ocultarle a Summers. Había tratado de evitar una reunión desde el momento mismo en que Summers anunció que había descubierto el lugar perfecto para trasladar la fundación. Pero Russell le advirtió que Summers empezaba a sentirse impaciente, y que había empezado incluso a lanzar veladas amenazas.

– No olvide que me queda todavía una alternativa.

Armstrong tuvo que admitir que el restaurante elegido por Summers era bastante excepcional, pero durante el pasado mes se había tenido que acostumbrar a los gustos extravagantes de aquel hombre. Una vez retirado el plato principal, Summers reiteró lo importante que era que se firmara el contrato para el nuevo edificio lo antes posible, puesto que si no se hacía así, la fundación no tendría sede.

– Desde el primer día que nos vimos, Dick, dejé bien claro que mi condición para cederle las acciones del consorcio fiduciario era que, a cambio, comprara usted una nueva galería para la fundación.

– Y sigue siendo mi intención hacerlo así -le aseguró Armstrong con firmeza.

– Y que lo hiciera antes de la junta anual de accionistas. -Los dos hombres se miraron fijamente-. Le sugiero que redacte inmediatamente el contrato de arrendamiento, y que esté listo para la firma el lunes. -Summers tomó una copa de brandy y vació su contenido-. Porque conozco a alguien que se sentiría muy feliz de firmarlo si usted no lo hiciera.

– No, no, lo prepararé inmediatamente -dijo Armstrong.

– Bien. En ese caso mañana mismo le mostraré el lugar.

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