Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– ¿Está dispuesto a sacrificar nuestra antigua tradición simplemente por conseguir unos pocos lectores más?

– Veo que por fin empieza a comprender el mensaje -se limitó a decir Townsend, sin pestañear.

– Pero su madre me aseguró que…

– Mi madre no está a cargo del funcionamiento cotidiano de este periódico. Me ha dado a mí esa responsabilidad.

No le dijo que lo había hecho sólo durante noventa días. El director contuvo la respiración durante un momento, antes de decir con voz serena:

– ¿Abriga usted la esperanza de que dimita?

– Desde luego que no -contestó Townsend con firmeza-. Pero sí abrigo la esperanza de que me ayude a dirigir un periódico capaz de producir beneficios.

Se sintió sorprendido ante la siguiente pregunta del director.

– ¿Puede usted suspender la decisión durante otras dos semanas?

– ¿Por qué? -preguntó Townsend.

– Porque mi redactor jefe de deportes no regresa de vacaciones hasta finales de mes.

– Un redactor jefe de deportes que se toma tres semanas de vacaciones en plena temporada de críquet, probablemente ni siquiera se daría cuenta de que se le ha cambiado de sitio su mesa cuando regrese -dijo Townsend con voz cortante.

El redactor jefe de deportes presentó su dimisión el mismo día que regresó de vacaciones, privando así a Townsend del placer de echarle. Pocas horas más tarde había nombrado para ocupar su puesto al corresponsal de críquet, de veinticinco años de edad.

Frank Bailey entró como una exhalación en el despacho de Townsend un momento después de enterarse de la noticia.

– Es tarea del director ocuparse de los nombramientos -empezó a decir, incluso antes de cerrar la puerta-, no la de…

– No, ahora ya no lo es -dijo Townsend.

Los dos hombres se miraron fijamente el uno al otro durante un momento, antes de que Frank volviera a intentarlo.

– En cualquier caso, es demasiado joven para asumir esa responsabilidad.

– Tiene tres años más que yo -observó Townsend.

Frank se mordió el labio.

– Me permito recordarle que al visitar mi despacho por primera vez, hace apenas un mes, me aseguró, y cito textualmente: «No tengo intención de interferir en las decisiones editoriales».

Townsend levantó la mirada y se ruborizó ligeramente.

– Lo siento, Frank. Le mentí.

Bastante antes de que transcurrieran los noventa días ya había empezado a estrecharse la diferencia en la tirada del Messenger y el Gazette , y lady Townsend olvidó que había impuesto un límite de tiempo para aceptar la oferta de 150.000 libras del Messenger .

Después de haber mirado varios pisos, Townsend encontró finalmente uno que le pareció situado en un lugar ideal, y firmó el contrato de arrendamiento pocas horas después. Aquella noche le explicó a su madre por teléfono que, en el futuro, y debido a la presión del trabajo, no podría visitarla en Toorak cada fin de semana, una decisión que a ella no pareció sorprenderle.

Durante la celebración del tercer consejo de administración al que asistía, Townsend exigió que se le nombrara director ejecutivo, para que nadie abrigara la menor duda de que no estaba allí simplemente como el hijo de su padre. Los miembros del consejo rechazaron su propuesta por un estrecho margen. Aquella noche, al llamar por teléfono a su madre y preguntarle por qué creía ella que lo habían hecho, le contestó que la mayoría de ellos consideraban que el título de editor era más que suficiente para alguien que acababa de cumplir veintitrés años.

Seis meses después de abandonar el Messenger para entrar a trabajar en el Gazette , el nuevo director de tiraje informó que la diferencia entre los dos periódicos se había reducido a 32.000 ejemplares. Townsend se sintió encantado con la noticia, y en la siguiente reunión del consejo de administración les dijo a los directores que había llegado el momento para hacerle una oferta de compra al Messenger . Uno o dos de los miembros más antiguos apenas si lograron evitar el echarse a reír, pero Townsend les presentó entonces las cifras de ventas, así como algo que denominó gráficos de tendencia, y pudo demostrarles, además, que el banco había acordado con él apoyar su oferta.

Una vez que hubo convencido a la mayoría de sus colegas para que aprobaran la oferta, Townsend dictó una carta dirigida a sir Colin, en la que le hacía una oferta de 750.000 libras por el Messenger . Aunque no recibió contestación oficial a su oferta, los abogados de Townsend le informaron que sir Colin había convocado una reunión de emergencia de su consejo de administración, que tendría lugar al día siguiente por la tarde.

Las luces del piso de los despachos ejecutivos del Messenger permanecieron encendidas hasta bastante tarde por la noche. Townsend, a quien se le había negado la entrada al edificio, paseó arriba y abajo por la acera, a la espera de conocer la decisión del consejo. Tras dos horas de espera, tomó una hamburguesa en un café situado en la calle de al lado, y al regresar observó que las luces del piso superior seguían encendidas. Si en aquellos momentos hubiera pasado un policía y le hubiera visto, lo habría detenido como sospechoso de merodear con fines delictivos.

Las luces del piso ejecutivo se apagaron finalmente poco después de la una, y los miembros del consejo de administración del Messenger empezaron a salir del edificio. Townsend miró esperanzado a cada uno de ellos, pero todos pasaron a su lado sin dirigirse ni siquiera una mirada.

Townsend se quedó por los alrededores hasta que estuvo seguro de que en el edificio ya no quedaban nada más que las limpiadoras. Luego, regresó lentamente hacia el Gazette , y vio cómo salían los primeros ejemplares de la edición del día siguiente. Sabía que aquella noche no podría dormir, de modo que salió con una de las primeras camionetas y ayudó a repartir la primera edición por los puntos de venta distribuidos por la ciudad. Eso le permitió comprobar que el Gazette era colocado en la parte superior de las estanterías, por encima del Messenger .

Dos días más tarde, Bunty le colocó una carta en la carpeta de asuntos prioritarios.

Querido señor Townsend:

He recibido su carta del veintiséis de los corrientes.

Con objeto de no hacerle perder más el tiempo, permítame aclararle que el Messenger no está a la venta, y nunca lo estará.

Atentamente,

Colin Grant

Townsend sonrió, arrugó la carta y la echó a la papelera.

Durante los meses siguientes, Townsend presionó a su personal día y noche, en un impulso implacable para superar a su rival. Siempre le dejaba bien claro a cualquier miembro de su equipo que nadie tenía el puesto de trabajo asegurado, y eso incluía al director. Las dimisiones de quienes fueron incapaces de mantener el ritmo de los cambios en el Gazette se vieron superadas por las de quienes dejaron el Messenger para unirse a él, una vez que se dieron cuenta de que aquello iba a ser «una batalla a muerte», una expresión que el propio Townsend utilizaba cada vez que se dirigía a su personal en las reuniones mensuales.

Un año después del regreso de Townsend de Inglaterra, la tirada de los dos periódicos se mantenía igualada, y tuvo la sensación de que había llegado el momento de hacerle otra llamada al presidente del Messenger .

En cuanto sir Colin se puso al aparato, Townsend no perdió el tiempo en cortesías formales y fue directo al grano. Su gambito de apertura fue:

– Si 750.000 libras no le parecen suficientes, sir Colin, ¿cuánto le parece que vale actualmente su periódico.

– Mucho más de lo que tú te puedes permitir, jovencito. En cualquier caso -añadió-, y como ya te expliqué en otra ocasión, el Messenger no está a la venta.

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