Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– Pero saber qué librerías informan de sus ventas no hará que los clientes compren los libros.

– No, pero creo que podríamos dirigirlos en la dirección correcta.

– ¿Y cómo te propones hacer eso?

– Primero, distribuyendo el libro en un mes tradicionalmente bajo, como enero o febrero, y segundo vendiéndolo únicamente en aquellas librerías que informen al New York Times .

– Pero eso tampoco hará que la gente lo compre.

– Será suficiente si sólo le cobramos a la librería cincuenta centavos por ejemplar, con un precio de cubierta de tres dólares con cincuenta, lo que permitirá al librero obtener un beneficio del 700 por cien por cada ejemplar vendido, en lugar de su habitual cien por cien.

– Eso seguirá sirviendo de poco si el libro es indigerible.

– Eso es algo que no importará durante la primera semana -dijo Kate-. Si las librerías obtienen esa clase de beneficio, tendrán interés en promocionar el libro y ponerlo en sus escaparates, en el mostrador, e incluso en las estanterías de bestsellers. Mi investigación demuestra que sólo tenemos que vender diez mil ejemplares en la primera semana para alcanzar el puesto número quince en la lista de libros más vendidos, lo que supone algo menos de diez ejemplares por librería.

– Supongo que eso nos proporcionaría una oportunidad del cincuenta por ciento -dijo Townsend.

– Y todavía puedo aumentar las posibilidades. La semana en que se inicie la distribución, podemos utilizar nuestra red de periódicos y revistas en todo Estados Unidos para asegurarnos de que el libro reciba buenas críticas y anuncios en primera página, y para publicar mi artículo «La extraordinaria señora Sherwood» en tantos otros periódicos a los que te parezca que podemos llegar.

– Si eso me ahorra un millón de dólares habrá valido la pena -asintió Townsend-. Pero eso sólo hace que las posibilidades estén algo mejor que el cincuenta por ciento.

– Si me permites ir un paso más allá, probablemente podré conseguir que estén todas a tu favor.

– ¿Qué propones? ¿Que compre el New York Times ?

– No se trata de una idea tan drástica -contestó Kate con una sonrisa-. Propongo que durante la primera semana de distribución nuestros propios empleados compren cinco mil ejemplares del libro.

– ¿Cinco mil ejemplares? Eso sería como despilfarrar el dinero.

– No necesariamente -dijo Kate-. Después de que los vendamos de nuevo a las librerías a cincuenta centavos el ejemplar, habrás recuperado dos mil quinientos dólares, de modo que por un gasto total de quince mil dólares te puedes asegurar virtualmente una semana de permanencia en la lista de libros más vendidos, en cuyo caso el señor Yablon tendrá que devolverte el millón de dólares.

Townsend la tomó en sus brazos.

– Es posible que todo salga bien.

– Pero sólo si consigues los nombres de las librerías que informan de sus ventas al New York Times para confeccionar la lista de libros más vendidos.

– Eres una chica lista -le dijo apretándola más fuerte.

– He descubierto al menos lo que te enciende -dijo Kate con una sonrisa.

– Stephen Hallet llama por la línea uno, y Ray Atkins, el ministro de Industria por la línea dos -dijo Pamela, la secretaria de Armstrong.

– Hablaré primero con Atkins. Dígale a Stephen que le llamaré en seguida que pueda.

Armstrong esperó a que sonara el clic de su último juguete, que aseguraría la grabación de toda la conversación.

– Buenos días, señor ministro -saludó-. ¿Qué puedo hacer por usted?

– Se trata de un problema personal, Dick. Me preguntaba si podríamos reunimos.

– Desde luego -contestó Armstrong-. ¿Qué le parece si almorzamos en el Savoy en algún momento de la semana que viene?

Revisó su dietario para ver qué cita podía cancelar.

– Me temo que se trate de algo mucho más urgente que eso, Dick. Y preferiría no reunimos en un lugar tan público.

