Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– Puede usted pasar a verme siempre que desee saber algo, Keith -le dijo-. Mi puerta siempre está abierta. -Townsend asintió con un gesto. Al volverse para salir, Frank añadió-: ¿Sabe? Su padre y yo siempre mantuvimos una buena relación de trabajo. Hasta hace poco, tomaba el avión desde Melbourne y venía a verme por lo menos una vez al mes.

Townsend sonrió y cerró tranquilamente la puerta del despacho del editor, tras él. Caminó de nuevo entre las máquinas de escribir y tomó el ascensor hasta el último piso.

Experimentó un estremecimiento al entrar en el despacho de su padre, consciente por primera vez de que ya nunca tendría la oportunidad de demostrarle que sería un digno sucesor. Contempló la estancia, y su mirada se detuvo sobre la fotografía de su madre, en la esquina de la mesa. Sonrió al pensar que ella era la única persona que no tenía necesidad de sentir miedo a ser sustituida en un próximo futuro.

Oyó un pequeño carraspeo, se volvió y se encontró con la señorita Bunting, de pie ante la puerta. Había servido a su padre como secretaria durante los últimos treinta y siete años. De niño, Townsend había oído a su madre describir a Bunty, según la llamaban todos, como «una chica delgaducha». Debía de tener poco más de un metro cincuenta y dos de estatura, aunque se la midiera desde lo alto del moño perfectamente hecho. Nunca la había visto el cabello arreglado de ninguna otra forma y, desde luego, Bunty no hacía ninguna concesión a la moda. La falda larga y el sensato jersey que llevaba sólo permitían ver un atisbo de los tobillos y el cuello; no lucía ninguna joya y, por lo visto, nadie le había hablado todavía de las medias de nailon.

– Bienvenido a casa, señor Keith -le dijo con su acento escocés que no había disminuido en lo más mínimo después de vivir casi cuarenta años en Australia-. Acabo de poner las cosas en orden, para que todo estuviera preparado para su regreso. Naturalmente, me jubilaré pronto, pero comprendería perfectamente que usted quisiera traer a alguien que me sustituya antes de eso.

Townsend tuvo la sensación de que ella había ensayado cada una de las palabras de su pequeño discurso, decidida a pronunciarlas antes de que él tuviera la oportunidad de decirle nada. Le sonrió.

– No voy a buscar a nadie que la sustituya, señorita Bunting. -No tenía ni idea de cuál era su nombre de pila; sólo sabía que su padre siempre la llamaba «Bunty»-. El único cambio que me gustaría es que volviera usted a llamarme simplemente Keith.

Ella sonrió.

– ¿Por dónde quiere empezar?

– Dedicaré el resto del día a repasar los archivos. Luego, empezaré por lo primero mañana por la mañana.

– ¿Significa «empezar por lo primero» lo mismo que significaba para su padre? -preguntó ella, inocentemente.

– Me temo que sí -contestó Townsend con una sonrisa burlona.

A la mañana siguiente, Townsend regresó al Gazette a las siete de la mañana. Tomó el ascensor hasta el segundo piso y recorrió las mesas vacías del departamento de publicidad y anuncios clasificados. Incluso vacío, se dio cuenta de que el departamento estaba mal dirigido. Había papeles diseminados sobre las mesas, carpetas que se habían dejado abiertas y varias luces que, evidentemente, habían permanecido encendidas durante toda la noche. Empezó a comprender que su padre había tenido que estar ausente de aquel edificio desde hacía mucho tiempo.

El primer empleado llegó a las nueve y diez.

– ¿Quién es usted? -le preguntó Townsend en cuanto ella entró.

– Ruth -contestó-. ¿Y usted quién es?

– Keith Townsend.

– Ah, sí, el hijo de sir Graham -dijo ella con todo indiferente y se dirigió hacia su mesa.

– ¿Quién dirige este departamento? -preguntó Townsend.

– El señor Harris -contestó ella, sentándose y sacando una polvera del bolso.

– ¿A qué hora puedo esperar verle?

– Bueno, suele llegar entre las nueve y media y las diez.

– ¿De veras? -preguntó Townsend-. ¿Dónde está su mesa de despacho?

