Al llegar de nuevo a la planta baja, Armstrong ya estaba impaciente por escaparse.
– Ahora comprenderá, presidente, por qué considero que éste es el lugar ideal para que la fundación continúe con su trabajo hasta el siglo que viene -comentó Summers al salir de nuevo a la acera.
– No podría estar más de acuerdo con usted -asintió Armstrong-. Es absolutamente ideal. -Sonrió aliviado al ver quién le esperaba sentado en el asiento de atrás de la limusina-. Me ocuparé de todo el papeleo necesario en cuanto regrese a mi oficina.
– Yo estaré en la galería durante el resto del día -dijo Summers.
– En ese caso, esta misma tarde le enviaré los documentos para la firma.
– A cualquier hora que desee… durante el día de hoy -dijo Summers, que le ofreció la mano.
Armstrong estrechó la mano del director y, sin molestarse en despedirse de Angela, subió al coche, donde encontró a Russell con un bloc amarillo sobre el regazo y el bolígrafo preparado.
– ¿Ha encontrado ya todas las respuestas? -le preguntó, antes de que el chófer pudiera poner el coche en marcha.
Se volvió para saludar a Summers antes de que el coche se apartara del bordillo.
– Sí, las tengo -contestó Russell, que miró su libreta-. Primero, la fundación está presidida actualmente por la señora Summers, que nombró director a su hijo hace seis años. -Armstrong hizo un gesto de asentimiento-. Segundo, el año pasado gastaron algo más de un millón de dólares de los beneficios del Star .
Armstrong se sujetó con firmeza al brazo del asiento.
– ¿Cómo demonios lograron hacerlo?
– Bueno, para empezar, Summers recibe un salario de ciento cincuenta mil dólares anuales. Pero lo más interesante -añadió Russell tras consultar sus notas-, es que ha conseguido incluir doscientos cuarenta mil dólares anuales en su cuenta de gastos… durante los dos últimos años.
Armstrong pudo sentir cómo se le aceleraba el pulso.
– ¿Cómo lo consigue? -preguntó en el momento en que se cruzaban con un BMW blanco que, por un instante, juraría haber visto antes en alguna parte.
Se volvió a mirarlo fijamente.
– Sospecho que su madre no hace demasiadas preguntas.
– ¿Qué?
– Sospecho que su madre no hace demasiadas preguntas -repitió Russell.
– Pero ¿y el consejo de administración? Seguramente, sus miembros tienen el deber de ser más vigilantes. Por no hablar de los accionistas.
– Alguien planteó el tema durante la junta anual de accionistas del año pasado -dijo Russell tras consultar sus notas-. Pero el presidente les aseguró, y cito textualmente, que «los lectores del Star aprueban que el periódico participe en el avance de la cultura en nuestra gran ciudad».
– ¿El avance de qué? -preguntó Armstrong.
– De la cultura -contestó Russell.
– ¿Y qué me dice del edificio? -preguntó Armstrong señalando a la ventanilla trasera.
– Ninguna dirección futura tiene la obligación de comprar otro edificio una vez que haya expirado el alquiler del antiguo, en diciembre. -Armstrong sonrió por primera vez durante aquella mañana-. Debo advertirle, sin embargo -añadió Russell- que, en mi opinión, Summers deberá estar convencido de que ha comprado usted el edificio antes de que tenga lugar la junta anual de accionistas, el lunes. Si no fuera así, y como director del consorcio fideicomisario, todavía podría cambiar en el último momento el sentido del voto de su cinco por ciento de acciones.
– En ese caso, envíele dos copias de un contrato de arrendamiento, preparado para su firma. Eso lo mantendrá tranquilo hasta el lunes por la mañana.
Russell no pareció quedar muy convencido.
Cuando el BMW regresó al Carlyle, Townsend ya esperaba en la acera. Se instaló en el asiento de atrás y le preguntó al chófer:
– ¿Dónde dejó usted a la mujer?
– En Lower Broadway, en el SoHo -contestó el chófer.
