Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– Sólo ayudarle -dijo el hombre con tranquilidad.

– ¿Y cómo se propone hacer eso? -gruñó Armstrong.

El hombre sonrió.

– Produciendo el testamento que tan decididamente anda buscando.

– ¿El testamento? -preguntó Armstrong, nervioso.

– Ah, ya veo que he tocado lo que los británicos suelen llamar «un nervio vivo». -Armstrong miró fijamente al hombre, que se metió la mano en un bolsillo y extrajo una tarjeta-. ¿Por qué no me hace una visita la próxima vez que pase por el sector ruso? -le dijo, tendiéndole la tarjeta.

En la semipenumbra, Armstrong pudo leer el nombre impreso en la tarjeta. Al levantar la mirada, el hombre había desaparecido, tragado por la oscuridad de la noche.

Avanzó unos pocos pasos hasta situarse bajo una farola de gas y volvió a mirar la tarjeta.

Mayor S. Tulpanov

Agregado diplomático

Leninplatz , sector ruso

A la mañana siguiente, al entrevistarse con el coronel Oakshott, le informó de todo lo ocurrido en el sector estadounidense la noche anterior, y le entregó la tarjeta del mayor Tulpanov. Lo único que no mencionó fue que Tulpanov se dirigió a él llamándolo Lubji. Oakshott tomó unas notas en el bloc que tenía ante él.

– No le comente esto a nadie hasta que no haya hecho un par de averiguaciones -le dijo.

Poco después de regresar a la oficina, Armstrong se sorprendió al recibir una llamada telefónica. El coronel deseaba que regresara inmediatamente a su cuartel general. Benson lo condujo rápidamente de regreso, a través del sector británico. Al entrar por segunda vez aquella mañana en el despacho del coronel Oakshott, encontró a su comandante flanqueado por dos hombres a los que no había visto nunca, vestidos con ropas civiles. Se presentaron como el capitán Woodhouse y el mayor Forsdyke.

– Parece que se ha encontrado usted con el premio gordo, Dick -dijo Oakshott, antes de que Armstrong se sentara-. Por lo visto, nuestro mayor Tulpanov pertenece a la KGB. Creemos que es su número tres en el sector ruso. Se le considera como una estrella en ascenso. Estos dos caballeros pertenecen al servicio de seguridad. Les complacería que aceptara usted la sugerencia de Tulpanov de hacerle una visita, y les informara de todo lo que pudiera descubrir, absolutamente de todo, hasta de la marca de cigarrillos que fuma.

– Podría ir a verlo esta misma tarde -sugirió Armstrong.

– No -dijo Forsdyke con firmeza-. Eso sería demasiado evidente. Preferiríamos que esperara una semana o dos y aparentara que sólo se trata de una visita rutinaria. Si fuera a verlo demasiado rápidamente, seguro que se mostraría receloso. Su trabajo le obliga a ser receloso, claro, pero ¿por qué facilitarle las cosas? Preséntese usted en mi oficina en Franklinstrasse, y me ocuparé de que sea totalmente informado.

Armstrong pasó los diez días siguientes dejando que el servicio de seguridad le hiciera pasar por procedimientos rutinarios. Pronto comprendió que no lo consideraban como un recluta natural. Al fin y al cabo, sus conocimientos de Inglaterra se limitaban a un campamento de tránsito en Liverpool, un período como soldado raso en el Cuerpo de Zapadores, su graduación como soldado del Regimiento North Staffordshire, y un viaje nocturno hasta Portsmouth, antes de ser embarcado con destino a Francia. La mayoría de los oficiales que le informaron habrían considerado Eton, el Trinity y los Guards como una calificación más natural para la carrera que habían elegido.

– Dios no parece haberse puesto de nuestro lado con éste -comentó Forsdyke con un suspiro durante el almuerzo con un colega.

Ni siquiera habían considerado la posibilidad de invitar a Armstrong a unirse a ellos.

