Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– ¿Me puede decir su nombre, por favor? Es para las actas.

– Señora Roscoe -contestó la mujer.

– Es mi deber informarle que, de acuerdo con la regla 7 B, tendrá lugar ahora una votación que permita emitir su voto a todos los accionistas presentes. -Leyó directamente del libro rojo-. Se distribuirán las papeletas de votación, tal como se indica en los estatutos, y pueden colocar una cruz en uno de los cajetines que contienen, indicando si están a favor o en contra de la moción para sustituir al señor Lloyd Summers como director de la Fundación Summers por la señorita Angela Humphries. -Hizo una pausa y levantó la mirada-. En esta situación, me parece apropiado indicar que es la intención del consejo de administración votar por unanimidad contra esta moción, al creer que la corporación fideicomisaria ha sido bien servida por su actual director, el señor Summers, y que se le debe permitir que continúe ocupando ese puesto.

Summers miró nervioso a Adams, pero pareció tranquilizarse al ver que los miembros del consejo asentían con gestos, en apoyo de su presidente.

Los ayudantes empezaron a moverse por los pasillos laterales y a distribuir las papeletas de votación. Armstrong colocó su cruz en el cajetín marcado «EN CONTRA». Townsend puso la suya en el que indicaba «A FAVOR», y luego introdujo la papeleta en la urna de estaño que se le presentó.

A medida que continuó la votación, algunas personas de la sala empezaron a levantarse, como para estirar las piernas. Lloyd Summers permaneció sentado en silencio, derrumbado en su silla, y de vez en cuando se pasaba el pañuelo de seda roja por la frente. Angela Humphries no le miró en ningún momento.

Russell le aconsejó a su cliente que se mantuviera tranquilo y utilizara el tiempo para repasar su discurso de aceptación. Estaba convencido de que, después de la clara aquiescencia del consejo, la moción sería ampliamente derrotada.

– Pero ¿no debería hablar un momento con la señorita Humphreys, para el caso de que no lo sea? -susurró Armstrong.

– Creo que eso no sería nada prudente teniendo en cuenta las circunstancias -contestó Russell-, sobre todo si observa junto a quién está sentada.

Armstrong miró en aquella dirección y frunció el ceño. Seguramente, Townsend no podía haber…

Mientras tenía lugar el recuento de los votos, en algún lugar por detrás del estrado, Lloyd Summers trató de hacerle enojadamente una pregunta a su subdirectora. Ella lo miró y sonrió dulcemente.

– Damas y caballeros -dijo Cornelius Adams, que se levantó de nuevo de su asiento-, les ruego que regresen a sus asientos, ya que ha terminado el recuento.

Quienes habían estado charlando en los pasillos volvieron a sus puestos y esperaron a que se declarara el resultado de la votación. El secretario de la compañía le pasó una hoja de papel doblado al presidente. Éste la abrió y, como un buen juez, no ofreció en su expresión ninguna clave que permitiera adivinar el veredicto.

– Han apoyado la moción 317 votos -declaró con un tono senatorial.

Townsend respiró profundamente.

– ¿Es suficiente? -le preguntó a Tom, tratando de calcular cuántas personas se sentaban por delante del cordón rojo.

– Estamos a punto de descubrirlo -contestó Tom con calma.

– Han votado en contra 286. En consecuencia, declaro aprobada la moción por treinta y un votos. -Hizo una pausa-. La señorita Angela Humphries queda nombrada nueva directora de la fundación.

Un murmullo de voces se extendió por la sala, seguido por un gran alboroto, ya que, al parecer, todos los presentes tenían algo que decir.

– Por un margen más estrecho del que había esperado -comentó Townsend.

– Pero ha ganado usted, y eso es lo único que importa -replicó Tom.

– No, no he ganado todavía -le recordó Townsend, con la mirada muy fija en Angela.

Ahora, los presentes miraban por la sala y trataban de descubrir dónde estaba sentada la señorita Humphries, aunque no eran muchos los que sabían cuál era su aspecto. Una persona permaneció de pie en su puesto.

En el estrado, el presidente consultaba de nuevo con el secretario, que una vez más le leía directamente del texto del pequeño libro rojo. Finalmente, asintió con un gesto, se volvió hacia el público e hizo sonar el martillo para imponer orden.

El presidente miró directamente a Fraser y esperó a que los murmullos se acallaran y se restableciera una apariencia de orden.

– ¿Tiene la intención de proponer alguna otra moción, señor Fraser? -preguntó, sin hacer el menor intento por ocultar el sarcasmo de su voz.

– No, señor, no la tengo. Pero desearía saber a quién apoyará la recién elegida directora con el cinco por ciento de acciones que posee la fundación sobre la compañía, ya que eso afectará a la identidad del siguiente presidente del consejo de administración.

Por un momento, todos los presentes en la sala empezaron a hablar y mirar de un lado a otro, buscando a la nueva directora. El señor Fraser se sentó y Angela se levantó entonces de su asiento, como si se encontrara al otro lado del columpio.

El presidente desvió hacia ella toda su atención.

– Señorita Humphries -le dijo-, puesto que ahora controla usted el cinco por ciento de las acciones de la compañía, es mi deber preguntarle a quién apoyará como presidente.

Lloyd Summers no dejaba de limpiarse la frente, pero no tuvo valor para levantar la mirada hacia Angela. Ella parecía sentirse notablemente tranquila y compuesta. Esperó hasta que se produjo un silencio total.

– Señor presidente, no le sorprenderá que apoye al hombre que, en mi opinión, servirá mejor a los intereses de la fundación.

Hizo una pausa que Armstrong aprovechó para levantarse y saludarla, moviendo una mano en su dirección, pero el resplandor de los focos de la televisión impidió que ella lo viera. El presidente pareció relajarse.

– El consorcio fideicomisario ofrece su voto, correspondiente al cinco por ciento de las acciones, en favor del señor… -Hizo una nueva pausa, evidentemente disfrutando de cada momento-…, Keith Townsend.

Fuertes murmullos estallaron de nuevo en la sala. Por primera vez, el presidente se quedó sin habla. Dejó caer el martillo al suelo y miró con la boca abierta hacia Angela. Un momento después se recuperó y empezó a imponer orden. Una vez que creyó ser oído por los presentes, preguntó:

– ¿Es usted consciente, señorita Humphries, de las consecuencias de cambiar el sentido del voto de la fundación en esta fase tan avanzada?

– Desde luego que lo soy, señor presidente -contestó ella con firmeza.

Un grupo de abogados de Armstrong ya se había levantado para protestar. El presidente no hacía más que golpear con el martillo para imponer orden. Una vez que se hubieron acallado las voces, anunció que, puesto que la señorita Humphries cedía los votos de su cinco por ciento de la compañía, en posesión de la fundación, en favor del señor Townsend, eso le proporcionaba el 51 por ciento de los votos totales, contra el 46 por ciento de Armstrong y que, en consecuencia, según el artículo 11 A, apartado d de los estatutos, no tenía más remedio que declarar al señor Keith Townsend nuevo presidente del New York Star .

Los doscientos accionistas que habían llegado en el último momento al salón se pusieron a vitorear a coro, como extras de una película bien ensayada, mientras Townsend se levantaba y se dirigía al estrado. Armstrong abandonó precipitadamente la sala, y dejó a sus abogados que continuaran con sus protestas.

Townsend empezó por estrechar las manos de Cornelius Adams, el presidente anterior, y las de cada uno de los miembros del consejo de administración, aunque ninguno de ellos pareció particularmente complacido con él.

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