Una llamada telefónica más le permitió descubrir que el precio del edificio del número 171 era de dos millones y medio de dólares. Summers no sólo estaba tratando de conseguir un apartamento para él, sino que también daba la impresión de lograr un buen beneficio marginal sin que nadie lo supiera.
El chófer tabaleó sobre la ventanilla de separación interna y señaló hacia el número 147. Townsend levantó la mirada y vio a un hombre joven que subía los escalones. Colgó el teléfono, bajó del coche y se le acercó.
Después de haber recorrido detenidamente los cinco pisos del edificio, Townsend tuvo que estar de acuerdo con Angela en que era perfecto por tres millones de dólares… pero sólo para una persona. Al salir de nuevo a la acera, le preguntó al agente:
– ¿Cuál es el depósito mínimo que pediría por este edificio?
– El diez por ciento, no recuperable -contestó.
– Con los habituales treinta días para formalizar la operación, supongo.
– En efecto, señor -asintió el agente.
– Bien. En ese caso, extienda inmediatamente un contrato -dijo Townsend, que le entregó su tarjeta al joven-. Y envíemelo al Carlyle.
– Sí, señor -repitió el agente-. Me aseguraré de que lo reciba esta misma tarde.
Townsend extrajo finalmente un billete de cien dólares de la cartera y lo sostuvo ante el joven, para que éste pudiera ver la efigie del presidente grabada en él.
– Y quiero que el otro agente que trata de vender la propiedad sepa que haré un depósito por la compra de este edificio a primeras horas del lunes por la mañana.
El joven se embolsó el billete de cien dólares y asintió.
En cuanto Townsend llegó a su habitación del Carlyle, llamó inmediatamente a Tom a su despacho.
– ¿Qué planes tiene para el fin de semana? -le preguntó a su abogado.
– Una partida de golf y un poco de jardinería -contestó Tom-. Y también esperaba ver jugar a mi hijo menor en la escuela superior. Pero por su forma de plantear la pregunta, Keith, tengo la sensación de que ni siquiera tendré que tomar el tren de regreso a Greenwich.
– Tiene razón. Tenemos mucho trabajo que hacer antes del lunes por la mañana si es que quiero ser el próximo propietario del New York Star .
– ¿Por dónde tengo que empezar?
– Por un contrato de compra-venta que hay que revisar antes de que lo firme. Luego, quiero que cierre usted un acuerdo con la única persona que puede hacer posible todo esto.
Cuando Townsend colgó finalmente el teléfono, se reclinó en el sillón y observó fijamente el pequeño libro rojo que le había mantenido despierto la noche anterior. Pocos minutos después lo había tomado y abierto por la página cuarenta y siete.
Por primera vez en su vida se sintió agradecido por haber recibido una educación en Oxford.
Guerra de las galaxias
Armstrong firmó el contrato de alquiler y luego le pasó la pluma a Russell, que firmó como testigo.
Lloyd Summers no había dejado de sonreír desde que llegó aquella mañana a la Torre Trump, y casi saltó de la silla cuando Russell añadió su firma al contrato de alquiler por el edificio del número 147 de Lower Broadway. Extendió la mano y le dijo a Armstrong:
– Gracias, presidente. Espero con ansia poder trabajar con usted.
– Y yo con usted -dijo Armstrong, que le estrechó la mano.
Summers se inclinó ante Armstrong y luego hizo una inclinación algo menor ante Russell. Tomó el contrato y el depósito de trescientos mil dólares y se volvió para salir de la habitación. Al llegar a la puerta, se volvió a mirarlo y le dijo:
– Nunca lo lamentará.
– Me temo que pueda llegar a lamentarlo, Dick -comentó Russell en cuanto se hubo cerrado la puerta-. ¿Qué le hizo cambiar de opinión?
– No me quedó más alternativa en cuanto descubrí lo que Townsend se proponía.
– De modo que acaba de tirar a la basura esos tres millones de dólares -dijo el abogado.
– Trescientos mil -le corrigió Armstrong.
– No comprendo.
– He pagado el depósito, pero no tengo ninguna intención de comprar ese condenado edificio.
– Pero entonces le demandará si no cumple lo pactado en el término de treinta días.
– Lo dudo mucho -dijo Armstrong.
– ¿Qué le hace estar tan seguro?
– Porque dentro de un par de semanas llamará usted a su abogado y le dirá lo horrorizado que me sentí al descubrir que su cliente había firmado un contrato de alquiler por separado para un ático situado por encima de la galería, y que él me describió como una simple buhardilla.
– Eso será casi imposible de demostrar.
Armstrong extrajo un pequeño casette del bolsillo interior y se lo entregó a Russell.
– Puede que sea mucho más fácil de lo que cree.
– Pero esto será inadmisible como prueba -observó Russell, que tomó la cinta.
– En ese caso, tendrá que preguntarle qué habría ocurrido con los seiscientos mil dólares que los agentes le iban a pagar a Summers por encima del precio de venta original.
– Se limitará a negarlo, sobre todo porque usted no habrá cumplido con su parte del contrato.
Armstrong guardó un momento de silencio.
– Bueno, siempre queda un último recurso.
Abrió un cajón de su mesa y retiró una prueba de la primera página del Star , cuyo titular decía: «Lloyd Summers acusado de fraude».
– Le interpondrá otra demanda.
– No después de leer las páginas del interior.
– Pero eso ya será una historia muy antigua cuando llegue el momento de celebrarse el juicio.
– No, no lo será mientras yo sea el propietario del Star .
– ¿Cuánto tiempo tardará? -preguntó Townsend.
– Yo diría que unos veinte minutos -contestó Tom.
– ¿Y a cuántas personas ha logrado reunir?
– Algo más de doscientas.
– ¿Será eso suficiente?
– Fue todo lo que conseguí con tan poco tiempo, de modo que esperemos que sí.
– ¿Saben exactamente lo que se espera de ellos?
– Desde luego. Anoche les hice efectuar varios ensayos. Pero quisiera que se dirigiera usted a ellos antes de que empiece la junta.
– ¿Y qué me dice de la actriz principal? ¿Ha ensayado bien su papel? -preguntó Townsend.
– No necesitó hacerlo porque ya lo había estudiado desde hacía algún tiempo.
– ¿Estuvo de acuerdo con mis condiciones?
– Ni siquiera regateó.
– ¿Y lo del contrato? ¿Alguna sorpresa por ese lado?
– Ninguna. Todo salió tal como ella dijo.
Townsend se levantó, se acercó a la ventana y miró hacia Central Park.
– ¿Será usted el que proponga la moción?
– No. Le he pedido a Andrew Fraser que se encargue de eso. Yo voy a estar con usted.
– ¿Por qué eligió a Fraser?
– Es el socio más antiguo y eso le permitirá al presidente darse cuenta de lo serio de nuestra actitud.
Townsend se giró en redondo para mirar a su abogado.
– Entonces ¿qué puede salir mal?
Al salir Armstrong de las oficinas de Keating, Gould & Critchley, acompañado por el socio más antiguo del bufete de abogados, se encontró ante una batería de cámaras, fotógrafos y periodistas, todos los cuales esperaban obtener respuesta a las mismas preguntas.
– ¿Qué cambios se propone hacer, señor Armstrong, una vez que se convierta en el presidente del Star ?
– ¿Por qué cambiar una gran institución? -replicó-. En cualquier caso -añadió mientras caminaba por el largo pasillo y salía a la acera-, no soy la clase de propietario que interfiere en el funcionamiento cotidiano de un periódico. Pregunten a cualquiera de mis directores. Ellos se lo confirmarán.
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