La joven se volvió y señaló hacia un rincón del fondo de la sala.

El señor Harris llegó a la oficina a las 9,47. Para entonces, Townsend ya había revisado la mayoría de sus fichas.

– ¿Qué demonios se cree que está haciendo? -fueron las primeras palabras de Harris al encontrar a Townsend sentado tras su mesa, dedicado a estudiar un montón de papeles.

– Esperándole -contestó Townsend-. No esperaba que mi director de publicidad llegara poco antes de las diez de la mañana.

– Nadie que trabaje para un periódico empieza mucho antes de las diez. Eso lo sabe hasta el chico de los recados -dijo Harris.

– Mientras fui el chico de los recados en el Daily Express , lord Beaverbrook estaba todos los días en su despacho a las ocho.

– Pero es que yo raras veces me marcho antes de las seis de la tarde -protestó Harris.

– Un periodista decente raras veces se marcha a casa antes de las ocho, y el personal auxiliar puede considerarse afortunado si termina antes de la medianoche. A partir de mañana, usted y yo nos reuniremos cada mañana en mi despacho a las ocho y media, y el resto de su personal estará en sus puestos de trabajo a las nueve. Si alguien no pudiera hacerlo así, ya puede empezar a revisar las ofertas de trabajo publicadas en la última página del periódico. ¿Me he explicado con claridad?

Harris apretó los labios y asintió con un gesto.

– Bien. Lo primero que quiero de usted es que me presente un presupuesto para los tres próximos meses, con un claro análisis acerca de nuestros precios comparados con los del Messenger . Quiero tenerlo sobre mi mesa para cuando llegue mañana.

Se levantó de la silla de Harris.

– Quizá no sea posible tenerle preparadas todas esas cifras para esa hora de mañana -protestó Harris.

– En ese caso, también puede empezar usted a mirar las ofertas de trabajo -dijo Townsend-. Pero no durante el tiempo que le pago.

Salió de la sala y dejó a Harris tembloroso.

Tomó el ascensor y subió un piso, al departamento de tiraje, donde no le sorprendió nada encontrar la misma actitud de laissez-faire . Una hora más tarde salió del departamento dejando tembloroso a más de uno, aunque tuvo que admitir que se sintió bien impresionado por un joven de Brisbane, llamado Mel Carter, nombrado recientemente subdirector del departamento.

Frank Bailey se mostró sorprendido al ver al «joven Keith» de regreso en la oficina tan pronto, y todavía le sorprendió más comprobar que volvía a ocupar su puesto en el alféizar de la ventana para asistir a la conferencia matinal. Bailey se sintió aliviado al ver que Townsend no ofrecía ninguna opinión, pero no pudo evitar darse cuenta de que no dejaba de tomar notas.

Cuando Townsend llegó a su propio despacho eran las once de la mañana. Se dispuso a revisar inmediatamente su correspondencia, en compañía de la señorita Bunting. Ella la había dejado sobre la mesa, dentro de carpetas separadas, de diferentes colores, con el propósito, según explicó, de que se ocupara primero de las verdaderas prioridades cuando no disponía de mucho tiempo.

Dos horas más tarde, Townsend comprendía ya por qué su padre tenía a «Bunty» en tan alta estima, y se preguntaba no cuándo la sustituiría, sino cuánto tiempo estaría ella dispuesta a quedarse.

– He dejado lo más importante de todo para el final -dijo Bunty-. La última oferta del Messenger . Sir Colin Grant llamó a primeras horas de esta mañana para darle la bienvenida y asegurarse de que había recibido usted su carta.

– ¿De veras? -preguntó Townsend con una sonrisa.

Abrió la carpeta marcada como «Confidencial», y leyó una carta de Jervis, Smith & Thomas, los abogados que habían representado al Messenger desde que él tenía uso de razón. Se detuvo al llegar a la cifra de 150.000 libras y frunció el ceño. Leyó después las actas de la reunión del consejo del mes anterior, en la que se mostraba claramente la actitud favorable de los miembros del consejo con respecto a la oferta. Pero aquella reunión había tenido lugar antes de que su madre le concediera un plazo de noventa días antes de tomar la decisión.

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