– Estimado señor -dictó Townsend, mientras Bunty pasaba rápidamente la página de su cuaderno de notas y empezaba a tomar nota taquigráfica-. He recibido su carta del doce de los corrientes. Nuevo párrafo. Con objeto de no hacerle perder más el tiempo, permítame aclararle que el Gazette no está a la venta, y nunca lo estará. Atentamente…
Townsend se reclinó en el sillón y recordó la última vez que había visto al presidente del Messenger . Como tantos otros políticos fracasados, sir Colin era un hombre ostentoso y terco, sobre todo con los jóvenes. «Esa brigada de los que deben ser vistos y no oídos» era como describía a los niños, si es que Townsend recordaba correctamente sus palabras. Se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de tener noticias suyas o de volver a verlo.
Dos días más tarde, Townsend estudiaba el informe de Harris sobre publicidad cuando Bunty asomó la cabeza por el resquicio de la puerta para decir que sir Colin Grant le llamaba por teléfono. Townsend asintió con un gesto y tomó el teléfono.
– Keith, muchacho, bienvenido a casa -empezó a decir el viejo-. Acabo de leer tu carta y me preguntaba si sabías que había llegado a un acuerdo verbal con tu madre referente a la venta del Gazette .
– Mi madre le dijo, sir Colin, que reflexionaría seriamente sobre su oferta. No acordó ningún compromiso verbal, y cualquiera que sugiera lo contrario es…
– Vamos, vamos, jovencito -le interrumpió sir Colin-. Sólo actúo de buena fe. Como bien debes saber, tu padre y yo éramos buenos amigos.
– Pero mi padre ya no está entre nosotros, sir Colin, de modo que en el futuro tendrá usted que tratar conmigo. Y nosotros, que yo sepa, no somos buenos amigos.
– Bueno, si ésa es tu actitud, supongo que no servirá de nada mencionar que estaba dispuesto a aumentar mi oferta hasta las 170.000 libras.
– En efecto, sir Colin, no sirve de nada, porque ni siquiera así la consideraría.
– Tendrás que hacerlo con el tiempo -ladró el viejo-, porque dentro de seis meses te habré expulsado de la calle y entonces tendrás que darte por satisfecho con aceptar las 50.000 libras que te ofreceré por los restos. -Sir Colin hizo una pausa, antes de añadir-: Puedes llamarme en cuanto cambies de opinión.
Townsend colgó el teléfono y le pidió a Bunty que le comunicara al director que quería verlo inmediatamente.
La señorita Bunting vaciló.
– ¿Hay algún problema, Bunty?
– Sólo que su padre tenía la costumbre de bajar a ver al director en su despacho.
– ¿De veras lo hacía así? -preguntó Townsend, que permaneció sentado.
– Le pediré que suba en seguida.
Mientras esperaba, Townsend volvió el periódico por la última página y revisó la columna de anuncios de pisos para alquilar. Ya había decidido que el viaje a Melbourne cada fin de semana le privaría de unas horas preciosas de su tiempo. Se preguntó cuánto tiempo podría esperar antes de comunicárselo a su madre.
Frank Bailey entró precipitadamente en su despacho unos minutos más tarde, pero Townsend no pudo ver la expresión de su rostro, porque mantuvo la cabeza inclinada, mientras fingía estar absorto en la lectura de la última página del periódico. Trazó un círculo sobre uno de los anuncios, levantó la cabeza para mirar al director y le entregó una hoja de papel.
– Quiero que imprima esta carta de Jervis, Smith & Thomas en la primera página de la edición de mañana, y dentro de una hora tendré preparadas unas trescientas palabras para el artículo.
– Pero… -empezó a decir Frank.
– Y ocúpese de buscar la peor fotografía que pueda encontrar de sir Colin Grant, y publíquela junto a la carta.
– Pero tenía la intención de ocuparme mañana del juicio sobre Taylor -dijo el director-. Es inocente y se nos conoce como un periódico que emprende campañas.
