Mientras guardaba cola para tomar un taxi, observó que de las setenta y tres personas que salieron del aeropuerto, doce llevaban el Messenger y sólo siete el Gazette . Mientras el taxi le conducía a la ciudad, anotó esos datos en el dorso del billete, con la intención de informar a Frank Bailey, el director del Gazette , en cuanto llegara a su despacho. Dedicó el resto del trayecto a hojear los dos periódicos, y tuvo que admitir que el Messenger ofrecía una lectura más interesante. No obstante, tuvo la sensación de que no debía expresar aquella opinión durante su primer día de estancia en la ciudad.
Townsend se bajó frente a las oficinas del Gazette . Dejó las maletas en recepción y tomó el ascensor hasta el tercer piso. Nadie le prestó atención cuando avanzaba por entre las hileras de periodistas sentados ante sus mesas, dedicados a teclear en sus máquinas de escribir. Sin llamar ante la puerta del despacho del director, entró directamente y se encontró con que se celebraba en aquellos momentos la conferencia matinal.
Un sorprendido Frank Bailey se levantó de detrás de su mesa y extendió una mano hacia él.
– Keith, me alegro de verte después de tanto tiempo.
– Sí, es muy agradable volver a verle -dijo Townsend con tono serio.
– No le esperábamos hasta mañana -observó Bailey, que cambió inmediatamente y pasó a tratarle de usted. Se volvió hacia los periodistas, sentados en arco alrededor de su mesa-. Les presento a Keith, el hijo de sir Graham, que ocupará el puesto de su padre como editor. Aquellos de ustedes que lleven con nosotros unos pocos años recordarán la última vez que estuvo aquí como… -Frank vaciló.
– Como el hijo de mi padre -dijo Townsend. El comentario fue saludado por unas risas-. Les ruego que continúen como si no yo estuviera aquí. No tengo la intención de interferir en las decisiones editoriales.
Se dirigió hacia un rincón del despacho, se sentó en el alféizar de la ventana y observó, mientras Bailey continuaba dirigiendo la conferencia matinal. No había perdido ninguna de sus capacidades como, al parecer, tampoco su deseo de utilizar el periódico para hacer campaña en favor de cualquier desvalido que, en su opinión, hubiera sido tratado injustamente.
– Está bien, ¿cuál será la historia principal para mañana? -preguntó.
Tres manos se levantaron.
– Dave -dijo el redactor, señalando con un lápiz al redactor jefe de sucesos-. Veamos cuál es tu propuesta.
– Parece que hoy podemos tener un veredicto en el juicio de Sammy Taylor. Se espera que el juez exponga sus conclusiones a últimas horas de esta tarde.
– Bueno, si actúa de la misma forma como ha llevado el juicio hasta ahora, ese pobre bastardo no tiene la menor esperanza. Ese hombre colgará a Taylor a la menor excusa que se le presente.
– Lo sé -asintió Dave.
– Si es un veredicto de culpabilidad, le dedicaré la primera página y escribiré un artículo de opinión sobre el simulacro de justicia que puede esperar cualquier aborigen en nuestros tribunales. ¿Sigue el tribunal rodeado por manifestantes aborígenes?
– Desde luego. Eso se ha convertido en una vigilia continua, día y noche. Duermen en la acera desde que publicamos aquella foto de sus líderes arrastrados por la policía.
– De acuerdo, si se pronuncia hoy un veredicto y es de culpabilidad, tienes la primera página. Jane -dijo volviéndose hacia la redactora jefe de crónicas-, necesitaré mil palabras sobre los derechos de los aborígenes y la forma nefasta en que se ha llevado este juicio. Simulacro de justicia, prejuicios raciales, ya sabes, todas esas cosas.
– ¿Y si el jurado decide que no es culpable? -preguntó Dave.
– En ese improbable caso, dispones de la columna derecha de la primera página, y Jane puede pasarme quinientas palabras de la página siete sobre la fortaleza del sistema de jurados, Australia saliendo finalmente de las épocas oscuras, etcétera.