A pesar de todos estos recelos, el capitán Armstrong visitó diez días más tarde el sector ruso, con el pretexto de intentar encontrar unas piezas de repuesto para las máquinas de imprimir del Telegraf . Una vez que hubo confirmado que su contacto no tenía el equipo que necesitaba, como él ya sabía muy bien, se dirigió rápidamente a la Leninplatz y empezó a buscar la oficina de Tulpanov.

La entrada al vasto edificio gris, a través de un arco situado en el lado norte de la plaza, no era nada impresionante, y la secretaria sentada a solas en el sucio despacho exterior del tercer piso no le produjo a Armstrong la sensación de que su jefe fuera precisamente una «estrella en ascenso». La mujer comprobó su tarjeta, y no le pareció nada extraño que un capitán del ejército británico acudiera allí sin cita previa. Condujo a Armstrong en silencio por un largo pasillo gris, con las paredes desconchadas cubiertas con fotos y cuadros de Marx, Engels, Lenin y Stalin, y se detuvo ante una puerta en la que no aparecía ningún nombre. Llamó, abrió la puerta y se apartó a un lado para dejar entrar a Armstrong en el despacho de Tulpanov.

Armstrong se sorprendió al entrar en una estancia lujosamente amueblada, llena de exquisitos cuadros y muebles antiguos. En cierta ocasión había tenido que acudir a informar directamente al general Templer, el gobernador militar del sector británico, y su despacho era mucho menos impresionante.

El mayor Tulpanov se levantó desde detrás de la mesa, y cruzó la habitación alfombrada para salir a recibir a su invitado. Armstrong no pudo evitar darse cuenta de que el uniforme del mayor, hecho a medida, era mucho mejor que el suyo.

– Bienvenido a mi humilde morada, capitán Armstrong -dijo el oficial ruso-. ¿No es ésa la expresión correcta en inglés? -No hizo el menor intento por ocultar una sonrisa burlona-. Ha llegado usted en un momento perfecto. ¿Le importaría acompañarme a almorzar?

– Gracias -contestó Armstrong en ruso.

Tulpanov no mostró ninguna sorpresa ante el cambio de idioma y condujo a su invitado a través de una segunda estancia, donde ya había una mesa preparada para dos. Armstrong no pudo dejar de preguntarse si acaso el mayor no esperaba su visita.

Una vez sentado frente a Tulpanov apareció un camarero que trajo dos platos de caviar, seguido por otro con una botella de vodka. Si con eso pretendía conseguir que se sintiera a gusto, no lo consiguió.

El mayor levantó su rebosante copa y brindó.

– Por nuestra futura prosperidad.

– Por nuestra futura prosperidad -repitió Armstrong.

En ese momento entró en la estancia la secretaria del mayor, que dejó un grueso sobre marrón en la mesa, al lado de Tulpanov.

– Y cuando digo «nuestra», quiero decir «nuestra» -dijo el mayor.

Dejó la copa sobre la mesa e ignoró el sobre. Armstrong también dejó su copa sobre la mesa, pero no dijo nada. Una de las instrucciones que le habían dado en las sesiones de información del servicio de seguridad era que no hiciese el menor intento por conducir la conversación.

– Y ahora, Lubji -dijo Tulpanov-, no le haré perder el tiempo mintiéndole acerca de mi posición en el sector ruso, sobre todo después de que se haya pasado los diez últimos días siendo exactamente informado acerca de por qué me encuentro estacionado en Berlín y qué papel juego en esta nueva «guerra fría». ¿No es así como lo describen ustedes? A estas alturas, sospecho que sabe usted de mí más que mi propia secretaria.

Sonrió y se llevó a la boca una cuchara llena de caviar. Armstrong jugueteó incómodamente con su tenedor, pero no intentó comer nada.

– Pero la verdad, Lubji…, ¿o prefiere que le llame John? ¿O Dick? La verdad es que yo sí sé sobre usted mucho más que su secretaria, su esposa y su madre juntas.

Armstrong seguía sin decir nada. Colocó el tenedor sobre la mesa y dejó el caviar delante de él, sin tocarlo.

– Como puede ver, Lubji, usted y yo somos de la misma clase, y ésa es precisamente la razón por la que estoy seguro de que podemos prestarnos una gran ayuda mutua.

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