Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– ¿Me permite interrumpirle, señor Townsend? -dijo la señora Sherwood en voz baja, cuando ya se servía el cordero.

– Desde luego, señora Sherwood -contestó Townsend, que se volvió a mirarla.

– Me interesa saber en qué departamento trabaja en Schumann.

– No estoy en ningún departamento concreto -contestó.

– Creo que no le comprendo -dijo la señora Sherwood.

– Bueno, es que resulta que soy el propietario de la compañía.

– ¿Quiere eso decir que puede revocar la decisión de un director? -preguntó la señora Sherwood.

– Puedo revocar la decisión de cualquiera -asintió Townsend.

– Se lo digo porque… -Vaciló, como para asegurarse de que nadie más escuchaba su conversación, aunque eso no importaba, porque Townsend sabía exactamente qué iba a decir a continuación-. Porque envié un manuscrito a Schumann hace algún tiempo. Tres meses más tarde recibí una nota de rechazo, en la que no se me daba ninguna explicación sobre esa decisión.

– Siento mucho saberlo -dijo Townsend, que hizo una pausa antes de pronunciar las siguientes palabras, previamente ensayadas-: Naturalmente, la verdad es que muchos de los manuscritos que recibimos ni siquiera llegan a leerse.

– ¿Por qué? -preguntó ella con incredulidad.

– Bueno, cualquier editorial grande espera recibir cien o incluso a veces doscientos manuscritos a la semana. Nadie puede permitirse el emplear a un personal que se dedique a leerlos todos. Así que no debería sentirse afectada por ello.

– Entonces, ¿qué puede hacer una novelista en ciernes como yo misma para que alguien se interese por su obra? -le susurró.

– El consejo que doy a todo aquel que afronte ese problema es el de encontrar primero a un buen agente, alguien que sepa exactamente a qué editorial dirigirse, y quizá incluso qué editor puede sentirse interesado.

Townsend se concentró en el cordero y esperó a que la señora Sherwood reuniera el valor necesario para dar el siguiente paso.

«Déjale siempre la iniciativa -le había advertido Kate-. Si es así, no tendrá razón alguna para mostrarse recelosa.» Ahora, él no levantó la mirada de su plato.

– ¿No sería usted tan amable de leer mi novela y darme su opinión profesional? -se atrevió a preguntar ella finalmente, con timidez.

– Estaré encantado de hacerlo -contestó Townsend. La señora Sherwood le sonrió por primera vez-. ¿Por qué no lo envía a mi despacho en Schumann una vez que estemos de regreso en Nueva York? Me ocuparé de que lo lea uno de mis directores y le envíe un informe por escrito.

La señora Sherwood apretó los labios.

– Pero es que resulta que lo llevo a bordo -dijo-. Durante mi crucero anual tengo la oportunidad de revisar el texto.

Townsend hubiera querido decirle que, gracias a la cocinera de su cuñado, eso era algo que ya sabía. Pero se contentó con decir:

– En ese caso, si le parece, puede acercármelo a mi camarote para que lea los dos primeros capítulos. Eso será suficiente para captar su estilo.

– ¿Lo haría de veras, señor Townsend? Es muy amable por su parte. Cuánta razón tenía mi difunto esposo al decir que no había que suponer que todos los australianos fueran descendientes de ex convictos.

Townsend se echó a reír y, en ese momento, Claire se inclinó hacia él, sobre la mesa.

– ¿Es usted el señor Townsend del que se habla en el artículo publicado esta mañana en el Ocean Times ? -le preguntó.

Townsend pareció sorprendido.

– No lo sabía -dijo-. Ni siquiera lo he leído.

– En él se habla de un hombre llamado Richard Armstrong, que también es editor.

Ninguno de los dos observó la reacción de la señora Sherwood.

– Conozco a un Richard Armstrong, de modo que es posible -admitió Townsend.

– Obtuvo una Cruz Militar -dijo el general-, pero eso era lo único bueno que decía el artículo sobre él. Aunque no siempre se puede creer uno todo lo que se cuenta en los periódicos.