Bailey desvió la atención hacia el otro lado de la estancia y señaló con un lápiz a una mujer que había mantenido la mano en alto.
– Maureen -le dijo.
– Podemos tener una enfermedad misteriosa en el Royal Hospital de Adelaida. Tres niños pequeños han muerto en los diez últimos días y Gyles Dunn, director del hospital, se niega a hacer declaración alguna, a pesar de lo mucho que le he presionado.
– ¿Todos los niños son de aquí?
– Sí -contestó Maureen-. Proceden todos de la zona de Port Adelaide.
– ¿Edades? -preguntó Frank.
– Cuatro, tres y cuatro años. Dos niñas y un niño.
– De acuerdo, ponte en contacto con sus padres, sobre todo con las madres. Quiero fotos, historial de las familias, todo lo que puedas encontrar sobre ellos. Intenta descubrir si existe alguna relación entre las familias, por remota que sea. ¿Están emparentados? ¿Se conocen entre sí, o trabajan en el mismo lugar? ¿Tienen algún interés compartido, por remoto que sea, y que pueda relacionar los tres casos? Y quiero alguna clase de declaración por parte de Gyles Dunn, aunque sólo sea: «Sin comentarios».
Maureen le dirigió a Bailey un rápido gesto de asentimiento y éste volvió su atención al redactor jefe gráfico.
– Consígueme una foto de Dunn con aspecto atormentado, que sea lo bastante buena como para publicarla en primera página. Tendrás la primera página, Maureen, si el veredicto sobre Taylor es de inocencia. En caso contrario te daré la página cuatro, con una posible continuación de fondo en la página cinco. Procura conseguir fotos de los tres niños. Lo que busco es alguna foto del álbum familiar, con niños sanos y felices, preferiblemente de vacaciones. Y quiero que entres en ese hospital. Si Dunn sigue negándose a declarar nada, encuentra a alguien que esté dispuesto a hablar. Un médico, una enfermera, o incluso un celador, pero asegúrate de que la declaración se produzca delante de testigos o quede grabada. No quiero encontrarme con otro fiasco como el del mes pasado con la señora Kendal y sus quejas contra el cuerpo de bomberos. Ah, Dave -dijo el director, que se volvió de nuevo hacia el redactor jefe de sucesos-, necesitaré saber lo antes posible el veredicto del caso Taylor, para que podamos ponernos a trabajar en la compaginación de la primera página. ¿Alguien más tiene algo que ofrecer?
– Thomas Playford hará lo que ha prometido. Será una declaración importante a las once de esta mañana -dijo Jim West, el redactor jefe de política.
Surgieron gemidos que se extendieron por todo el despacho.
– No me interesa, a menos que anuncie su dimisión -dijo Frank-. Si se trata del habitual ejercicio fotográfico y de relaciones públicas, y de presentar más cifras hinchadas sobre lo mucho que supuestamente ha conseguido para la comunidad local, dedicarle una sola columna en la página once. ¿Qué tenemos en deportes, Harry?
Un hombre con bastante sobrepeso, sentado en la esquina, frente a Townsend, parpadeó y se volvió hacia un joven ayudante sentado a su lado. El joven le susurró algo al oído.
– Oh, sí -dijo el redactor jefe deportivo-. Durante el día de hoy el seleccionador anunciará la composición de nuestro equipo para la primera prueba contra Inglaterra, que empezará el jueves.
– ¿Es posible que sea seleccionado alguno de los chicos de Adelaida?
Townsend asistió al resto de la conferencia, que duró una hora, pero no dijo nada, a pesar de que, en su opinión, habían quedado por contestar varias preguntas. Una vez terminada la conferencia, esperó a que salieran todos los periodistas antes de entregarle a Frank las notas que había tomado antes, en el taxi. El director miró las cifras tomadas apresuradamente y prometió estudiarlas con mayor atención en cuanto dispusiera de un momento. Sin darse cuenta de lo que hacía, dejó la nota en la bandeja de asuntos de salida.
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