– No estoy seguro de comprenderle -dijo Armstrong, que le miró directamente.
– Veamos. Puedo informarle, por ejemplo, acerca de dónde encontrar exactamente a la señora Klaus Lauber, y decirle que ella ni siquiera sabe que su marido era el propietario del Der Telegraf .
Armstrong tomó un pequeño sorbo de vodka. Le alivió el hecho de comprobar que la mano no le temblaba lo más mínimo, a pesar de que los latidos de su corazón se habían acelerado mucho.
Tulpanov tomó entonces el sobre marrón dejado a su lado, lo abrió y extrajo un documento, que deslizó hacia él, a través de la mesa.
– Y tampoco hay razón alguna para hacérselo saber a ella, siempre y cuando lleguemos a un acuerdo.
Armstrong abrió el documento, de pesado papel pergamino, y leyó el primer párrafo del testamento del mayor Klaus Otto Lauber, mientras Tulpanov permitía que el camarero le sirviera un segundo plato de caviar.
– Pero aquí dice… -dijo Armstrong al llegar a la tercera página.
La sonrisa reapareció en el rostro de Tulpanov.
– Ah, ya veo que ha llegado al párrafo en el que se confirma que se dejan todas las acciones del Telegraf a Arno Schultz.
Armstrong levantó la cabeza y miró fijamente al mayor, pero no dijo nada.
– Eso, naturalmente, sólo tiene importancia mientras exista este testamento -dijo Tulpanov-. Sin embargo, si este documento no viera nunca la luz del día, las acciones pasarían automáticamente a manos de la señora Lauber, en cuyo caso no veo razón alguna para que…
– ¿Qué espera de mí a cambio? -preguntó Armstrong muy directamente.
El mayor no contestó en seguida, como si se pensara la respuesta.
– Oh, quizá sólo un poco de información de vez en cuando. Al fin y al cabo, Lubji, si yo hiciera posible que usted fuera el propietario de su primer periódico antes de cumplir los veinticinco años, seguramente podría decirse que tendría cierto derecho a recibir algo a cambio.
– No acabo de comprenderle -dijo Armstrong.
– Creo que lo comprende perfectamente bien -dijo Tulpanov con una sonrisa-, pero permítame decírselo con palabras más claras.
Armstrong tomó el tenedor y probó por primera vez el sabor del caviar, mientras el mayor seguía hablando.
– Empecemos por reconocer, querido Lubji, el sencillo hecho de que ni siquiera es usted ciudadano británico. Se encuentra aquí por casualidad. Y aunque le hayan recibido con los brazos abiertos en su ejército… -hizo una pausa para tomar un sorbo de vodka-, estoy seguro de que ya se habrá dado cuenta de que eso no significa ser bien recibido en el fondo de sus corazones. En consecuencia, ha llegado el momento en el que tiene que decidir con qué equipo quiere jugar.
Armstrong tomó un segundo bocado de caviar. Le gustó.
– Creo que la pertenencia a nuestro equipo no le resultará muy exigente, según podrá descubrir usted mismo, y estoy seguro de que, de vez en cuando, podremos ayudarnos el uno al otro a avanzar en lo que los británicos siguen insistiendo en llamar «el gran juego».
Armstrong acabó con lo último que quedaba del caviar y confió en que se le ofreciera más.
– ¿Por qué no se lo piensa, Lubji? -preguntó Tulpanov.
Se inclinó sobre la mesa, recuperó el testamento y lo guardó de nuevo en el sobre. Armstrong no dijo nada, y se limitó a mirar su plato vacío.
– Mientras tanto -añadió el mayor de la KGB-, permítame darle una pequeña información que puede comunicar a sus amigos del servicio de seguridad.
Sacó una hoja de papel del bolsillo interior y se la colocó delante, sobre la mesa. Armstrong leyó su contenido, y se sintió complacido al descubrir que todavía era capaz de pensar en ruso.
– Para ser justos, Lubji, debe saber que su gente ya está en posesión de este documento, pero se sentirán muy complacidos de ver confirmado su contenido. Como puede comprobar, lo único que todos los operativos del servicio secreto tienen en común es su gran afición por el papeleo. Es así como demuestran que su trabajo es necesario.