– Estoy bastante de acuerdo con usted -asintió Townsend.

La señora Sherwood se levantó de la mesa y se marchó sin desearles siquiera las buenas noches.

En cuanto lo hubo hecho, el general empezó a describir al doctor Percival y a la señora Osborne cómo sería el segundo capítulo de su autobiografía. Claire se levantó.

– No se interrumpa, general, pero yo también me voy a la cama.

Townsend ni siquiera la miró. Pocos minutos más tarde, cuando el viejo soldado describía cómo había sido evacuado de la playa de Dunquerque, él también pidió disculpas, abandonó la mesa y regresó a su camarote.

Acababa de salir de la ducha cuando alguien llamó a su puerta. Sonrió, se puso uno de los batines de tela de toalla del barco, y cruzó lentamente el camarote. Al menos, si la señora Sherwood le entregaba el manuscrito ahora, tendría una buena excusa para acordar una reunión con ella a la mañana siguiente. Abrió la puerta del camarote.

«Buenas noches, señora Sherwood», estuvo a punto de decir, pero se encontró ante Kate, que parecía un tanto angustiada. Entró y cerró rápidamente la puerta.

– Creí que acordamos no encontrarnos a menos que se tratara de una emergencia -dijo Keith.

– Es una emergencia -le aseguró Kate-, pero no podía arriesgarme a decírtelo en la mesa.

– ¿Es ésa la razón por la que sacaste a relucir lo del artículo cuando se suponía que debías hablar de las obras que se representaban en Broadway?

– Sí -contestó Kate-. No olvides que yo he tenido un par de días más para conocerla, y acaba de llamarme por teléfono a mi camarote para preguntarme si realmente creía que estabas en el mundo de la edición.

– ¿Y qué le dijiste? -preguntó Keith, en el momento en que se oyó otra llamada a la puerta.

Se llevó un dedo a los labios y señaló hacia el cuarto de baño. Esperó a que la puerta quedara entornada y luego abrió la puerta del camarote.

– Ah, señora Sherwood -dijo Keith-. Qué agradable verla. ¿Se encuentra bien?

– Sí, gracias, señor Townsend. Pensé que sería mejor dejarle esto esta noche -dijo al tiempo que le entregaba un grueso manuscrito-. Por si acaso no tuviera otra cosa que hacer.

– Muy considerado por su parte -dijo Keith, que tomó el manuscrito-. ¿Qué le parece si nos reunimos en algún momento, después del desayuno? Entonces podré comunicarle mis primeras impresiones.

– Oh, ¿de veras, señor Townsend? Siento muchos deseos de saber lo que piensa de la novela. -Vaciló, antes de añadir-: Confío en no haberle interrumpido.

– ¿Interrumpirme? -preguntó Keith, extrañado.

– Creí haber oído voces antes de llamar a su puerta.

– Supongo que sólo era yo, que tarareaba algo en la ducha -dijo Keith con torpeza.

– Ah, eso lo explicaría -dijo la señora Sherwood-. Bueno, espero que encuentre tiempo para leer esta noche unas pocas páginas de La amante del senador .

– Desde luego que sí. Buenas noches, señora Sherwood.

– Oh, llámeme Margaret.

– Yo soy Keith -dijo él con una sonrisa.

– Lo sé. Acabo de leer el artículo que habla de usted y del señor Armstrong. Muy interesante. ¿Cree usted que ese hombre es realmente tan malo? -preguntó.

Keith no hizo ningún comentario al cerrar la puerta. Se giró en redondo y se encontró con Kate que salía del cuarto de baño. Llevaba puesto el otro batín. Al acercarse a él, el cordón cayó al suelo, y el batín quedó ligeramente abierto.

– Oh, llámeme Claire -le dijo, al tiempo que le introducía una mano alrededor de la cintura. -Keith la atrajo hacia él-. ¿Puedes ser realmente tan malo? -preguntó ella entre risas, mientras él la hacía cruzar el camarote.

– Sí, lo soy -contestó antes de que ambos cayeran juntos sobre la cama.

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