Un Armstrong insólitamente avasallado le explicó al joven que tendría que empezar como subdirector.
– Porque el contrato de McAlvoy no expira hasta dentro de siete meses.
Armstrong estuvo a punto de cambiar de opinión cuando Rushcliffe le dijo el paquete que esperaba recibir. No habría dado tan fácilmente su brazo a torcer si hubiera conocido las condiciones del contrato de Rushcliffe con el Globe , o el hecho de que Bruce Kelly no tenía la intención de renovárselo a finales de año. Tres días más tarde le envió un memorándum a McAlvoy comunicándole que había nombrado subdirector a Kevin Rushcliffe.
McAlvoy consideró la alternativa de protestar por el hecho de que se le impusiera al subdirector del Globe , pero su esposa le indicó que tenía previsto jubilarse en siete meses más, con jubilación completa, y que no era éste el momento más adecuado para sacrificar su trabajo en el altar de los principios. A la mañana siguiente, al llegar a su despacho, McAlvoy se limitó a desdeñar a su nuevo subdirector y sus ideas precipitadas para la primera página del día siguiente.
Cuando el Globe publicó un desnudo en la página tres y vendió dos millones de ejemplares por primera vez, McAlvoy convocó una conferencia matinal de sus colaboradores.
– En este periódico, eso sólo se hará pasando por encima de mi cadáver -declaró.
Nadie se atrevió a señalar que dos o tres de sus mejores periodistas habían abandonado recientemente el Citizen para pasarse al Globe , mientras que sólo Rushcliffe había efectuado el trayecto en sentido contrario.
Como Armstrong seguía pasando una gran cantidad de su tiempo preparando la batalla de absorción en Nueva York, continuó aceptando de mala gana las opiniones de McAlvoy, debido en buena medida a que no quería despedir al director más experimentado cuando sólo faltaban pocas semanas para las elecciones generales.
Después de que Margaret Thatcher regresara a la Cámara de los Comunes con una mayoría de 144 escaños, el Globe consideró la victoria como suya y declaró que eso aceleraría sin duda la caída del Citizen . Varios comentaristas se apresuraron a señalar la ironía de aquella afirmación.
Cuando Armstrong regresó a Inglaterra a la semana siguiente para asistir a la reunión mensual del consejo de administración, sir Paul planteó el tema del descenso de las ventas del periódico.
– Mientras que el Globe sigue aumentando su tirada cada mes -observó Peter Wakeham desde el otro extremo de la mesa.
– ¿Qué vamos a hacer al respecto? -preguntó el presidente, que se volvió a mirar a su director general.
– Ya he puesto en marcha algunos planes -contestó Armstrong.
– ¿Y vamos a ser informados de esos planes? -preguntó sir Paul.
– Informaré ampliamente al consejo en nuestra próxima reunión -contestó Armstrong.
Al día siguiente, Armstrong llamó a McAlvoy, sin molestarse en consultar con ningún miembro del consejo. Al entrar el director del Citizen en el despacho del propietario, Armstrong ni siquiera se levantó para saludarlo y tampoco le sugirió que se sentara.
– Estoy seguro de que ya sabrá por qué le he pedido que viniera a verme -dijo.
– No, Dick, no tengo ni la menor idea -replicó McAlvoy con expresión inocente.
– Bueno, acabo de ver las cifras de tirada del pasado mes. Si continuamos a este ritmo, el Globe estará vendiendo más ejemplares que nosotros para finales de año.
– Y usted seguirá siendo el propietario de un gran periódico nacional, mientras que Townsend seguirá publicando un periodicucho.
– Quizá sea así, pero yo debo tener en cuenta a un consejo de administración y a unos accionistas.
McAlvoy no recordaba que Armstrong hubiera mencionado nunca al consejo de administración o a los accionistas. Eso es el último refugio de un propietario, estuvo a punto de decirle. Entonces recordó la advertencia que le había hecho su abogado, en el sentido de que todavía faltaban cinco meses para que expirara su contrato, y el consejo de que no sería prudente provocar a Armstrong.
– Supongo que habrá visto los titulares del Globe de esta mañana, ¿verdad? -preguntó Armstrong, que levantó con una mano el periódico de su rival.
– Desde luego que lo he visto -asintió McAlvoy observando las gruesas letras del titular: «Destacada estrella del pop involucrada en un escándalo de drogas».
– El nuestro dice: «Beneficios extra para las enfermeras».
– A nuestros lectores les encantan las enfermeras -observó McAlvoy.
– Es posible que a nuestros lectores les encanten las enfermeras -dijo Armstrong hojeando el periódico-, pero, por si acaso no se ha dado cuenta, el Globe publica la misma historia en la página siete. Está bastante claro para mí, aunque quizá no lo esté para usted, que a la mayoría de nuestros lectores les interesan mucho más las estrellas del pop y los escándalos con drogas.
– Esa estrella del pop en particular -contrarrestó McAlvoy- nunca ha ocupado un puesto en los cien primeros, y sólo fumaba un porro en la intimidad de su propio hogar. Si alguien hubiera oído hablar de él, el Globe habría incluido su nombre en el titular. Tengo un archivo lleno de esa clase de basura, pero no insulto a nuestros lectores publicándolo.
– En ese caso quizá haya llegado el momento de que lo haga -dijo Armstrong, cuyo tono de voz se elevaba a cada palabra que pronunciaba-. Empecemos por desafiar al Globe en su propio terreno, para variar. Quizá si lo hiciéramos así, no estaría buscando ahora a un nuevo director.
McAlvoy se quedó momentáneamente atónito.
– ¿Debo suponer por esas palabras que estoy despedido? -preguntó finalmente.
– Por fin empiezo a hacerme comprender -dijo Armstrong-. Sí, está usted despedido. El nombre del nuevo director será anunciado el lunes. Procure haber recogido sus cosas personales esta misma noche.
– ¿Puedo suponer que, después de diez años como director de este periódico, recibiré mi jubilación completa?
– No recibirá usted ni más ni menos que aquello a lo que tenga derecho -le gritó Armstrong-. Y ahora, salga de mi despacho.
Miró con ojos relampagueantes a McAlvoy, a la espera de que le dirigiera una de las diatribas por las que era tan famoso, pero el director despedido se limitó a dar media vuelta y salir del despacho sin pronunciar una sola palabra más. Al hacerlo, cerró la puerta despacio tras él.
Armstrong se dirigió a la sala de al lado y se cambió la camisa, que era exactamente del mismo color que la anterior, para que nadie se diera cuenta.
Una vez que McAlvoy regresó a su despacho, informó rápidamente a un puñado de sus colaboradores más cercanos del resultado de su reunión con Armstrong y de lo que planeaba hacer. Pocos minutos más tarde presidió la conferencia de la tarde por última vez. Observó la lista de historias que competían por ocupar la primera página.
– Tengo algo para mañana que puede causar sensación, Alistair -dijo una voz.
McAlvoy miró al jefe de redacción de política.
– ¿En qué está pensando, Campbell? -preguntó.
– Una consejera laborista en Lambeth ha iniciado una huelga de hambre para llamar la atención sobre la injusticia de la política de viviendas del gobierno. Es negra y está en el paro.
– ¿Qué tiene usted, Kevin?
El subdirector levantó la mirada desde el rincón donde estaba sentado y parpadeó, incapaz de creer que el director se hubiera dirigido a él.
– Bueno, he seguido desde hace semanas una pista sobre la vida privada del secretario de Asuntos Exteriores, pero me resulta difícil conseguir que la historia se sostenga en pie.
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