Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– Aunque las encuestas de opinión parece que van mejorando -dijo Atkins-, sólo hay que estudiar los resultados de las elecciones locales para comprender lo que está ocurriendo realmente en las circunscripciones electorales.

– Estoy de acuerdo con usted -asintió Dick-. Sólo un estúpido se dejaría influir por las encuestas de opinión cuando se trata de unas elecciones generales. Aunque tengo entendido que Wilson suele sacar de quicio a Ted Heath en la sesión de preguntas parlamentarias en la Cámara.

– Cierto, pero eso es algo que sólo ven unos pocos cientos de parlamentarios. Si se televisaran las sesiones, toda la nación se daría cuenta de que Harold está en una clase diferente.

– No creo que yo llegue a conocer eso -dijo Dick.

Atkins asintió y luego cayó en un profundo silencio. Una vez retirado el primer plato, Dick le dio instrucciones al mayordomo para que los dejaran a solas. Llenó la copa del ministro con más clarete, pero Atkins se limitó a juguetear con ella, con aspecto de preguntarse cómo podía plantear un tema embarazoso. Una vez que el mayordomo hubo cerrado la puerta tras él, Atkins suspiró profundamente.

– Todo esto es un poco angustioso para mí -empezó a decir, con vacilación.

– Diga todo lo que quiera decir, Ray. Sea lo que fuere, no saldrá de esta habitación. Y no olvide nunca que ambos bateamos para el mismo equipo.

– Gracias, Dick -replicó el ministro-. Supe inmediatamente que era usted la persona adecuada con la que discutir mi pequeño problema. -Siguió jugueteando con la copa, sin decir nada durante un rato. Luego, de repente, barbotó-: El Evening Post ha estado hurgando en mi vida personal, Dick, y ya no puedo soportarlo.

– Lamento mucho oírle decir eso -dijo Armstrong, que se había imaginado que hablarían de un tema completamente diferente-. ¿Qué han hecho que le ha molestado tanto?

– Me han estado amenazando.

– ¿Amenazándole? -preguntó Armstrong, con un tono de voz que sonó molesto-. ¿De qué forma?

– Bueno, quizá «amenazar» sea una palabra un poco fuerte. Pero uno de sus periodistas ha estado llamando constantemente a mi oficina y a mi casa los fines de semana, en ocasiones incluso dos o tres veces al día.

– Créame, Ray, que no sabía nada de esto -le aseguró Armstrong-. Hablaré con Don Sharpe en cuanto se haya marchado usted. Y puede estar seguro de que ya no se hablará más del asunto.

– Gracias, Dick -dijo el ministro, que esta vez tomó un trago de vino-. Pero no son las llamadas lo que necesito que se detengan, sino la historia que tienen.

– ¿Le ayudaría contarme de qué se trata, Ray?

El ministro fijó la mirada sobre la mesa. Transcurrió algún tiempo antes de que levantara la cabeza.

– Todo sucedió hace varios años -empezó a decir-. En realidad, fue hace tanto tiempo que casi se me había olvidado que tuvo lugar, hasta hace poco.

Armstrong permaneció en silencio y volvió a llenar la copa de su invitado.

– Fue poco después de ser elegido para el consejo municipal de Bradford. -El ministro tomó otro trago de vino-. Conocí a la secretaria del consejo.

– ¿Estaba usted casado con Jenny por aquel entonces? -preguntó Armstrong.

– No, Jenny y yo nos conocimos un par de años más tarde, antes de que fuera elegido por la circunscripción de Bradford West.

– ¿Cuál es entonces el problema? -preguntó Armstrong-. Hasta el Partido Laborista permite tener amigas antes de contraer matrimonio -añadió, tratando de dar un tono ligero a la conversación.

– No cuando esa amiga queda embarazada -dijo el ministro-. Y cuando su religión prohíbe el aborto.

– Comprendo -asintió Armstrong en voz baja. Hizo una pausa, antes de preguntar-: ¿Está Jenny enterada de todo esto?

