Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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Después de haber pedido el menú fijo, Armstrong pidió al cabo una botella de vino de su reserva privada, y condujo hábilmente a su compañero a hablar de un tema sobre el que, según dijo, necesitaba consejo.

– Comprendo demasiado bien los problemas a los que se enfrentan algunos alemanes -dijo Armstrong, que llenó la copa de su compañero-, puesto que yo mismo soy judío.

– Me sorprende, capitán Armstrong -dijo Hallet, que tomó un sorbo de vino, antes de añadir-: Pero, evidentemente, es usted un hombre lleno de sorpresas.

Armstrong miró con atención a su compañero de mesa, pero no detectó en su rostro ninguna señal de ironía.

– Quizá pueda usted ayudarme en un caso muy interesante que me he encontrado hace poco sobre la mesa -se arriesgó a decir.

– Estaré encantado de ayudarle en lo que pueda -dijo Hallet.

– Es muy amable por su parte -dijo Armstrong, que todavía no había tocado su copa-. Me preguntaba qué derechos puede tener un judío alemán que, antes de la guerra, se vio obligado a vender las acciones que poseía de una empresa a otro alemán no judío. ¿Puede reclamar su devolución, ahora que la guerra ha terminado?

El abogado guardó un momento de silencio, y en esta ocasión pareció un poco extrañado.

– Sólo en el caso de que la persona que adquirió las acciones sea lo bastante decente como para volvérselas a vender. De otro modo, no puede hacer absolutamente nada al respecto. Si recuerdo correctamente, eso fue el resultado de las leyes de Nuremberg de 1935.

– Eso, sin embargo, no parece justo -se limitó a decir Armstrong.

– En efecto, no lo es -fue la respuesta del abogado, que tomó otro sorbo de vino-. Pero ésa fue la ley aprobada en su momento y, tal como están las cosas ahora, no existe ninguna autoridad civil con capacidad para revocarla. Ah, debo admitir que este clarete es excelente. ¿Cómo se las ha arreglado para encontrarlo?

– Un buen amigo mío, en el sector francés, parece tener existencias ilimitadas. Si quiere, puedo pedirle, y luego hacérselas llegar a usted, una docena de botellas.

A la mañana siguiente, el coronel Oakshott recibió autorización para permitirle al capitán Armstrong que visitara un campo de internamiento en Gran Bretaña, en cualquier momento del siguiente mes.

– Pero le han limitado a visitar Bridgend -añadió.

– Lo comprendo perfectamente -asintió Armstrong.

– Y también han dejado bien claro que no puede usted entrevistar a más de tres prisioneros -continuó el coronel, que leía un memorándum que tenía sobre la mesa-, y que ninguno de ellos puede tener un rango superior al de coronel. Son órdenes estrictas de Seguridad.

– Estoy seguro de que podré arreglármelas, a pesar de esas limitaciones -dijo Armstrong.

– Esperemos que todo esto demuestre ser útil, Dick. Como bien sabe, todavía tengo mis dudas.

– Espero demostrarle que está equivocado, señor.

Una vez que hubo regresado a su oficina, Armstrong le pidió a Sally que se ocupara de arreglar los detalles de su viaje.

– ¿Cuándo desea marcharse? -preguntó ella.

– Mañana.

– Disculpe, ha sido una pregunta estúpida por mi parte -dijo ella.

Sally le consiguió plaza para un vuelo a Londres para el día siguiente, después de que un general cancelara su viaje en el último momento. También se ocupó de que acudiera a recibirle un coche con un chófer, que lo llevaría directamente a Gales.

– Pero ¿tienen los capitanes derecho a un coche y un chófer? -preguntó él cuando Sally le entregó la documentación del viaje.

– Lo tienen si el brigadier que se ocupa de eso desea ver publicada la foto de su hija en la primera página del Telegraf cuando ella visite Berlín al mes que viene.

– ¿Y por qué querría el brigadier una cosa así? -preguntó Armstrong.

– Yo diría que, probablemente, no puede casarla en Inglaterra -contestó Sally-. Y, como yo misma sé muy bien, todo el mundo se echa encima de cualquier cosa con faldas.

