A continuación le leyó las tres últimas frases del editorial propuesto para su edición.
Los fieles lectores del Globe no deben temer por el futuro del periódico más querido del reino. Ambos candidatos están de acuerdo en mantener a sir Walter Sherwood como presidente del consejo de administración, garantizando así la continuidad que ha sido una de las características del éxito del periódico durante buena parte del presente siglo. De modo que envíe su voto y el resultado será anunciado el próximo sábado.
Townsend le dio las gracias a Slater y le aseguró que, si llegaba a ser el propietario, no lo olvidaría. Una vez que colgó el teléfono, lo primero que se preguntó fue dónde estaría Armstrong.
No regresó a la pista de squash, sino que llamó inmediatamente a Ned Brewer, el jefe de su oficina en Londres. Le comunicó exactamente lo que esperaba que hiciera durante la noche y terminó por decirle que se pondría nuevamente en contacto con él en cuanto aterrizara en Heathrow.
– Y mientras tanto, Ned -añadió-, asegúrese de disponer por lo menos de 20.000 libras en efectivo para cuando llegue a la oficina.
En cuanto colgó el teléfono, Townsend se dirigió al mostrador principal, retiró su cartera de la caja de seguridad, salió a la Quinta Avenida y tomó un taxi.
– Al aeropuerto. Y recibirá una propina de cien dólares si llegamos a tiempo para tomar el próximo vuelo a Londres.
Debería haber añadido «con vida».
Mientras el taxi zigzagueaba entre el tráfico, Townsend recordó de pronto que había dejado a Tom esperándole en la pista de squash, y que tenía previsto llevar a cenar a Kate aquella misma noche para que ella pudiera informarle acerca de sus progresos con La amante del senador . Cada día que pasaba, Townsend daba gracias a Dios por no haber creído que Kate fuera capaz de volar de regreso desde Sydney. Tenía la sensación de haber sido lo bastante afortunado como para encontrar a la única persona capaz de tolerar su intolerable estilo de vida, debido en parte a que ella ya había aceptado la situación mucho antes de casarse. Kate nunca le había hecho sentirse culpable por los horarios que seguía, el llegar continuamente tarde a sus citas con ella o el no aparecer siquiera. Sólo confiaba en que Tom la llamara para hacerle saber que había desaparecido. «No, no tengo ni la menor idea de adónde se ha ido», casi pudo escuchar que le diría.
A la mañana siguiente, después de aterrizar en Heathrow, al taxista no le pareció prudente preguntar por qué su pasajero vestía un atuendo deportivo y llevaba una raqueta de squash. Quizá hubiera encontrado reservadas todas las pistas en Nueva York.
Llegó a la oficina de Londres cuarenta minutos más tarde y se hizo cargo de la dirección del plan, que tomó de manos de Ned Brewer. A las diez, todos los empleados de que disponía habían sido enviados a todos los rincones de la capital. A la hora del almuerzo, nadie que se encontrara en un radio de treinta kilómetros de Hyde Park Corner podía encontrar un ejemplar del Globe , a ningún precio. A las nueve de la noche, Townsend disponía ya de 126.212 ejemplares del periódico.
Armstrong aterrizó en Heathrow el sábado por la tarde, después de haber pasado la mayor parte de la mañana en París, ladrando órdenes a su personal en toda Gran Bretaña. A las nueve de la mañana del domingo, y gracias al notable rastreo efectuado en la zona de West Riding, tenía a su disposición 79.107 ejemplares del Globe .
Se pasó el domingo llamando a todos los directores de sus periódicos regionales y ordenándoles que publicaran en primera página de las ediciones siguientes artículos en los que se pidiera a los lectores encontrar ejemplares del Globe del sábado y votar por Armstrong. El lunes por la mañana consiguió aparecer en el programa Hoy y en tantos otros programas de radio y televisión como le fue posible. Pero a cada uno de los productores le pareció justo invitar a Townsend a que ejerciera el derecho de réplica al día siguiente.
El jueves, el personal de Armstrong ya estaba agotado de tanto rellenar papeletas de votación, y Armstrong sentía náuseas de tanto pegar sobres. El viernes por la noche, los dos hombres llamaban al Globe cada pocos minutos, tratando de averiguar cómo iba el recuento de votos. Pero como sir Walter le había pedido a la Sociedad por la Reforma Electoral que se hiciera cargo del recuento, y a sus representantes les interesaba más la exactitud que la velocidad, ni siquiera el director del periódico supo el resultado hasta poco antes de la medianoche.
«El astuto dingo australiano vence al checo fanfarrón», fue el titular de las primeras ediciones del periódico del sábado. El artículo que seguía informaba a los lectores del Globe que la votación había dado un resultado de 232.712 votos a favor del colonial, por 229.847 a favor del inmigrante.
El abogado de Townsend llegó a las oficinas del Globe a las nueve de la mañana del lunes, con una carta de pago por importe de veinte millones de dólares. Por mucho que Armstrong protestó y por muchas demandas que amenazó con interponer, no pudo impedir que sir Walter firmara esa misma tarde el contrato por el que cedía sus acciones a Townsend.
En la primera reunión del consejo de administración, Townsend propuso que sir Walter fuera mantenido en su puesto como presidente del consejo, con su salario actual de cien mil libras anuales. El anciano sonrió y pronunció un discurso halagador acerca de cómo los lectores habían hecho incuestionablemente la elección más justa.
Townsend no volvió a hablar hasta que llegaron al apartado «Otros asuntos». Sugirió entonces que todos los empleados del Globe se jubilaran automáticamente a la edad de sesenta años, de acuerdo con el resto de la política seguida por su grupo. Sir Walter apoyó la moción, ya que estaba ansioso por unirse a sus compañeros del Turf Club para un almuerzo de celebración. La moción fue aprobada por mayoría.
Aquella noche, al acostarse sir Walter, tuvo que ser su esposa quien le explicara el verdadero significado de aquella última resolución.
QUINTA EDITIÓN
El Citizen contra el Globe
Dimite el ministro
– Han quedado impresos cien mil ejemplares de La amante del senador , que han sido almacenados en el almacén de New Jersey, a la espera de la inspección de la señora Sherwood -dijo Kate, que levantó la mirada al techo.
– Eso está bien para empezar -dijo Townsend-, pero no me van a devolver un centavo de mi dinero hasta que no los vean en las librerías.
– Una vez que su abogado haya verificado las cifras y los albaranes de entrega, no tendrá más remedio que devolverte el primer millón de dólares. Habremos cumplido con esa parte del contrato dentro del período de doce meses previamente estipulado.
– ¿Y cuánto me ha costado hasta el momento este pequeño ejercicio?
– Incluida la impresión y el transporte, unos treinta mil dólares -contestó Kate-. Todo lo demás se hizo en la empresa o se puede deducir de impuestos.
– Chica lista. Pero ¿qué posibilidades tengo de recuperar mi segundo millón? A pesar de todo el tiempo que has dedicado a reescribir el libro, sigo sin verlo en las listas de los más vendidos.
– Yo no estoy tan segura -dijo Kate-. Todo el mundo sabe que sólo mil cien librerías informan semanalmente de sus ventas al New York Times . Si pudiera ver esa lista de librerías, tendría una verdadera oportunidad de asegurarme de que recuperaras tu segundo millón.
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