– ¿Cómo podría haber descubierto yo esto? -preguntó Armstrong, que sostuvo en alto la hoja de papel.
– Ah, me temo que precisamente hoy tengo una secretaria temporal que abandona continuamente su puesto ante su mesa.
Dick sonrió, dobló la hoja de papel y se la guardó en el bolsillo interior del uniforme.
– Y a propósito, Lubji, esos tipos de su servicio de seguridad no son tan estúpidos como pueda parecer. Siga mi consejo y lleve cuidado con ellos. Si decide unirse al juego, al final se verá obligado a ser desleal a una parte o a la otra, y si llegan a descubrir que los traiciona, se ocuparán de usted sin el menor remordimiento.
Ahora, hasta el propio Armstrong pudo escuchar los latidos de su corazón.
– Como ya le he explicado -siguió diciendo el mayor-, no es necesario que tome usted una decisión inmediata. -Tabaleó con los dedos encima del sobre marrón-. Puedo esperar fácilmente unos pocos días más antes de informar al señor Schultz de su buena fortuna.
– Tengo buenas noticias para usted, Dick -le dijo el coronel Oakshott a la mañana siguiente, cuando se presentó en el cuartel general-. Sus documentos de desmovilización han sido finalmente procesados, y no veo razón alguna por la que no pueda estar de regreso en Inglaterra en menos de un mes.
Al coronel le sorprendió que la reacción de Armstrong fuera tan apagada, pero imaginó que debía de estar pensando en otras cosas.
– Aunque a Forsdyke no le agradará saber que nos deja tan pronto, después de su triunfo con el mayor Tulpanov.
– Quizá no debiera regresar tan precipitadamente -apuntó Armstrong-, sobre todo ahora que tengo la posibilidad de establecer una relación con la KGB.
– Eso es condenadamente patriótico por su parte, compañero -dijo el coronel-. ¿Quiere que dejemos las cosas como están y no acelere nada hasta que usted me guiñe el ojo?
El inglés de Armstrong ya era casi tan fluido como el de la mayoría de los oficiales del ejército británico, a pesar de lo cual Oakshott siempre se las arreglaba para añadir de vez en cuando alguna que otra expresión que enriquecía su vocabulario.
Charlotte continuaba presionándole, ansiosa por saber cuándo podrían abandonar Berlín, y aquella noche le explicó por qué era tan repentinamente importante. Al enterarse de la noticia, Dick se dio cuenta de que no podría retrasar su partida por mucho más tiempo. Aquella noche no salió y se quedó en la cocina con Charlotte, hablándole de sus planes una vez que hubieran creado un hogar en Inglaterra.
A la mañana siguiente encontró una excusa para visitar el sector ruso y, siguiendo una prolongada sesión informativa con Forsdyke, llegó ante la oficina de Tulpanov pocos minutos antes del almuerzo.
– ¿Qué tal está usted, Lubji? -preguntó el agente de la KGB levantándose de la mesa. Armstrong le dirigió un breve gesto de cortesía con la cabeza-. Y, lo que es más importante, amigo mío, ¿ha tomado ya una decisión acerca del lado desde el que quiere iniciar el bateo? -Armstrong le miró extrañado-. Ah -añadió Tulpanov-, para apreciar el inglés se tienen que comprender primero las reglas del críquet, que no puede comenzar hasta después de haber arrojado una moneda al aire. ¿Se imagina algo más estúpido que darle al otro una oportunidad? Pero lo que yo me pregunto, Lubji, es si usted ya ha arrojado su moneda al aire. Y si es así, ¿ha decidido batear o bolear?
– Quiero reunirme con la señora Lauber antes de tomar una decisión -dijo Dick.
El mayor se dedicó a pasear por la habitación, con los labios apretados, como si reflexionara muy seriamente sobre la petición de Armstrong.
– Hay un viejo dicho inglés, Lubji. Donde hay una voluntad… -Armstrong le miró, extrañado-. Otra cosa que debe comprender usted sobre los ingleses es que sus juegos de palabras son terribles, sobre todo cuando emplean palabras de doble significado, como «voluntad» o «testamento». Sin embargo, y a pesar de todo su sentido de lo que ellos llaman juego limpio, son mortales cuando se trata de defender su posición. Bien, si desea visitar a la señora Lauber, tendremos que viajar a Dresde.
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