– No, no sabe nada. Nunca se lo dije. En realidad, no se lo dije a nadie. Ella es hija de un médico local, un condenado tory, de modo que su familia no me aceptó en ningún momento. Si esto llega a saberse, tendré que soportar el clásico síndrome del «Ya te lo dije».

– ¿De modo que es ella la que plantea dificultades?

– No. Que Dios la bendiga, Rahila ha sido magnífica, aunque su familia me consideraba con el mismo afecto que mis parientes políticos. Naturalmente, le he venido pagando una cantidad por alimentos.

– Naturalmente. Pero si ella no le causa ninguna molestia, ¿dónde está el problema? Ningún periódico se atrevería a publicar nada a menos que ella confirmara la historia.

– Lo sé. Pero, desgraciadamente, su hermano bebió demasiado una noche y se le soltó la lengua en el pub local. No sabía que en esos momentos había un periodista en el bar que trabaja por libre para el Evening Post . El hermano lo negó todo al día siguiente, pero el bastardo del periodista no hizo más que hurgar en el asunto. Si esta historia llega al dominio público, no me quedará más alternativa que dimitir. Y sólo Dios sabe lo que eso representaría para Jenny.

– Bueno, todavía no hemos llegado a eso, Ray, y puede estar seguro de una cosa: nunca la verá publicada en ningún periódico de mi propiedad. Cuenta usted con mi palabra. En cuanto se marche llamaré a Sharpe y le dejaré bien clara cuál es mi postura al respecto. Nadie volverá a ponerse en contacto con usted en relación con este tema.

– Gracias -dijo Atkins-. Eso me produce un gran alivio. Lo único que tengo que hacer ahora es rezar para que a ese periodista no se le ocurra ir con la historia a otra parte.

– ¿Cómo se llama? -preguntó Armstrong.

– John Cummins.

Armstrong anotó el nombre en una libreta que tenía a su lado.

– Me ocuparé de que al señor Cummins se le ofrezca un puesto de trabajo en uno de mis periódicos en el norte, en alguna parte lo más alejada posible de Bradford. Eso será suficiente para amortiguar su entusiasmo.

– No sé cómo agradecérselo -dijo el ministro.

– Estoy seguro de que ya se le ocurrirá alguna forma -dijo Armstrong, que se levantó del asiento sin molestarse en ofrecerle café a su invitado.

Acompañó a Atkins fuera del comedor. El nerviosismo del ministro se vio sustituido por la voluble seguridad en sí mismo más habitualmente asociada con los políticos. Al pasar por el despacho de Armstrong, observó que en la estantería había una edición completa de Wisden .

– No sabía que fuera usted aficionado al críquet, Dick.

– Oh, sí -contestó Armstrong-. Me ha gustado ese juego desde que era muy pequeño.

– ¿A qué condado apoya? -preguntó Atkins.

– A Oxford -contestó Armstrong cuando ya llegaban ante el ascensor.

Atkins no dijo nada y le estrechó cálidamente la mano.

– Gracias de nuevo, Dick. Muchas gracias.

En cuanto se cerraron las puertas del ascensor, Armstrong regresó a su despacho.

– Quiero ver inmediatamente a Don Sharpe -gritó al pasar ante la mesa de Pamela.

El director del Evening Post apareció en el despacho del propietario pocos minutos más tarde. Llevaba una gruesa carpeta. Esperó a que Armstrong terminara una conversación telefónica en una lengua que no reconoció.

– Pidió verme -le dijo, una vez que Armstrong hubo colgado el teléfono.

– Sí. Acabo de almorzar con Ray Atkins. Me dice que el Post lo ha estado molestando con alguna historia que ha estado usted siguiendo.

– Así es, hemos hecho algún trabajo con una historia. En realidad, llevamos varios días tratando de ponernos en contacto con Atkins. Creemos que el ministro fue padre de un hijo ilegítimo hace varios años, un muchacho llamado Vengi.

– Pero todo eso tuvo lugar antes de que se casara.

– Cierto -asintió el director-, pero…

– En ese caso no veo motivo alguno para considerar que la historia pueda ser de interés público.

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