– Bueno, quizá no lo esté durante los seis próximos meses -dijo Townsend.
– ¡No lo estará nunca! -gritó sir Colin por el teléfono.
– En ese caso, lo expulsaré de la calle y entonces tendrá que darse por satisfecho con aceptar las 50.000 libras que le ofreceré por los restos. -Hizo una pequeña pausa y añadió-: Puede llamarme en cuanto cambie de opinión.
Esta vez fue sir Colin quien le colgó el teléfono.
El día en que el Gazette superó en ventas al Messenger por primera vez, Townsend organizó una fiesta en el cuarto piso, y anunció la noticia en un gran cartel que hizo colocar sobre una fotografía ampliada de sir Colin, tomada el año anterior, durante el funeral de su esposa. Ahora, a cada mes que pasaba se ampliaba la diferencia de ventas entre los dos periódicos, y Townsend nunca pasaba por alto todas las oportunidades que se le presentaban para informar a sus lectores de las últimas cifras de ventas. No le sorprendió que sir Colin llamara y sugiriera que quizá hubiese llegado el momento de que ambos se reunieran.
Tras varias semanas de negociaciones, se acordó que los dos periódicos se fusionarían, pero no antes de que Townsend se asegurara las dos únicas concesiones que realmente le importaban. El nuevo periódico se imprimiría en sus talleres y se llamaría el Gazette Messenger .
Durante la reunión del primer consejo sir Colin fue nombrado presidente y Townsend director ejecutivo.
En el término de apenas seis meses, la palabra Messenger había desaparecido de la cabecera, y todas las grandes decisiones se tomaban sin la menor pretensión de consultar al consejo o a su presidente. Fueron pocos los que se sintieron conmocionados cuando sir Colin ofreció su dimisión, y a nadie le sorprendió que Townsend la aceptara.
Al ser preguntado por su madre por qué había dimitido Colin, Townsend se limitó a explicarle que había sido por acuerdo mutuo, porque estaba convencido de que había llegado el momento de dejar paso a los más jóvenes. Lady Townsend, sin embargo, no quedó convencida del todo.
TERCERA EDITIÓN
Donde hay una voluntad…
Continúa la escasez de alimentos en Berlín
– Si Lauber hizo testamento, necesito tener acceso a ese documento.
– ¿Por qué es tan importante ver ese documento? -preguntó Sally.
– Porque quiero saber quién hereda sus acciones en el Der Telegraf .
– Supongo que será su esposa.
– No, es más probable que sea Arno Schultz, en cuyo caso estaría perdiendo el tiempo…, de modo que cuanto antes lo descubramos, tanto mejor.
– Pero ni siquiera sé por dónde empezar.
– Pruebe en el ministerio del Interior. Una vez que el cadáver de Lauber fue devuelto a Alemania, eso pasó a ser una cuestión de su responsabilidad. -Sally le miró, dudosa-. Utilice todos los favores que nos deban -le dijo Armstrong-, y prometa cualquier cosa a cambio, pero encuéntreme ese testamento. -Se volvió, dispuesto a marcharse-. Ahora me voy a ver a Hallet.
Armstrong salió sin decir nada más, y Benson lo llevó hasta el comedor de oficiales británicos. Se acomodó en el taburete situado en la esquina del bar y pidió un whisky. Comprobaba su reloj cada pocos minutos. Stephen Hallet entró pocos momentos después de que el viejo reloj del salón hiciera sonar las campanadas de las seis y media. Al ver a Armstrong, sonrió ampliamente y se le acercó.
– Dick, muchas gracias por la caja de Mouton-Rothschild del veintinueve. Realmente, es un vino excelente. Debo confesarle que trato de racionarlo a la espera de que me llegue mi documentación de desmovilización.
– En ese caso -le sonrió Armstrong-, tendremos que ocuparnos de ver si podemos conseguir un suministro algo más regular. ¿Qué le parece si cenamos juntos? Así podremos descubrir por qué hablan tan bien del Château Beychevelle del treinta y tres.
