Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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»Puedo confirmarles que ambas partes afectadas me han presentado, a través de sus distinguidos asesores legales, demostración fehaciente de su posesión o control sobre las acciones de la compañía. Nuestros auditores han comprobado por dos veces esas declaraciones y las han hallado en orden. Demuestran -añadió, tomando una pizarra que tenía junto a la mesa, y mostrándola ante el público asistente-, que el señor Richard Armstrong está en posesión del cincuenta y uno por ciento de las acciones de la empresa, mientras que el señor Keith Townsend controla el cuarenta y seis por ciento. Un tres por ciento de los accionistas no han dado a conocer sus preferencias.

»Como accionista mayoritario, el señor Armstrong cuenta ipso facto con el control de la empresa, de modo que no me resta por hacer otra cosa que ofrecerle la presidencia de esta junta, a menos que, como se dice en los servicios de registros matrimoniales, exista alguna causa o impedimento para no hacerlo así.

Sonrió abiertamente al público, como un sacerdote que se encontrara ante los novios, y guardó silencio por un momento.

Entonces, una mujer se levantó en la tercera fila.

– Los dos hombres que tratan de hacerse con el control del Star son extranjeros -dijo-. ¿Qué recurso tengo si no deseo a ninguno de los dos como presidente?

Era una pregunta que el secretario de la empresa ya había anticipado, y para la que Adams tenía preparada una respuesta.

– Ninguna, señora -fue la respuesta inmediata del presidente-. De otro modo, cualquier grupo de accionistas estaría en posición de eliminar a los directores estadounidenses de compañías británicas y australianas en todo el mundo.

El presidente se sintió satisfecho, al pensar que había tratado a la mujer con amabilidad y contestado a su pregunta con efectividad.

La mujer en cuestión, sin embargo, no estuvo de acuerdo. Se volvió de espaldas al estrado y abandonó la sala, seguida por un cámara de la CNN y un fotógrafo.

Siguieron varias preguntas más sobre el mismo tema, algo de cuya probabilidad Russell ya había advertido a Armstrong.

– Son simplemente accionistas que ejercen sus condenados derechos -le explicó.

A medida que se contestaba a cada pregunta, Townsend se volvía y miraba con ansiedad hacia la puerta. Cada vez que lo hacía encontraba a más gente bloqueando la puerta. Tom comprendió lo nervioso que empezaba a sentirse su cliente, de modo que se levantó del asiento, se dirigió al fondo de la sala y habló un momento con el ujier. Para cuando el presidente ya creía haber contestado satisfactoriamente todas las preguntas planteadas desde el público, algunas de ellas dos veces, Tom había regresado a su sitio.

– No se preocupe, Keith -le aseguró-. Todo está bajo control.

– Pero ¿cuándo empezará Andrew…?

– Paciencia -le aconsejó Tom.

– Si no hay más preguntas entre el público -anunció el presidente-, sólo me resta por cumplir la agradable tarea de invitar al señor Richard…

Habría terminado la frase si Andrew Fraser no se hubiera levantado en ese momento de su asiento, un par de filas por detrás de Armstrong, para indicar que deseaba tomar la palabra.

Cornelius J. Adams frunció el ceño, pero asintió con un breve gesto al darse cuenta quién era el que deseaba plantear una pregunta.

– Señor presidente -dijo Fraser, y uno o dos gemidos surgieron en la sala.

– ¿Sí? -preguntó Adams, incapaz de ocultar su irritación.

Townsend se volvió a mirar de nuevo hacia la entrada y vio a un grupo de gente que se abría paso por el pasillo central hacia los asientos de los accionistas. A medida que cada uno de ellos llegaba hasta el cordón rojo era detenido por la eficiente mujer que comprobaba sus nombres en la larga lista, antes de desenganchar el cordón para permitirlos pasar y ocupar los pocos puestos que quedaban libres.

– Desearía llamar su atención sobre la regla 7 B de los estatutos de la compañía -siguió diciendo el colega de Tom.

Los murmullos de conversación se extendieron por toda la sala. Pocas de las personas situadas a ambos lados del cordón habían leído los estatutos de la empresa y, desde luego, nadie tenía idea de lo que decía la regla 7 B. El presidente se inclinó para permitir que el secretario de la compañía le susurrara al oído las palabras que acababa de leer en la página cuarenta y siete del pequeño libro de tapas de cuero rojo, raras veces consultado. Se trataba de una cuestión que no había anticipado, y para la que no disponía de una respuesta preparada.

A juzgar por el frenesí de actividad que se produjo en la fila delantera, Townsend comprendió que el primer hombre al que había visto subir al asiento trasero de la limusina, frente al 147 de Lower Broadway, trataba de explicar a su cliente el significado de la regla 7 B.

Andrew Fraser esperó a que se acallaran las voces que siguieron al planteamiento de su pregunta, dando así más tiempo para que el flujo continuo de personas que entraban en la sala ocupara sus puestos más allá del cordón rojo. Al presidente le pareció necesario hacer sonar varias veces el martillo para imponer silencio, antes de que la sala se tranquilizara lo suficiente como para informar a todos los presentes.

– La regla 7 B permite a cualquier accionista que asista a la junta anual general… -leía directamente del texto del pequeño libro rojo- «proponer a un candidato para ocupar cualquier puesto de la compañía». ¿Es ésa la regla a la que usted se refiere, señor? -preguntó, mirando directamente a Andrew Fraser.

– En efecto -contestó con firmeza el abogado de edad avanzada.

El secretario de la compañía tiró de la manga de la chaqueta del presidente. Una vez más, Adams se inclinó hacia él y escuchó. Andrew Fraser permaneció de pie. Un momento más tarde, el presidente se levantó y miró fijamente a Fraser.

– Como seguramente sabrá, señor, no se puede proponer un candidato alternativo para el puesto de presidente sin haberlo comunicado por escrito con treinta días de antelación, según la regla 7 B, apartado a -dijo, con una cierta satisfacción.

– Soy consciente de ello, señor -asintió Fraser, que permanecía de pie-. Pero no es para el puesto de presidente para el que propongo un candidato.

Un gran alboroto de voces estalló por toda la sala. Adams tuvo que golpear varias veces el martillo antes de que Fraser pudiera continuar.

– Deseo proponer un candidato para el puesto de director de la Fundación Summers.

Townsend no dejó de observar a Lloyd Summers, que se había quedado blanco. Miraba fijamente a Andrew Fraser, y se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo de seda roja.

– Pero ya tenemos a un excelente director en la persona del señor Summers -dijo el presidente-. ¿O desea simplemente confirmar su puesto? Si fuera así, puedo asegurarle que el señor Armstrong tiene toda la intención de…

– No, señor. Propongo que el señor Summers sea sustituido por la señorita Angela Humphries, la actual subdirectora.

El presidente se inclinó y trató de asegurarse con el secretario de la compañía que la moción planteada estaba dentro del orden. Tom Spencer se levantó entonces y empezó a comprobar a los asistentes para asegurarse de que todos sus reclutas se encontraban por delante del cordón rojo. Townsend pudo ver que todos los asientos se hallaban ocupados, y que varios de los llegados en el último momento tenían que contentarse con permanecer de pie en los pasillos laterales, o sentarse en ellos.

Finalmente, el secretario de la compañía le confirmó que la moción se ajustaba a las normas.

– ¿Alguien apoya la moción? -preguntó el presidente.

Ante su sorpresa, varias manos se levantaron. Adams eligió a una mujer sentada en la fila quinta.

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