Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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Luego, ocupó su asiento en el centro del estrado y observó la ruidosa sala.

– Señor presidente, damas y caballeros -dijo, tomando el micrófono-, quisiera empezar por expresarle mi agradecimiento, señor Adams, así como al consejo de administración del Star , por el servicio y el inspirado liderazgo que todos han ofrecido a la empresa durante los últimos años, y les deseo a todos y cada uno de ustedes el mayor éxito en todo aquello que decidan hacer en el futuro.

Tom se sintió contento que Townsend no viera las expresiones de los rostros de los hombres sentados tras él.

– Quisiera asegurar a los accionistas de este gran periódico, que haré todo lo que esté en mi poder para mantener las tradiciones del Star . Cuentan con mi palabra de que nunca interferiré en la integridad editorial del periódico, como no sea para recordar a cada uno de sus periodistas las palabras del gran C. P. Scott, director del Manchester Guardian , y que han sido el lema de mi vida profesional: «El comentario es libre, pero los hechos son sagrados».

Los actores se levantaron de nuevo de sus asientos y empezaron a aplaudir al unísono. Una vez amortiguado el ruido de los aplausos, Townsend terminó diciendo:

– Espero verles a todos ustedes dentro de un año.

Dejó caer el martillo y dio por concluida la junta anual general de accionistas.

Varias de las personas sentadas en la primera fila se levantaron inmediatamente de nuevo para continuar con sus protestas, mientras que otras doscientas cumplían con las instrucciones que se les habían dado. Se levantaron y empezaron a dirigirse hacia la salida, hablando en voz alta entre ellas. Pocos minutos más tarde en la sala sólo quedaba un grupo de personas que protestaban ante un estrado vacío.

En cuanto Townsend abandonó la sala, lo primero que hizo fue preguntarle a Tom:

– ¿Ha redactado un nuevo contrato de alquiler por el antiguo edificio de la fundación?

– Sí, está en mi despacho. Lo único que necesita es su firma.

– ¿Y no se producirá aumento en el alquiler?

– No, se ha concretado ya para los próximos diez años -contestó Tom-. Tal y como la señorita Humphries me aseguró que se haría.

– ¿Y el contrato de ella?

– También es por diez años, pero con un tercio del salario de Lloyd Summers.

Al salir los dos hombres del hotel, Townsend se volvió hacia su abogado y le comentó:

– Bien, lo único que tengo que decidir ahora es si firmar ese contrato o no.

– Pero yo ya he llegado a un acuerdo verbal con ella -dijo Tom.

Townsend miró a su abogado con una sonrisa burlona, mientras el director del hotel y varios cámaras, fotógrafos y periodistas les seguían hacia el coche que esperaba.

– Ahora me toca a mí hacerle una pregunta -dijo Tom una vez que estuvieron sentados en el interior del BMW.

– Adelante.

– Ahora que todo ha pasado, quisiera saber cuándo se le ocurrió este golpe maestro para derrotar a Armstrong.

– Hace aproximadamente cuarenta años.

– Creo que no le comprendo -dijo el abogado, que lo miró extrañado.

– No tiene razones para comprenderlo, compañero Tom, pero eso es porque no era usted miembro del Club Laborista de la Universidad de Oxford, cuando no pude convertirme en presidente del mismo simplemente porque no me había molestado en leer sus estatutos.

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Tercera victoria de Maggie Los tories ganan fácilmente por 110 escaños - фото 34
Tercera victoria de Maggie: Los tories ganan fácilmente «por 110 escaños»

Cuando Armstrong salió precipitadamente del Salón Lincoln, decidido a no sufrir la humillación de tener que asistir al discurso de aceptación de Townsend, pocos fueron los periodistas que se molestaron en seguirle. Pero sí lo hicieron dos caballeros llegados expresamente desde Chicago. Las instrucciones de su cliente no podían haber quedado más claras.

– Hagan una oferta a cualquiera de los dos que fracase para convertirse en presidente del Post .

Armstrong se quedó a solas en la acera, tras haber despachado a uno de sus caros abogados para que encontrara y le trajera su limusina. Al director del hotel ya no se le veía por ninguna parte.

– ¿Dónde está mi condenado coche? -gritó Armstrong, que miró fijamente el BMW blanco aparcado en la acera de enfrente.

– Acudirá a recogernos dentro de un momento -contestó Russell, que llegó en ese momento a su lado.

– ¿Cómo ha logrado ganar la votación? -preguntó Armstrong.

– Tuvo que haber creado un gran número de accionistas durante las últimas veinticuatro horas. Accionistas que no aparecerán en el registro durante por lo menos otras dos semanas.

– Entonces, ¿por qué se les permitió asistir a la junta?

– Lo único que tenían que hacer era presentar a la persona que comprobaba la lista la demostración de que poseían las acciones mínimas exigidas para su asistencia, junto con su identidad. Todo lo que se necesitó fueron cien acciones por, digamos, doscientos de ellos. Podrían haber comprado esas acciones a cualquier agente de Bolsa de Wall Street, o el mismo Townsend pudo haberles cedido 20.000 de sus acciones antes de que se iniciara la junta.

– ¿Y eso es legal?

– Digamos que entra dentro de la letra de la ley -contestó Russell-. Podríamos desafiar esa legalidad ante los tribunales. En eso se tendrían que emplear un par de años de trabajo, y no hay forma de saber de qué lado se pondría el juez. Pero mi consejo es que se limite usted a vender sus acciones y conseguir un buen beneficio por ellas.

– Ése es exactamente la clase de consejo que me daría usted -dijo Armstrong-. Y no tengo la intención de seguirlo. Voy a exigir tres puestos en el consejo de administración y acosar a ese condenado hombre durante el resto de su vida.

Dos hombres altos, elegantemente vestidos con abrigos negros se encontraban a pocos metros de distancia de ellos. Armstrong imaginó que debían de formar parte del equipo de abogados de Critchley.

– ¿Cuánto me están costando esos dos? -preguntó.

Russell se volvió a mirarlos.

– No los había visto antes -contestó.

Eso pareció actuar como una excusa, porque uno de los dos hombres se adelantó un paso hacia ellos.

– ¿Señor Armstrong? -preguntó.

Armstrong se disponía a contestar cuando Russell se adelantó un paso y lo hizo por él.

– Soy Russell Critchley, el abogado del señor Armstrong en Nueva York. ¿Qué desean?

El más alto de los dos hombres sonrió.

– Buenas tardes, señor Critchley. Soy Earl Withers, de Spender, Dickson & Withers, de Chicago. Tengo entendido que hemos tenido el placer de mantener negociaciones con su bufete en el pasado.

– En muchas ocasiones -asintió Russell, que sonrió por primera vez.

– Digan lo que tengan que decir -intervino Armstrong.

El más bajo de los dos hombres asintió con un gesto.

– Nuestro bufete tiene el honor de representar al Chicago News Group, y mi colega y yo desearíamos discutir una propuesta de negocios con su cliente.

– ¿Por qué no se ponen en contacto conmigo mañana por la mañana, en mi oficina? -sugirió Russell, en el momento en que llegaba la limusina.

– ¿De qué propuesta de negocios se trata? -preguntó Armstrong cuando el chófer bajó y le abrió la portezuela trasera.

– Hemos sido autorizados para ofrecerle la oportunidad de comprar el New York Tribune .

– Como ya le he dicho… -empezó a decir nuevamente Russell.

– Les veré a ambos en mi apartamento de la Torre Trump dentro de quince minutos -dijo Armstrong antes de subir al coche.

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