Mientras comía un filete muy hecho, el capitán Hallet probó por primera vez el Beychevelle, mientras Armstrong descubría todo lo que necesitaba saber sobre catar un vino, y se enteraba de que las acciones de Lauber pasarían automáticamente a manos de la señora Lauber, como su pariente más cercano, en el caso de que no hubiera dejado testamento.
– Pero ¿y si ella también hubiera muerto? -preguntó Armstrong un rato después, mientras el camarero descorchaba una segunda botella.
– Si ella ha muerto, o no se la puede localizar… -Hallet tomó un sorbo de la copa recién llena, y la sonrisa regresó a sus labios-, entonces el propietario original tendría que esperar cinco años. Una vez transcurrido ese tiempo, probablemente podría plantear con éxito una demanda para recuperar sus acciones.
Como Armstrong no podía tomar notas, se vio obligado a repetir preguntas para estar bien seguro de que podía confiar a la memoria toda la información importante. Eso no pareció preocuparle a Hallet que, según sospechaba Armstrong, sabía exactamente cuáles eran sus propósitos, aunque no parecía muy dispuesto a hacer muchas preguntas mientras alguien continuara llenándole la copa. Una vez que Armstrong estuvo seguro de haber comprendido perfectamente la situación legal, presentó una excusa, diciéndole que había prometido a su esposa no llegar tarde a casa, y dejó al abogado para que disfrutara de una botella medio llena.
Tras abandonar el comedor, Armstrong no regresó a casa. No sentía el menor deseo de pasarse otra velada explicándole a Charlotte por qué tardaban tanto en llegar sus documentos de desmovilización, cuando varios de sus amigos ya lo habían conseguido. En lugar de eso le ordenó a un Benson de aspecto cansado que le condujera al sector estadounidense.
Lo primero que hizo allí fue visitar a Max Sackville, con quien pasó un par de horas jugando al póquer. Armstrong perdió unos pocos dólares, pero obtuvo una valiosa información sobre los movimientos de tropas estadounidenses que estaba convencido de que al coronel Oakshott le encantaría escuchar.
Dejó a Max poco después de haber perdido lo suficiente como para asegurarse de ser invitado de nuevo, cruzó la calle al salir y se dirigió hacia un callejón, donde entró en su bar favorito cuando estaba en el sector estadounidense. Allí se unió a un grupo de oficiales que celebraban su inminente regreso a Estados Unidos. Después de haber tomado unos pocos whiskies, salió del bar, una vez aumentada su reserva de información. No obstante, lo habría cambiado todo por poder echar un vistazo al testamento de Lauber. No se dio cuenta de un hombre de aspecto perfectamente sobrio, vestido con ropas civiles, que se levantó y lo siguió hasta la calle.
Regresaba ya hacia su jeep cuando una voz tras él dijo:
– Lubji.
Armstrong se detuvo en seco, y se sintió ligeramente mareado. Se giró en redondo para mirar a un hombre que debía de tener aproximadamente su misma edad, aunque era bastante más bajo y robusto que él. Vestía un sencillo traje gris, con camisa blanca y corbata azul oscuro. En la calle débilmente iluminada, Armstrong no pudo distinguir sus facciones.
– Tiene que ser usted un checo -dijo Armstrong con voz serena.
– No, Lubji, no lo soy.
– Entonces, debe de ser un condenado alemán -dijo Armstrong con los puños apretados, al tiempo que avanzaba un paso hacia él.
– Vuelve a equivocarse -dijo el hombre sin moverse un milímetro.
– Entonces, ¿quién diablos es usted?
– Digamos que un amigo.
– Ni siquiera le conozco -dijo Armstrong-. ¿Qué le parece si deja de jugar al gato y al ratón y me dice qué desea?
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