– En ese caso, tendremos que cambiar todo eso, ¿no le parece? -dijo Armstrong-. A partir de ahora tiene que considerarme como el propietario del periódico, a cambio de lo cual le permitiré que continúe con su trabajo de director. ¿Por qué no empieza por contarme cuáles son sus problemas?
– ¿Por dónde quiere que empiece? -preguntó Schultz, que miró directamente a su nuevo jefe-. Las máquinas de imprimir son anticuadas. Muchos de sus componentes están desgastados, y no parece haber forma humana de conseguir repuestos.
– Hágame una lista de todo lo que necesita y me ocuparé de que disponga usted de repuestos.
Schultz lo miró, nada convencido. Empezó a limpiarse los cristales de roca de las gafas con un pañuelo que se sacó del bolsillo superior de la chaqueta.
– Luego está el continuo problema con la electricidad. En cuanto consigo poner en marcha la maquinaria, se corta la corriente. De ese modo, por lo menos dos veces a la semana no logramos poner el periódico en la calle.
– Me aseguraré de que eso no vuelva a suceder -le prometió Armstrong sin la menor idea de cómo iba a conseguirlo-. ¿Qué más?
– Seguridad -dijo Schultz-. El censor comprueba cada palabra del original, de modo que, inevitablemente, los artículos llegan con dos o tres días de retraso cuando pueden ser publicados, y después de que él haya tachado con lápiz azul los párrafos más interesantes, de tal modo que no queda por leer gran cosa de valor.
– Correcto -asintió Armstrong-. A partir de ahora, yo me ocuparé de revisar los artículos. Hablaré también con el censor, para que no tenga que volver a sufrir esos problemas en el futuro. ¿Es eso todo?
– No, capitán. Mi mayor problema se produce cuando no hay ningún corte del suministro eléctrico durante toda la semana.
– No comprendo. ¿Cómo puede ser eso un problema? -preguntó Armstrong.
– Porque entonces me quedo siempre sin papel.
– ¿Cuál es su tirada actual?
– Cien mil ejemplares diarios. Ciento veinte mil en el mejor de los casos.
– ¿Y el tiraje del Berliner ?
– Aproximadamente un cuarto de millón de ejemplares -Schultz hizo una breve pausa, antes de añadir-: cada día.
– Me aseguraré de que reciba usted papel suficiente para imprimir un cuarto de millón de ejemplares al día. Para ello, deme tiempo hasta finales de mes.
Schultz, que normalmente era un hombre cortés, ni siquiera le dio las gracias cuando el capitán Armstrong se despidió para regresar a su despacho. A pesar de la enorme seguridad en sí mismo demostrada por el oficial británico, él, simplemente, no creía que nada de todo aquello fuera posible.
Una vez que se encontró sentado ante su mesa, Armstrong le pidió a Sally que mecanografiara una lista de todas las piezas que le había pedido Schultz. Una vez que terminó la tarea, él mismo comprobó la lista, y le pidió que preparase una docena de copias y que organizara una reunión de todo el equipo. Una hora más tarde, todos se encontraban apretujados dentro de su despacho.
Sally entregó una copia de la lista a cada uno de ellos. Armstrong repasó brevemente cada una de las piezas y terminó diciendo:
– Deseo disponer de todo lo que aparece en esta lista, y lo quiero pronto . Cuando se haya conseguido cada una de las cosas incluidas en ella, todos ustedes dispondrán de tres días de permiso. Mientras tanto, el horario será permanente, incluidos los fines de semana. ¿Me he expresado con suficiente claridad?
Unos pocos de ellos asintieron, pero nadie dijo nada.
Nueve días más tarde, Charlotte llegó a Berlín, y Armstrong envió a Benson a buscarla a la estación.
– ¿Dónde está mi esposo? -preguntó ella mientras el chófer colocaba las maletas en los asientos traseros del jeep.
– Tenía una reunión importante a la que no podía faltar, señora Armstrong. Me ha ordenado decirle que se reunirá con usted esta noche.
