Sin decir nada más, la señora Sherwood se dirigió hacia la rampa de la pasarela. Kate se reunió con él ante la barandilla y ambos la observaron descender lentamente. Al llegar al muelle se acercaron dos Rolls-Royces negros. Un chófer bajó presuroso del primero y abrió la portezuela, mientras el segundo quedaba a la espera de recoger su equipaje.
– ¿Cómo se las arregló para hablar con su abogado? -preguntó Keith-. Llamarlo para hablar de su novela no creo que pueda considerarse como una emergencia.
Antes de subir al coche, la señora Sherwood levantó la mirada y saludó a alguien con un gesto de la mano. Ambos se volvieron al unísono para mirar en dirección al puente, desde donde el capitán le devolvía el saludo.
Fin de la guerra de los Seis Días: Nasser dimite
Armstrong comprobó de nuevo los horarios de vuelo a Nueva York. Luego consultó la dirección de la señora Sherwood en la guía telefónica de Manhattan, e incluso telefoneó al Pierre para asegurarse de que la suite presidencial estaba reservada a su nombre. No podía permitirse llegar tarde a esta reunión, ni aparecer el día equivocado o acudir a la dirección errónea.
Ya había depositado veinte millones de dólares en el Manhattan Bank, repasado la declaración de prensa con su asesor de relaciones públicas, y advertido a Peter Wakeham que preparara al consejo de administración para un anuncio especial.
Alexander Sherwood le había llamado por teléfono la noche anterior, para decirle que había hablado con su cuñada antes de que ella emprendiera su crucero anual. Ella le había confirmado que la cifra acordada era de veinte millones de dólares, y esperaba con impaciencia reunirse con Armstrong a las once de la mañana, en su apartamento, al día siguiente de su regreso. Cuando él y Sharon subieron al avión, se sentía bastante seguro de que en el término de veinticuatro horas sería el único propietario de un periódico nacional que sólo era superado en circulación por el Daily Citizen .
Aterrizaron en Idlewild pocas horas antes de que el Queen Elizabeth atracara en el muelle 90. Una vez instalados en el Pierre, Armstrong caminó hasta la Calle 63 para estar seguro de saber con exactitud dónde vivía la señora Sherwood. Después de una propina de diez dólares, el portero le confirmó que esperaban su regreso a últimas horas de ese mismo día.
Aquella noche, durante la cena en el hotel, él y Sharon apenas hablaron. Armstrong empezaba a preguntarse por qué se había molestado en traerla consigo. Ella se acostó mucho antes de que él se dirigiera al cuarto de baño, y al salir ya se había quedado dormida.
Al acostarse, intentó pensar en todo lo que pudiera salir mal entre ahora y las once de la mañana siguiente.
– Creo que ella supo en todo momento lo que pretendíamos -dijo Kate siguiendo con la mirada el Rolls de la señora Sherwood hasta que desapareció de la vista.
– No pudo haberlo sabido -dijo Townsend-. Pero aunque fuera así, terminó por aceptar las condiciones que yo deseaba.
– ¿O las que ella deseaba? -preguntó Kate en voz baja.
– ¿Adónde quieres ir a parar?
– Sólo quiero decir que todo fue un poco demasiado fácil para mi gusto. No olvides que ella no es una Sherwood, sino que fue simplemente lo bastante inteligente como para casarse con uno.
– Empiezas a mostrarte demasiado recelosa para tu propio bien -observó Townsend-. No olvides que ella no es Richard Armstrong.
– Sólo me convenceré cuando ella haya firmado los dos contratos.
– ¿Los dos?
– No se desprenderá de su tercio del Globe hasta no estar segura de que vas a publicar su novela.
– No creo que haya ningún problema para convencerla de eso -dijo Townsend-. No debemos olvidar que está desesperada… después de que su manuscrito fuera rechazado quince veces antes de encontrarse conmigo.
– ¿O fue ella la que te vio venir?
Townsend miró hacia el muelle en el momento en que una limusina negra se detenía junto a la pasarela. Un hombre alto y rechoncho, de cabellera negra y revuelta, bajó del asiento trasero y levantó la mirada hacia la cubierta de paseo de los pasajeros.
– Tom Spencer acaba de llegar -dijo Townsend. Se volvió hacia Kate y añadió-: Deja de preocuparte. Para cuando te encuentres de regreso en Sydney ya seré el propietario del 33,3 por ciento del Globe , algo que no podría haber conseguido sin ti. Llámame en cuanto aterrices en Kingsford-Smith y te informaré de cómo van las cosas.
Townsend la tomó en sus brazos y le dio un beso antes de que ambos regresaran a sus camarotes separados.
Townsend tomó las maletas y se apresuró a descender al muelle. Su abogado de Nueva York caminaba rápidamente alrededor del coche, una costumbre de sus tiempos como corredor de campo a través, según le había explicado una vez a Townsend.
– Disponemos de veinticuatro horas -le dijo Townsend después de estrecharle la mano.
– ¿De modo que la señora Sherwood cayó en su red? -preguntó el abogado, que condujo a su cliente hacia la limusina.
– Sí, pero quiere dos contratos -dijo Townsend después de subir al coche-, y ninguno de los dos es el que le pedí que preparara cuando le llamé desde Sydney.
Tom extrajo una libreta amarilla de su maletín y se la colocó sobre las rodillas. Había comprendido desde hacía tiempo que éste no era un cliente al que le gustara hablar de cosas superficiales. Empezó a tomar notas mientras Townsend le informaba de los detalles de las condiciones de la señora Sherwood. Cuando llegaron ya estaba enterado de todo lo ocurrido durante los últimos días, y empezaba a experimentar una respetuosa admiración por la vieja dama. Planteó una serie de preguntas, y ninguno de ellos se dio cuenta del trayecto hasta que el coche se detuvo frente al Carlyle.
Townsend bajó inmediatamente, empujó las puertas giratorias y entró en el vestíbulo, donde encontró a los asociados de Tom, que le esperaban.
– ¿Por qué no se inscribe usted? -le sugirió Tom-. Informaré a mis colegas de lo que me ha dicho hasta el momento. Cuando esté preparado, reúnase con nosotros en la Sala Versalles, en el tercer piso.
Una vez que Townsend hubo firmado el formulario de registro, se le entregó la llave de su habitación habitual. Deshizo la maleta antes de tomar el ascensor para bajar al tercer piso. Al entrar en la Sala Versalles se encontró a Tom que caminaba alrededor de una larga mesa e informaba a sus dos colegas. Townsend se sentó en la cabecera más alejada de la mesa, mientras Tom continuaba su incansable paseo. Sólo se detenía cuando necesitaba preguntar más detalles sobre las exigencias de la señora Sherwood.
Después de haber recorrido así varios kilómetros, y devorado montones de bocadillos recién preparados y consumir litros de café, terminaron de perfilar los borradores de ambos contratos.
Poco después de las seis entró una camarera para correr las cortinas, y Tom se sentó por primera vez para leer lentamente los borradores. Una vez que hubo terminado la lectura de la última página, se levantó.
– Esto es todo lo que podemos hacer por ahora, Keith -dijo-.
Será mejor que regresemos a la oficina y nos dediquemos a preparar los dos documentos. Sugiero que nos reunamos mañana a las ocho para que pueda usted repasar el texto final.
– ¿Hay alguna otra cosa en la que deba pensar antes de que llegue ese momento, consejero? -preguntó Townsend.
– Sí -contestó Tom-. ¿Está absolutamente seguro de eliminar esas dos cláusulas en el contrato del libro en las que Kate insistió tanto?
Читать дальше