Armstrong se echó a reír.

– Si de mí dependiera, Sally, recibiría usted un aumento de sueldo. Mientras tanto, manténgame informado de cualquier otra cosa que pueda descubrir sobre Lauber, y me refiero una vez más a cualquier cosa.

Aquella noche, durante la cena, Dick le dijo a Charlotte que una de las razones por las que viajaba a Gran Bretaña era para ver si podía encontrar un trabajo una vez que recibiera la documentación de su desmovilización. Aunque ella esbozó una sonrisa forzada, últimamente no siempre estaba segura de que él le contara toda la verdad. Cuando lo presionaba un poco, él se escudaba invariablemente tras las palabras «máximo secreto», y se daba unos golpecitos en la nariz con el dedo índice, tal como había visto hacer al coronel Oakshott.

A la mañana siguiente, el soldado Benson lo llevó al aeropuerto. Mientras estaba en el vestíbulo de salidas, una voz sonó por el sistema de altavoces: «Capitán Armstrong, preséntese en el teléfono militar más cercano antes de embarcar. Es un aviso para el capitán Armstrong». Podría haber atendido la llamada si su avión no se hubiera dirigido ya en esos momentos hacia la pista de despegue.

Tres horas más tarde, al aterrizar en Londres, Armstrong cruzó la pista para dirigirse hacia el cabo apoyado contra un brillante Austin negro que sostenía una pizarra con su nombre indicado en ella. El cabo se puso firmes y saludó en cuanto distinguió al oficial que se le acercaba.

– Necesito que me lleve inmediatamente a Bridgend -le dijo, antes de que el hombre tuviera la oportunidad de abrir la boca.

Tomaron por la A40, y Armstrong se quedó dormido en pocos minutos. No se despertó hasta que el cabo dijo en voz alta:

– Sólo faltan unos cuatro kilómetros más y habremos llegado, señor.

Al acercarse al campo, afluyeron a su mente los recuerdos de los tiempos de su propio internamiento en Liverpool. Pero esta vez, cuando el coche pasó ante las puertas, los centinelas se pusieron firmes y saludaron. El cabo detuvo el Austin frente a la oficina del comandante de campo.

Al entrar Armstrong, un capitán se puso en pie, desde el otro lado de una mesa, y le saludo.

– Soy Roach -se presentó-. Encantado de conocerle.

Extendió la mano y Armstrong se la estrechó. El capitán Roach no mostraba ninguna medalla en su uniforme y daba toda la impresión de no haber cruzado nunca el Canal, ni siquiera para pasar un día al otro lado, y mucho menos para entrar en contacto con el enemigo.

– Nadie me ha explicado todavía cómo puedo ayudarle -dijo mientras dirigía a Armstrong hacia un cómodo sillón junto a la chimenea encendida.

– Necesito ver una lista detallada de los prisioneros que hay en este campo -dijo Armstrong, sin perder tiempo en fruslerías-. Tengo la intención de entrevistar a tres de ellos, para un informe que preparo para la Comisión de Control, en Berlín.

– Eso es bastante fácil -dijo el capitán-. Pero ¿por qué han elegido precisamente Bridgend? La mayoría de los generales nazis están encerrados en Yorkshire.

– Soy perfectamente consciente de ello -asintió Armstrong-, pero no se me ha dado la posibilidad de elegir.

– Me parece bien. ¿Se ha formado ya alguna idea acerca del tipo de persona al que quiere entrevistar, o debo elegir a unas pocas, al azar?

El capitán Roach le entregó una tablilla con varias hojas llenas de nombres. Armstrong recorrió rápidamente con la vista la lista mecanografiada de nombres. Sonrió.

– Entrevistaré a un cabo, a un teniente y a un mayor -dijo, al tiempo que señalaba tres nombres con una cruz, antes de devolverle la lista al capitán.

Roach leyó los nombres elegidos.

– Con los dos primeros será bastante fácil -dijo-, pero me temo que no podrá entrevistar usted al mayor Lauber.

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