– En ese caso, lléveme allí -ordenó Townsend.
Al unirse el chófer al tráfico que circulaba por la Quinta Avenida, no dejó de sentirse extrañado por lo que el señor Townsend podía ver en aquella mujer. Tenía que haber un aspecto que él no había considerado. Quizá fuera una rica heredera.
Al entrar el BMW en Lower Broadway, Townsend no dejó de observar la alargada limusina aparcada frente al edificio que mostraba un cartel que decía «En venta» en una de las ventanas delanteras.
– Aparque a este lado de la calle, a unos cincuenta metros por delante del edificio donde dejó a la mujer esta mañana -le dijo al chófer.
Una vez puesto el freno de mano, Townsend miró por encima del hombro.
– ¿Puede distinguir los números de teléfono de esos carteles?
– Hay dos carteles, señor -contestó el chófer-. Con dos números de teléfono diferentes.
– Necesito los dos -dijo Townsend.
El chófer leyó los números y Townsend los anotó en un billete de cinco dólares. Luego tomó el teléfono del coche y marcó el primer número.
– Buenos días, aquí Wood, Knight & Levy, ¿en qué podemos servirle? -preguntó una voz.
Townsend dijo estar interesado por conocer los detalles del edificio en venta del número 147 de Lower Broadway.
– Le pondré con nuestras oficinas, señor -le dijeron.
Siguió un clic y un momento después otra voz preguntó:
– ¿En qué puedo servirle?
Townsend repitió la pregunta y lo pasaron con una tercera persona.
– ¿El número 147 de Broadway? Ah, sí, me temo que ya tenemos un posible comprador para esa propiedad, señor. Hemos recibido instrucciones de preparar un contrato de compra-venta, con la perspectiva de cerrar la operación el lunes. No obstante, tenemos otras propiedades en el mismo vecindario.
Townsend interrumpió la comunicación sin decir nada más. Sólo en Nueva York podía asombrarse alguien ante tan mala educación. Marcó en seguida el segundo número. Mientras esperaba a que le pusieran con la persona correcta, se distrajo un momento al observar un taxi que se detenía frente al edificio. Del taxi bajó un hombre alto, de edad mediana, elegantemente vestido, que se acercó a la limusina, habló un momento con el chófer y subió luego al asiento de atrás. Una voz sonó por la línea telefónica.
– Tendrá que actuar con rapidez si está interesado en comprar el edificio del 147 -le dijo una voz-, porque sé que la otra empresa que se ocupa de la transacción ya ha encontrado a un cliente interesado y están a punto de cerrar un trato, y esto que le digo no es ninguna fanfarronada. De hecho, ahora mismo están visitando el edificio, de modo que no podría llevarlo a hacer lo mismo hasta por lo menos las diez.
– A las diez me parecería bien -dijo Townsend-. Me reuniré con usted frente al edificio.
Y tras decir esto cortó la comunicación.
Townsend sólo tuvo que esperar unos pocos minutos más para que Armstrong, Summers y Angela salieran a la acera. Después de un breve intercambio de palabras y un apretón de manos, Armstrong subió a la limusina negra. No pareció sorprendido de encontrar allí a alguien que le esperaba. Al alejarse el coche, Summers le dirigió un saludo efusivo hasta que Armstrong se perdió de vista. Angela se mantuvo un par de pasos por detrás de él, con expresión de estar harta. Townsend se agachó al pasar la limusina, y al mirar de nuevo vio a Summers que detenía un taxi. Él y Angela subieron y Townsend los vio desaparecer en la dirección opuesta a la que había seguido la limusina.
En cuanto el taxi hubo doblado la esquina, Townsend bajó del coche y se acercó para estudiar el edificio desde el exterior. Un momento después continuó caminando y descubrió que algo más abajo, en la misma manzana, había otra propiedad similar en venta. También se anotó el número de teléfono indicado en el cartel en el billete de cinco dólares. Luego regresó al coche.
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