– También se nos conoce como un periódico que pierde dinero -dijo Townsend-. En cualquier caso, el juicio sobre Taylor fue noticia ayer. Puede dedicarle todo el espacio que quiera, pero mañana no será en la primera página.
– ¿Alguna otra cosa? -preguntó Frank con sarcasmo.
– Sí -contestó Townsend con calma-. Espero ver la prueba de la primera página sobre mi mesa antes de que me marche esta noche.
Frank salió enojado del despacho, sin decir nada más.
– Ahora quiero ver al director de publicidad -le dijo Townsend a Bunty cuando ésta reapareció.
Abrió la carpeta que Harris le había entregado con un día de retraso y observó las cifras amontonadas con descuido. Aquella reunión resultó ser incluso más corta que la mantenida con Frank y, mientras Harris recogía las cosas de su mesa, Townsend llamó a Mel Carter, el subdirector de tiraje.
Al entrar en su despacho, la expresión del rostro del joven indicaba que él también esperaba que se le ordenara recoger sus cosas de su mesa antes de que hubiera transcurrido la mañana.
– Siéntese, Mel -dijo Townsend. Estudió su ficha-. Veo que trabaja para nosotros desde hace poco, y que está sometido a un período de prueba de tres meses. Permítame dejarle bien claro desde el principio que a mí sólo me interesan los resultados. Dispone usted de noventa días, a partir de ahora mismo, para demostrar su valía como director de publicidad.
El joven pareció sorprendido y aliviado a un tiempo.
– Dígame -continuó Townsend-, si tuviera la posibilidad de cambiar una cosa en el Gazette , ¿qué sería?
– La última página -contestó Mel sin vacilación-. Trasladaría los anuncios clasificados a una página del interior.
– ¿Por qué? -preguntó Townsend-. Ésa es la página que genera nuestros ingresos más importantes, algo más de tres mil libras diarias si lo recuerdo bien.
– Soy consciente de ello -asintió Mel-. Pero, recientemente, el Messenger ha empezado a dedicar la última página a los deportes, y nos ha arrebatado otros diez mil lectores. Han llegado a la conclusión de que pueden poner los anuncios clasificados en cualquier página del interior porque a la gente le interesa mucho más conocer las cifras de tirada del periódico que el lugar donde éste decida publicar el anuncio. Podría ofrecerle un análisis más detallado de las cifras a las seis de esta tarde, si eso ayudara a convencerle de lo que digo.
– Desde luego que sí -afirmó Townsend-. Y si tiene alguna otra brillante idea, Mel, no vacile en comunicarla. Encontrará siempre abierta la puerta de mi despacho.
Para Townsend fue todo un cambio ver a alguien que salía de su despacho con una sonrisa en el rostro. Comprobó su reloj y en ese momento entró Bunty.
– Es la hora para acudir a su almuerzo con el director del departamento de tirada del Messenger .
– Me pregunto si me lo podré permitir -dijo Townsend tras comprobar su reloj.
– Oh, sí -dijo ella-. El Caxton Grill siempre le pareció muy razonable a su padre. Es el Pilligrini el que consideraba muy caro, y allí sólo llevaba a su madre.
– No es el precio de la comida lo que me preocupa, Bunty, sino lo que me pedirá si está de acuerdo en dejar el Messenger y trabajar para nosotros.
Townsend esperó una semana antes de llamar a Frank Bailey y decirle que los anuncios clasificados ya no se publicarían en la última página, que a partir de ahora sería ocupada por las noticias de deportes.
– Pero los anuncios clasificados se han publicado en la última página desde hace setenta años -fue la primera reacción del director.
– Si eso es cierto, no se me ocurre mejor argumento para cambiarlos de sitio -dijo Townsend.
– Pero a nuestros lectores no les gustará el cambio.
– ¿Y a los del Messenger sí? -preguntó Townsend-. Ésa sólo es una de las muchas razones por las que venden bastantes más ejemplares que nosotros.
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