Armstrong comprobó las entrevistas que tenía durante el resto del día.

– Bueno, ¿y si se reúne a almorzar conmigo hoy mismo en mi comedor privado? Iba a verme con Don Sharpe, pero si se trata de algo tan urgente puedo cancelarlo.

– Es muy amable por su parte, Dick. ¿Nos vemos hacia la una?

– Estupendo. Me ocuparé de alguien acuda a recibirle a recepción y le haga subir directamente a mi despacho.

Armstrong colgó el teléfono y sonrió. Sabía exactamente por qué quería verle el ministro de Industria. Al fin y al cabo, había apoyado lealmente al Partido Laborista a lo largo de los años, a través, en buena medida, de donar mil libras anuales a cada uno de cincuenta escaños marginales clave. Esa pequeña inversión le aseguraba cincuenta amigos íntimos en el Parlamento, algunos de ellos ministros, y le permitía mantener abierto el acceso a los niveles gubernamentales más altos cada vez que lo necesitaba. Si hubiera deseado ejercer la misma influencia en Estados Unidos, eso le habría costado un millón de dólares al año.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el sonido del teléfono. Pamela tenía a Stephen Hallet al aparato.

– Siento mucho haberte hecho esperar, Stephen, pero en ese momento tenía al joven Ray Atkins al aparato. Dice que necesita verme urgentemente. Creo que los dos sabemos de qué se trata.

– Creía que la decisión sobre el Citizen no se tomaría hasta el próximo mes como mucho.

– Quizá quieran hacer un anuncio antes de que la gente empiece a especular. No olvides que Atkins fue el ministro que envió la oferta de Townsend por el Citizen a la Comisión de Monopolios y Fusiones. No creo que al Partido Laborista le entusiasme mucho la idea de que Townsend controle el Citizen y el Globe .

– Pero es la comisión la que decide al final, Dick, no el ministro.

– A pesar de todo, no me imagino que le permitan a Townsend obtener el control de la mitad de Fleet Street. En cualquier caso, el Citizen es el periódico que ha venido apoyando coherentemente al Partido Laborista durante los últimos años, mientras que la mayoría de los demás no han sido más que revistas de los tories.

– Pero la comisión tendrá que parecer ecuánime.

– ¿Como lo ha sido Townsend con Wilson y Heath? El Globe se ha convertido en una carta diaria de amor por Teddy, el marinero. Si Townsend le echara también la mano al Citizen , el movimiento laborista se quedaría sin voz en este país.

– Usted lo sabe y yo lo sé -asintió Stephen-. Pero la comisión no está compuesta únicamente por socialistas.

– Es una pena -comentó Armstrong-. Si pudiera echarle mano al Citizen , Townsend descubriría por primera vez en la vida lo que es la verdadera competencia.

– A mí no tiene que convencerme, Dick. Le deseo suerte con el ministro. Pero no era ésa la razón por la que le llamaba.

– Cada vez que me llama por teléfono, Stephen, me plantea un problema. ¿De qué se trata esta vez?

– Acabo de recibir una larga carta del abogado de Sharon Levitt, amenazándole con un proceso ante los tribunales -dijo Stephen.

– Pero hace meses que firmé un acuerdo con ella. No puede esperar sacarme más dinero.

– Sé que lo hizo así, Dick. Pero esta vez le van a poner una demanda de paternidad, Dick. Parece ser que Sharon ha dado a luz a un varón y ella afirma que es usted su padre.

– Podría serlo cualquiera, dada la promiscuidad de esa zorra… -empezó a decir Armstrong.

– Posiblemente -admitió Stephen-. Pero no con esa marca de nacimiento bajo el omóplato derecho. Y no olvide que en la comisión hay cuatro mujeres, y que la esposa de Townsend está embarazada.

– ¿Cuándo nació ese bastardo? -preguntó Armstrong que retrocedió rápidamente en su dietario.

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