Aquella noche, al regresar al piso, Dick descubrió que Charlotte ya había terminado de guardar sus cosas y le había preparado la cena. Al cruzar el umbral, ella le echó los brazos al cuello.
– Es maravilloso tenerte en Berlín, querida -le dijo-. Siento mucho no haber podido ir a la estación a recibirte. -La soltó y la miró a los ojos-. Estoy realizando el trabajo de seis hombres. Espero que lo comprendas.
– Desde luego -asintió Charlotte-. Quiero saberlo todo sobre tu nuevo trabajo mientras cenamos.
Dick apenas si dejó de hablar desde que se sentaron a cenar hasta que dejaron sobre la mesa los platos sin lavar y se acostaron. A la mañana siguiente llegó tarde a la oficina, por primera vez desde que estaba en Berlín.
Los muchachos del capitán Armstrong tardaron diecinueve días en localizar cada una de las piezas incluidas en la lista, y Dick sólo tardó otros ocho en requisarlas, para lo que empleó una poderosa mezcla de encanto, intimidación y soborno. Un día en el que apareció en el despacho una gran caja cerrada que contenía seis nuevas máquinas de escribir Remington, y que no iba acompañada por ninguna orden de requisamiento, se limitó a decirle al teniente Wakeham que mirara hacia otro lado.
Cada vez que Armstrong se encontraba con un obstáculo importante, se limitaba a mencionar las palabras «coronel Oakshott» y «Comisión de Control». Eso casi siempre tenía como resultado que el reacio oficial que planteaba la dificultad terminara por firmar por triplicado todo aquello que se necesitara.
En lo referente al suministro eléctrico, Peter Wakeham le informó que, debido a la sobrecarga, uno de los cuatro sectores de la ciudad tenía que ser desconectado de la red por lo menos tres horas de cada doce. Según dijo, la red se hallaba a cargo de un capitán estadounidense llamado Max Sackville, que dijo no disponer de tiempo para entrevistarse con él.
– Déjemelo a mí -se limitó a decirle Armstrong.
Pero Dick pronto descubrió que Sackville era inconmovible al encanto, la intimidación o el soborno, debido en parte a que los estadounidenses parecían tener exceso de todo y siempre asumían que la autoridad definitiva era la suya. Lo que sí descubrió fue que el capitán tenía una debilidad, a la que se entregaba cada sábado por la noche. Tuvo que emplear varias horas para escuchar cómo Sackville se había ganado su corazón púrpura en Anzio, antes de que Dick fuera invitado a unirse a su grupo de jugadores de póquer.
Durante las tres semanas siguientes, Dick procuró perder alrededor de cincuenta dólares cada sábado por la noche que, bajo diferentes conceptos, incluía al lunes siguiente en el capítulo de gastos. De ese modo, se aseguró que el suministro eléctrico del sector británico no se cortara nunca entre las tres de la tarde y la medianoche, excepto los sábados, en que no se imprimía el Telegraf .
La lista de piezas de repuesto de Arno Schultz quedó completada en veintiséis días y, para entonces, el Telegraf ya imprimía 140.000 ejemplares cada noche. El teniente Wakeham quedó a cargo de la distribución, y el periódico nunca dejaba de estar en las calles a primeras horas de la mañana. Cuando Dick informó al coronel Oakshott de las últimas tiradas del Telegraf , éste quedó encantado con los resultados que estaba consiguiendo su protégé y estuvo de acuerdo en conceder tres días de permiso a todo el equipo.
Nadie se sintió más encantada ante esta noticia que la propia Charlotte. Desde su llegada a Berlín, Dick raras veces regresaba a casa antes de la medianoche, y a menudo se marchaba antes incluso de que ella se despertara. Pero aquel viernes por la tarde se detuvo ante el edificio donde estaba el piso que ocupaban al volante de un Mercedes de alguien, y una vez que ella hubo cargado las viejas maletas en el coche, emprendieron el viaje hacia Lyon para pasar un fin de semana con la familia de Charlotte.
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